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Por Alan Mattingly

Se le llama ponerse a merced de la corte, y la idea es simple: admitir sus malas acciones, expresar remordimiento y esperar que eso resulte en un castigo menos severo.

Parece que Anna Sorokin, una inmigrante rusa quien fingió ser una heredera alemana mientras se abría paso a base de engaños a una vida glamorosa en EU, no entendió el concepto.
“La cuestión es que, no lo siento”, declaró a The New York Times desde la cárcel, tras ser sentenciada a entre cuatro y 12 años en prisión. “Te estaría mintiendo a ti, a todos los demás y a mí misma si te dijera que me arrepiento de algo. Lamento la forma en que manejé ciertas cosas”.

La manera en que manejó las cosas fue defraudando a acreedores como bancos, hoteles y una compañía de jets privados por más de 200 mil dólares, al tiempo que empezaba a financiar su sueño de abrir un club privado de 40 millones de dólares.

Lució ropa de diseñador, organizó costosas cenas en Nueva York y repartió propinas de 100 dólares. Dijo que simplemente estaba tratando de ser tomada en serio.
“Mi motivo nunca fue el dinero”, afirmó Sorokin. “Tenía hambre de poder”.

Sin embargo, explicar sus acciones no significa que está ofreciendo disculpas. “No soy una buena persona”, declaró.

A Charles M. Blow, un columnista de Times, le preocupa que demasiada gente esté recibiendo el mensaje de que una falta de remordimiento es algo que se debe emular —y que ese mensaje provenga de la Casa Blanca. Bajo el Presidente Donald J. Trump, escribió, “temo que se les está enseñando a los niños de hoy que no hay reglas para quien resulta ganador”.

Anteriormente escribió: “En el mundo de Trump, las disculpas y los castigos son para los débiles y los perdedores”.

Nos guste o no, el Presidente podría tener razón respecto a ello, si uno cree la investigación de Cass R. Sunstein, profesor en la Facultad de Derecho de Harvard, cuyo reciente ensayo en The Times se tituló, “Las Disculpas son para Perdedores”.

Ése podría ser el caso en la política, dijo Sunstein, quien planteó una pregunta hipotética:

“Suponga que una figura pública ha dicho o hecho algo que muchos consideran ofensivo, indignante o despreciable —por ejemplo, mentir sobre su servicio militar o insultar las creencias religiosas de la gente. ¿Acaso debe disculparse?

“Supongamos que su objetivo no es ser una buena persona”, continuó —imagine una versión política de Anna Sorokin. En vez de ello, su único objetivo es “mejorar su posición —aumentar las probabilidades de ser electo, ser confirmado por el Senado o conservar su empleo.

“La evidencia reciente converge en una respuesta sencilla: una disculpa es una estrategia arriesgada”.

Sunstein sondeó a cuatro grupos de unas 300 personas cada uno, dándoles diferentes situaciones en las que una figura pública se disculpaba por una conducta cuestionable y les preguntó si sería más o menos probable que apoyaran a esa persona tras la disculpa.

En todos los casos, “el porcentaje de personas que se sentían menos inclinadas a apoyar al infractor fue más alto que el porcentaje que se sentía más dispuesto a hacerlo”.

“¿Por qué sucede así?”, escribió Sunstein. “Es difícil saberlo con certeza, pero una razón podría ser que una disculpa es como una confesión”.

Independientemente de la estrategia, “las disculpas podrían ser moralmente obligatorias”, añadió. Pero no a todos les preocupan esas cosas.

The New York Times