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Por Hannah Beech

MONGYAI, Myanmar — Ella no sabía dónde estaba. No hablaba el idioma del lugar. Tenía 16 años.

El hombre le dijo que él era su esposo. Nyo, una chica de un pueblo montañés en las colinas Shan de Myanmar, no estaba segura a ciencia cierta cómo se producía un embarazo. Pero sucedió.

La bebé, de 9 días de nacida, lucía innegablemente china. “Igual que su padre”, dijo Nyo. “Tiene los mismos labios.

“China”, añadió, como si fuera una maldición.

Durante más de 30 años, la familias chinas echaron mano de los abortos inducidos basados en el género y otros métodos para asegurarse de que su único descendiente fuera un varón. Pero ahora, estos niños son hombres, y superan en cantidad a las mujeres.

Para afrontarlo, los hombres chinos han empezado a importar esposas de países cercanos, a veces por la fuerza.

“El tráfico de novias es muy común aquí en el Estado de Shan”, dijo Zaw Min Tun, miembro de un grupo especial contra el tráfico de humanos en el norte de Shan.

Nyo y su compañera de clases, Phyu, fueron atraídas por una vecina, Daw San Kyi, quien les prometió empleos como meseras en la frontera con China gracias a los contactos de un aldeano adinerado.

“Confiamos en ellos”, dijo Phyu, que actualmente tiene 17 años.

En las primeras horas de una mañana de julio del 2018, una camioneta van llegó a recoger a las chicas. El camino por la montaña mareó a Phyu. San Kyi le ofreció cuatro pastillas para las náuseas.

Después de eso, los recuerdos de Phyu son confusos. Además alguien le inyectó algo en el brazo, dijo.

Nyo, también ahora de 17 años, se negó a tomar pastillas. Su recuerdo es más claro, pero no menos confuso. Hubo paradas en casas de huéspedes en la frontera y una versión de que las fuertes lluvias habían causado el cierre del restaurante donde se suponía que iban a trabajar. Hubo un viaje en bote y más autos.

Tras más de 10 días en tránsito, la idea de trabajar en un restaurante se esfumó, dijo Nyo. Ella y Phyu intentaron huir en dos ocasiones, pero no sabían a dónde ir. Hombres que hablaban chino fueron a verlas. Algunos apuntaban hacia una chica, algunos hacia la otra.

“Tenía la sensación de que me estaban vendiendo, pero no podía escapar”, comentó Phyu.

Las menores fueron separadas y cada una emparejada con un supuesto esposo.

Phyu creyó que había terminado en Beijing. El hombre que la había comprado era Yuan Feng, de 21 años.

Yuan encerró a Phyu en un cuarto con un televisor. En las noches, entraba y la inyectaba en el brazo y luego la forzaba a tener relaciones sexuales, relató.

Se aprendió la contraseña del teléfono de su esposo, y luego cuando él estaba borracho en la noche, ella le llamaba a su madre mediante una app de redes sociales.

“Dijo: ‘mamá, me vendieron’”, declaró Daw Aye Oo, su madre.

Nyo no estaba segura a dónde se la habían llevado en China, pero estaba decidida a descubrirlo.

Al principio, Gao Ji, su esposo, también la encerraba en un cuarto sin internet. Nyo dijo que la golpeaba.

Pero al pasar los días, empezó a confiar en ella y le permitió usar las redes sociales, incluida WeChat, la plataforma china de medios sociales. Con su teléfono, Nyo grababa en secreto todo lo que podía para determinar su paradero. Etiquetaba la ubicación en cada foto y video.

El lugar era el Condado de Xiangcheng en la Provincia de Henan, una de las más pobladas de China con 100 millones de habitantes, el doble de la población de Myanmar. Resultó que Phyu también estaba en Xiangcheng.

Mediante una mujer de Shan que ha ayudado a rescatar a menores vendidas como esclavas sexuales en China, un policía de Shan empezó a mensajearse con Nyo en la cuenta de WeChat de Gao, fingiendo ser su hermano.

Dos meses después de que las chicas llegaron a Xiangcheng, la Policía china tocó a las puertas de los esposos.

Yuan y Gao estuvieron detenidos al menos 30 días, como lo manda la ley, informó Niu Tianhui, vocero de la oficina de Policía de Xiangcheng. Dijo no saber si pasaron más tiempo detenidos.

Transcurrieron semanas antes de que las dos chicas regresaran a Mongyai.

“Cuando vi caracteres birmanos en los letreros, me puse muy feliz”, dijo Phyu sobre el momento en que estuvieron de regreso en Myanmar.

Mientras su embarazo avanzaba, Nyo decidió que daría a la bebé en adopción. Luego su bebé nació.

“Quería regalarla, pero la vi y la amé”, dijo Nyo. “Aun con los labios de ese animal chino”.

The New York Times