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Por Audra D. S. Burch

CHARLOTTESVILLE, Virginia — Muchos Monroe recuerdan el momento en que le preguntaron a un padre o abuelo si de alguna manera tenían una conexión con el quinto Presidente de Estados Unidos, James Monroe.

El letrero de entrada a la finca y plantación de Monroe, hoy un museo, había sido una presencia permanente de sus infancias en la ruta entre Charlottesville y la pequeña comunidad predominantemente afroamericana que llamaban Monroetown.

Ada Monroe Saylor, de 79 años, iba en el Chevrolet de su padre a principios de los años 50 cuando él confirmó sus sospechas.

George Monroe Jr., primo de Saylor, pasó gran parte de su niñez en la casa construida por su tatarabuelo, Edward Monroe, cuyos padres se creía fueron esclavizados por el Presidente y se contaron entre los primeros que se sabe que llevaron su nombre. Para los esclavos cuyo historial africano tenía mucho tiempo robado o perdido, esto no era inusual.

George, de 45 años, tenía unos 8 años cuando planteó la pregunta a su padre, tras pasar en auto junto a la plantación, conocida como Highland.

“Había visto ese letrero de entrada toda mi vida”, señaló. “Le pregunté a mi papá si éramos los mismos Monroe, y me dijo que sí, pero no quiso decir mucho más. No hablamos de ello. Simplemente se entendía que estábamos conectados con el Presidente, no por sangre, sino por esclavitud”.

Durante siete generaciones, los miembros de la comunidad de descendientes de Monroetown han vivido a unos 15 kilómetros de Highland, pero no fue hasta hace tres años que hubo una conversación entre ellos y el museo. Ahora trabajan juntos para cambiar la manera en que la esclavitud es presentada allí.

En el 2017, Martin Violette, investigador y guía en Highland, fue a Middle Oak Baptist, una iglesia en Monroetown. Violette —y Miranda Burnett, otra guía en Highland— se había propuesto descubrir qué les pasó a los hombres, mujeres y niños esclavizados que Monroe vendió al propietario de una plantación en Florida hace casi 200 años.

Tras un servicio religioso, Violette se acercó a un grupo de mujeres afroamericanas y le preguntó sobre los Monroe.

“Ha venido al lugar correcto”, exclamó una de ellas. “¡Todos somos Monroe!”.

“Hasta ese momento, no teníamos idea de que esta comunidad estaba aquí”, dijo Sara Bon-Harper, directora ejecutiva de Highland.

Un pequeño grupo de descendientes Monroe se reunió en Highland en marzo del 2018 para iniciar la primera de varias conversaciones sobre cómo incorporar mejor su historia familiar. Las reuniones también se han convertido en un espacio para hablar del legado de la esclavitud, las desigualdades raciales y las reparaciones.

En 1828, Monroe vendió hasta dos docenas de personas esclavizadas por 5 mil dólares a Joseph Mills White, propietario de Casa Bianca, una plantación de caña de azúcar y algodón en las afueras de Monticello, Florida, para saldar deudas tras su Presidencia. Luego de visitar Middle Oak Baptist, Violette y Burnett se preguntaron: ¿podrían tener parentesco de sangre con los descendientes en Monroetown?

Más tarde, Violette y Burnett visitaron una pequeña iglesia en Florida. Fue fundada, en parte, por niños alguna vez esclavizados en Highland. Los investigadores conocieron a alrededor de una docena de personas, incluyendo a una mujer cuyo abuelo era descendiente de una de las parejas esclavizadas vendidas a Florida, y quien fue el primer vínculo directo entre las dos comunidades de descendientes.

Al compartir Burnett y Violette lo que descubrieron en Florida, Waltine Eubanks, descendiente Monroe en Virginia, sugirió invitar a los descendientes de Florida a asistir este mes a la celebración anual en Virginia de los Monroe.
“Quiero que la búsqueda del tesoro siga para hallar aún más conexiones entre estas dos comunidades”, dijo.

The New York Times