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Por Viet Thanh Nguyen

LOS ÁNGELES — “Miss Saigón” vive una reposición y está de gira otra vez. Esta es una noticia emocionante para algunos fanáticos de los musicales de Broadway, y para los actores asiáticos y asiático-estadounidenses con la oportunidad de papeles importantes. Para otros, quienes consideran que “Miss Saigón” perpetúa nociones profundamente arraigadas de inferioridad asiática, es una mala noticia.

“Miss Saigón” trata de una prostituta vietnamita en Saigón durante los años de la guerra que se enamora de un soldado estadounidense blanco. Él se va a EU sin saber que ella está embarazada. Ella da a luz a su hijo y cuando él regresa, ella le entrega el niño para que pueda salvarlo y llevárselo a Estados Unidos. Abandonada, nuestra prostituta se suicida.

Vi el musical en Nueva York en 1996. En mi franco idealismo, creía que debía ver una obra antes de criticarla. Pero a veces las cosas son justamente lo que parecen.

A mi alrededor, los asistentes sollozaban por la trágica historia de amor. Yo estaba indignado. No podía evitar pensar cómo “Miss Saigón” estaba basada en la ópera de Puccini

“Madama Butterfly”, ambientada en Japón. En la historia de Puccini, dos desafortunados amantes, una mujer japonesa y un hombre blanco, encarnan el dicho de Rudyard Kipling: “Oriente es Oriente y Occidente es Occidente y nunca los dos se encontrarán”. Los amantes están condenados o, para ser más precisos, uno de los amantes está condenado —la mujer japonesa. Feliz de ver que su hijo vivirá mejor en Occidente, se quita su inútil vida.

El dramaturgo David Henry Hwang vio lo absurdo de esta historia. Su aún relevante obra “M. Butterfly” precede a “Miss Saigón”, pero bien podría ser una sátira de ésta. En esta parodia de “Madama Butterfly”, él invierte los papeles. En la obra de Hwang, es el hombre blanco, Gallimard, un diplomático francés, quien es engatusado por Song Liling, una hermosa cantante de ópera china que interpreta a Madama Butterfly.

“¿Qué dirías si una belleza rubia se enamorara de un chaparro empresario japonés?”, dice Song. “Él la trata cruelmente, luego se va por tres años, durante los cuales ella le reza a su fotografía y rechaza el matrimonio con un joven Kennedy. Luego, cuando ella se entera de que él se ha vuelto a casar, se suicida. Creo que considerarías a esta chica como una idiota trastornada, ¿no? Pero como es una oriental la que se suicida por un occidental —¡ah!— te parece hermoso”.

Sin embargo, resulta que Song Liling no es una mujer. La fantasía de Gallimard es la fantasía occidental de Oriente, en la que las mujeres asiáticas representan a Asia en su totalidad —feminizada, débil, necesitada de una mano fuerte que la rescate del opresivo patriarcado asiático. La débil mujer asiática aprecia tanto el regalo del rescate que es capaz de hacer la cosa más O. Henry de todas, suicidarse para agradecer que le hayan salvado la vida. Hwang establece una conexión directa entre estas fantasías y la forma en que EU peleó la guerra de Vietnam. El mayor error de Estados Unidos en esa guerra fue pensar, como Gallimard, que los asiáticos eran personas pequeñas, débiles y afeminadas que se acobardarían ante el fuerte poder masculino de Occidente.

Las personas a quienes les irritan estas críticas de “Miss Saigón” dirán que es sólo una obra. Pero el disfrute de la fantasía de la obra es precisamente la razón por la que importa la obra. La fantasía, y nuestro disfrute de ella, evidencia algo en lo que queremos creer profundamente. El disfrute de esta obra se basa en el privilegio que siente el público, el privilegio de no ser esa mujer asiática que se suicida y el privilegio de ver el mundo desde el punto de vista del poderoso salvador blanco.

El racismo y el sexismo no son incompatibles con el arte. El que disfrutemos una obra de arte no significa que la obra no pueda ser racista o sexista, ni que nuestro disfrute no provenga de un profundo pozo de imágenes despectivas de asiáticos. La inquietante paradoja aquí es que podemos amar y desear a personas que vemos de manera completamente racista y sexista. Esa es la verdadera e involuntaria realidad de “Miss Saigón”.

Entonces, ¿debería “Miss Saigón” ser censurada o cancelada? La pregunta es una distracción de la respuesta real, que es que la censura o la cancelación no abordan las desigualdades en Broadway y Hollywood. Quizás los que detestamos el musical no estaríamos tan molestos si hubiera otras historias sobre asiáticos o vietnamitas que mostraran su diversidad. Si hubiera mil historias sobre nosotros, podríamos perdonar a “Miss Saigón”.

En 1993, poco después del estreno en Broadway de “Miss Saigón”, la escritora Jessica Hagedorn tituló su antología de la literatura asiático-estadounidense “Charlie Chan Is Dead”. Charlie Chan, de hecho, parece haber muerto. Ahora es el turno de “Miss Saigón”.

The New York Times