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Por Shivani Vora

Arturo Lomelí dice que el pueblo mexicano de San Miguel de Allende es “uno de los lugares más fotogénicos que he visto en mi vida”.

En diciembre, compró allí una casa de 1806 y ha contratado a un equipo de arquitectos y diseñadores para restaurarla.

Pero Lomelí, fundador de la marca de tequila Clase Azul y residente de Los Ángeles, no planea mudarse a ella. En lugar de eso, su intención es emplear la casa para promover a la cultura mexicana y su tequila, ofreciendo a los visitantes la oportunidad de pintar las botellas hechas a mano en las que se vende su tequila.

Le toma 11 días a un artesano mexicano elaborar cada botella. El proceso involucra mezclar tierras para crear una base que es vaciada en un molde, pulido, vitrificado, pintado y quemado en un horno a una temperatura superior a los mil 150 grados centígrados.

“Queremos que la gente conserve estas botellas para siempre y las reutilice como floreros, lámparas y otros objetos decorativos”, dijo Lomelí. Se espera que la casa Clase Azul abra sus puertas pronto.

Jonah Flicker, quien escribe sobre licores, dijo que Clase Azul era uno de los líderes en la categoría de tequila premium, en gran parte debido a su empaque singular.

“Las botellas llaman mucho la atención de los consumidores de compras en las tiendas y también los que se asoman a ver qué hay detrás del bar, y se considera que el líquido en su interior es de calidad bastante alta”, dijo. Los precios —que van de 70 a mil 800 dólares por botella— “pueden ser escandalosos, pero es un tequila muy disfrutable”, añadió.

Lomelí describió a San Miguel de Allende como mágico. “Tiene los mejores restaurantes y galerías de arte”, dijo.

La casa, de 515 metros cuadrados y a poca distancia a pie del centro histórico de la Ciudad, tiene 10 habitaciones en tres niveles. Tiene paredes de adobe de 70 centímetros de espesor; un patio central de 35 metros cuadrados con enredaderas; techos curvos de 4 metros de altura; y balcones de hierro forjado. Los pisos son de barro y todas las habitaciones dan al patio central.

Lomelí describió la renovación como más bien una restauración —para presentar a los visitantes una casa que luce casi como lució cuando nueva.

“Es integral a la identidad de la Ciudad”, dijo Norma Barbacci, conservacionista que ha trabajado en proyectos en y cerca de San Miguel de Allende.

Trabajadores están limpiando y reparando toda pared, viga y piso. La nueva versión tendrá una paleta de colores neutra y pisos rústicos antiguos de madera y piedra.

Lomelí dijo que su intención era que fuera un escaparate para el arte —esculturas, pinturas, fotografías e instalaciones de artistas trabajando activamente en México— y ser sede de degustaciones culinarias y cenas centradas en la cocina regional mexicana.

Planea pasar tiempo allí interactuando con los visitantes. “Es mi casa y es un lugar donde todo mundo está invitado”.

The New York Times