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Andy Newman

Los glaciares se están derritiendo, los arrecifes de coral se están muriendo y Miami Beach se está hundiendo poco a poco.

¡Rápido, ve a verlos antes de que desaparezcan!, dice una voz en tu cabeza. Eres malvado, dice otra voz. Pues estás apresurando su destrucción.

Para muchas personas a las que les gusta viajar, éstas son épocas moralmente desconcertantes. Algo que parecía simple escape y aventura se ha vuelto un arma de dos filos, perjudicial y la personificación del consumo egoísta. Ahora sabemos que ir a un lugar lejano es la acción más grande que un ciudadano puede emprender para empeorar el cambio climático. Un asiento en un vuelo de Nueva York a Los Ángeles, de hecho, añade a la atmósfera meses de emisiones de carbono generadas por humanos.

Y, sin embargo, volamos cada vez más.

El número de pasajeros de aviones a nivel mundial ha aumentado más del doble desde el 2003, y no hay mucho que se pueda hacer en este momento para que volar sea significativamente más ecológico; los jets eléctricos no se divisan en el horizonte.

Aun así, nos preguntamos: ¿cuánto realmente perjudican unas vacaciones a alguien o a algo?

Es difícil pensar en el cambio climático en relación con nuestro propio comportamiento. Somos pequeños, nuestros efectos se incrementan de manera microscópica, y no tenemos intención de hacer daño. Los efectos del cambio climático son enormes y terribles —y en su mayoría aún no se han cumplido. Uno no puede ver el rostro de la persona futura sin nombre cuyo pueblo costero uno habrá ayudado a sumergir.

Pero hay formas de cuantificar el impacto de uno en el planeta. En el 2016, dos expertos en clima publicaron un artículo en la revista Science que muestra una relación directa entre las emisiones de carbono y el deshielo marino del Ártico.

Cada tonelada adicional de dióxido de carbono o su equivalente —la porción personal de las emisiones en un vuelo sencillo de NY a Los Ángeles— reduce la cubierta veraniega de hielo marino en 3 metros cuadrados, encontraron los autores, Dirk Notz y Julienne Stroeve.

En el 2005, Walter Sinnott-Armstrong, un profesor del Dartmouth College, escribió en un artículo de la revista, titulado “No es mi culpa: el calentamiento global y las obligaciones morales individuales”, que él no tenía ninguna obligación moral de abstenerse de tomar una camioneta SUV tragona de gasolina para dar un paseo un domingo por la tarde si se le antojaba hacerlo.

“El origen de ninguna tormenta, inundación, sequía u ola de calor puede ser rastreado a mi acto individual de conducir”, escribió.
Otros filósofos cuestionaron su razonamiento.

El profesor John Nolt de la Universidad de Tennessee midió el daño hecho por las emisiones de toda la vida de un estadounidense promedio.

Al señalar que el carbono se mantiene en la atmósfera durante siglos, al menos, y que un panel de la ONU encontró en el 2007 que el cambio climático es “probable que afecte adversamente a cientos de millones de personas mediante mayores inundaciones costeras, reducciones en los abastos de agua, más desnutrición y más impactos a la salud”, en los próximos 100 años, Nolt llegó a una conclusión terminante:

“El estadounidense promedio causa mediante sus emisiones de gases de efecto invernadero el serio sufrimiento y/o muertes de dos personas futuras”.

Luego, Avram Hiller, de la Universidad Estatal de Portland, en Oregon, utilizó el enfoque de Nolt para derivar el impacto del paseo hipotético de 40 kilómetros de Sinnott-Armstrong.
“Conducir de paseo el domingo tiene el efecto esperado de arruinar la tarde de alguien”, escribió Hiller.

Hay alternativas a volar. ¿Quizás un crucero?

Quizás no. Bryan Comer, investigador en el Consejo Internacional de Transporte Limpio, un grupo de investigación, dijo que incluso los barcos de cruceros más eficientes emiten de tres a cuatro veces más dióxido de carbono por pasajero por milla que un jet.

Si bien la mayoría de estos barcos operan con combustible pesado altamente contaminante, muchos han empezado a usar “depuradores” para eliminar los tóxicos óxidos de azufre de sus escapes. Pero los depuradores descargan contaminantes en el océano.

Una vocera de la Asociación Internacional de Líneas de Cruceros dijo que los depuradores cumplen con las nuevas normas 2020 para calidad del aire y agua establecidos por la Organización Marítima Internacional, una agencia de la ONU.

La intensidad de emisiones de carbono es menor al conducir que al volar, en especial con muchos pasajeros. Pero “menos” es relativo, y la mayoría de los viajes largos están fuera del rango práctico de manejo.

Quizás haya una justificación en alguna parte: las decisiones personales por sí solas no detendrán el calentamiento global —eso requerirá cambios de política de los gobiernos a escala mundial. Las compensaciones de carbono pueden anular nuestra huella de carbono, ¿verdad?

Las compensaciones de carbono sí parecen ofrecer la manera más directa de aliviar la culpa del viajero. En teoría, expían tus pecados. Das algo de dinero a intermediarios. Ellos lo dan a alguien para plantar árboles, o para capturar el metano de un relleno sanitario o de una operación de ganado, o para ayudar a construir una granja eólica, o subsidiar fogones limpios para gente que cocina en fogatas al aire libre. Todas estas cosas ayudan a reducir el gas de efecto invernadero.

Pero nada es tan sencillo. La gente de compensaciones de carbono habla de preocupaciones con cosas llamadas adicionalidad, fuga y permanencia.

Adicionalidad: ¿cómo sabes que la compañía de electricidad no habría construido la granja eólica si no fuera por el dinero que diste?

Permanencia: ¿cómo sabes que la empresa maderera que plantó esos árboles no los talará en unos años?

Fuga: ¿cómo sabes que el terrateniente al que le pagaste para que no talara una hectárea de bosque tropical no usará el dinero para comprar una hectárea diferente y despejarla?

Algunos expertos en clima llaman excusa a las compensaciones.

“Es como pagarle a alguien más para que haga dieta por ti”, dijo Alice Larkin de la Universidad de Manchester en Inglaterra.

Las compensaciones, añadió, fomentan una mentalidad de equilibrio cuando lo que se necesita para evitar el desastre es recortar el consumo de combustibles fósiles de inmediato.

Su colega Kevin Anderson dice que cuando compras un boleto, no estás comprando sólo un asiento en un avión. Le estás diciendo a la industria de la aviación que opere más vuelos, construya más jets y expanda más aeropuertos.

The New York Times