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Por Elian Peltier

El suelo desnudo y polvoriento está lleno de cuchillas oxidadas y pipas para fumar crack. El área apesta a orina y basura.

Al menos tres veces al día, Charly Roué es atraído a este sórdido barrio de París.

Tras pedir limosna en cafés, se dirige al extremo norte de la Ciudad, donde puede comprar crack, o cocaína en piedra, en La Colline (la Colina), el mercado al aire libre más grande de Francia para conseguir crack.

Muchos de los drogadictos que vienen aquí día tras día “comparan a La Colline con el infierno”, dijo Roué, de 27 años, que ha estado usando drogas desde que tenía 14. “Los lugareños que viven cerca y sufren del caos que causamos también deben llamarlo infierno”.

Y así es. En los últimos años, La Colline, unas 2 hectáreas de tierra apretujadas entre tres autopistas, se ha vuelto el símbolo de una crisis de drogas que plaga al norte de París a medida que el aburguesamiento ha empujado a algunas de las poblaciones más desesperadas de la Capital a las periferias más alejadas.

“Teníamos nuestra dosis de autos incendiados, tráfico de mariguana y prostitución”, dijo Rafia Bibi, una tunecina de 59 años que tiene 15 años de vivir en la zona. “Pero la violencia y miseria entre los migrantes y drogadictos han hecho que muy apenas se pueda vivir en este barrio”.

Cientos acuden a La Colline todos los días a comprar una piedra fumable, conocida como “galette” en francés, en 15 euros, unos 17 dólares. Docenas de adictos viven allí en tiendas de campaña improvisadas, mezclándose con los migrantes desamparados que también habitan en la zona. A diario hay peleas. Cada semana, la Policía despeja el área y arrasa con el asentamiento. Pero se vuelve a levantar unas horas después.

Emmanuelle Oster, la nueva Jefa de Policía, dijo que había hecho de la lucha contra el crack su prioridad desde que asumió el cargo en noviembre.

Entre 5 mil y 8 mil 500 usuarios fuman crack en el área de París, aunque el problema de las drogas tenía mucho tiempo oculto.

Quedó a la vista del público, dijo Oster, cuando recientes proyectos habitacionales aburguesaron anteriores inmuebles ocupados ilegalmente, convirtiendo “un fenómeno invisible en una situación apocalíptica”.

Los funcionarios municipales han prometido abrir un “centro de descanso y salud” para este otoño, como parte de un plan anticrack a tres años. Apoyado por un presupuesto de 9 millones de euros (unos 10 millones de dólares), el plan ha financiado a organizaciones de ayuda y ofrecido opciones de vivienda temporal para los usuarios. Además, es probable que los usuarios puedan fumar crack de manera legal en el centro, lo que sería una primicia para Francia.

Las autoridades argumentan que el barrio cambiará para bien y se volverá más seguro.

The New York Times