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Por Siobhan Roberts

SÃO PAULO, Brasil — Un martes por la tarde a principios de julio, Alison Grace Martin, una artista y tejedora de telar británica, se unió a una procesión de paulistanos que caminaban por la autopista elevada cuyas curvas atraviesan el centro de São Paulo.

Los 3 kilómetros de la Minhocão (bautizada así por un mítico “gusano gigantesco”) estaban cerrados a los autos ese día. Niños corrían detrás de balones de futbol. Un pitbull orinó sobre una pila de bambú.

El bambú —recién cortado y dividido en tiras de unos 6 metros de largo— había llegado con Martin y el ingeniero James Solly, quienes dirigían un taller de diseño urbano. Las tiras se utilizarían en la construcción experimental de un domo.

Los planes para convertir al la Minhocão en un parque datan de hace tiempo. Desde su apertura en 1971, la autopista ha sido tema de controversia: una cicatriz de concreto que bifurcaba barrios y ahogaba a los residentes en ruido y contaminación.

“Destrozó el tejido urbano”, comentó el paulistano Franklin Lee, director del taller.

En enero, el Alcalde, Bruno Covas, anunció que la autopista sería desactivada, para dar paso al Parque Minhocão.

El objetivo del taller era crear estructuras —tejidas con bambú, un recurso local y sustentable— que brindaran sombra al parque o que filtraran la luz del sol a través de aperturas en la calle para iluminar el oscuro paisaje urbano abajo.

Martin suele tejer estructuras de bambú de mediana escala. Últimamente, su trabajo está atrayendo la atención de arquitectos e ingenieros.

“Ella lleva mucha delantera, explorando formas que nunca pensamos que fueran posibles”, dijo Pedro Reis, quien dirige el Laboratorio de Estructuras Flexibles del Instituto Federal de Tecnología Suizo; Martin había visitado su laboratorio dos semanas antes. “Nos estamos encaminando hacia ella con métodos más matemáticos y científicos”.

Lo que tanto Solly como Martin aprecian de las estructuras tejidas es la ausencia de tuercas y tornillos, y de las pocas sujeciones. En su mayor parte, el bambú tejido se sostiene en su lugar por sí mismo gracias a la fricción de las intersecciones que se cruzan por abajo y por arriba. Además, es un proceso “para encontrar formas”. Como Martin les explicó a sus estudiantes: “Se trata de dejar que el bambú haga lo que quiera”.

“Lo divertido del trabajo de Alison es que es muy bello y que simplemente sale de su cabeza”, mencionó Solly. “Yo podría pasar años intentando hacer en una computadora lo que ella hace con rapidez de una manera táctil”.

Por ejemplo, quien teje una canasta puede empezar con un mosaico de hexágonos. Cambiar un hexágono por un polígono con menos lados –un pentágono, digamos- introduce una singularidad y genera una curvatura positiva, como el interior de una dona.

El truco, como sabe Martin, es intuir dónde colocar esta singularidad en la trama, y qupe tipo de singularidad debe ser.

El plan para ese martes en la Minhocão era construir un domo partiendo de treinta tiras de bambú, cosechado el fin de semana anterior en el jardín de la ladera de James Elkis, un pionero del medio, que vive al suroeste de São Paulo.

El grupo —veintisiete jóvenes arquitectos, diseñadores urbanos y paisajistas— había realizado una prueba el fin de semana, con éxito limitado. Su domo, tejido de manera vertical, estaba torcido y puntiagudo en la parte superior, en vez de redondo.

Solly propuso una solución para la torcedura: se podría optar por tejer el domo aplanado en el suelo y después “botarlo”.Martin pensaba que doblar todas las tiras en un solo movimiento podría causar su rotura.

Sin embargo, estaban ansiosos por tener una prueba de concepto, de una manera u otra. “¡Llevaremos una pila de bambú allá arriba, y veremos si nos arrestan!”, dijo Solly.

La caravana de bambú salió de la sede del taller en la Escola Da Cidade, una universidad privada de arquitectura y urbanismo, y se dirigió hacia la autopista.

El grupo caminó por una rampa de salida y encontró un sitio favorable.

Una vez que tejieron todas las tiras sobre la calle, los estudiantes rápidamente levantaron el arreglo de bambú y doblaron las verticales. El domo tomó su forma con soltura, como lo había predicho Solly.

La empresa atrajo una multitud. Felipe Rodrigues, arquitecto y miembro de la Asociación del Parque Minhocão, se detuvo para hablar de la complejidad del espacio.

“Es alquimia”, dijo: preciado espacio público, en una ciudad donde los malls de compras son conocidos como la “playa paulistana”.

“El parque ya existe”, dijo. “Ya no la veo más como una autopista elevada. Esta es una plataforma para actividades en la cual cualquier cosa puede suceder”, dijo.

The New York Times