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Por Kimon De Greef

CIUDAD DEL CABO — Parecía una escena salida de los días del apartheid: camiones blindados patrullaban un municipio. Pero cuando los soldados llegaron a Mitchells Plain, un suburbio pobre de Ciudad del Cabo, la gente no se ocultó ni protestó.

“Esto es lo que necesitamos”, dijo Nasser Myburgh, un técnico de radio, mientras los soldados registraban una casa en su calle en busca de drogas. “La gente dispara aquí todas las noches”.

Ciudad del Cabo se ha convertido en una de las ciudades más peligrosas del mundo. La Policía registró más de 2 mil 800 asesinatos en el 2018 y su tasa de homicidios —alrededor de 66 muertes por cada 100 mil personas— es superado sólo por las ciudades más violentas en Latinoamérica, de acuerdo con el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal en México. La violencia deriva en gran parte de batallas territoriales intensificadas entre pandillas que trafican con drogas, armas y bienes ilícitos como abulón, un molusco preciado por pescadores furtivos.

El Presidente Cyril Ramaphosa ordenó la intervención el 12 de julio, pese a advertencias de que los soldados pueden hacer poco respecto a los problemas subyacentes, como corrupción y desempleo, que han permitido que las pandillas dominen los municipios desde hace mucho tiempo.

La zona donde vive Myburgh está en Cape Flats, una extensión en la periferia de la Ciudad a donde se trasladó a gente de raza negra y mixta a la fuerza durante el apartheid. Su vecindario ha quedado dividido por una diversidad de pandillas:

Hustlers, Rude Boys, Ghetto Kids, Spoilt Brats, Hard Livings y Americans, cuyos símbolos incluyen signos de dólar y la bandera de Estados Unidos.

El primer fin de semana de patrullaje militar vio una caída en los homicidios en Cape Flats, de acuerdo con las autoridades. Durante el fin de semana siguiente, 46 personas fueron asesinadas. Unas cuantas semanas después del despliegue, no había habido pausa en el derramamiento de sangre en algunos lugares.

El distrito policial con el número más alto de asesinatos en Sudáfrica el año pasado, Nyanga, también en Cape Flats, tuvo 308 homicidios. Mitchells Plain tuvo 140 mientras que el área del centro de Ciudad del Cabo sólo registró ocho.

Los funcionarios dicen que el despliegue del Ejército, llamado Operación Prosper, ayudará a estabilizar a los 10 vecindarios más peligrosos de Ciudad del Cabo.

Sin embargo, “apenas se vaya el Ejército, muchas de estas pandillas van a poner sus armas y drogas al descubierto y a regresar a sus actividades habituales”, dijo John Stupart, un analista militar.

Todas las noches, Myburgh encierra a su familia adentro de su casa. Una noche antes de que llegara el Ejército, David Hermanus fue abatido a unas cuantas cuadras de distancia. Como represalia, pandilleros balearon una casa cercana, hiriendo a un hombre y una mujer. Garth Adams fue asesinado la tarde siguiente. “Así es como vivimos”, dijo Myburgh. “Para nosotros, esto es normal”.

Las primeras pandillas se arraigaron en medio de la zozobra de los 60, 70 y 80, cuando decenas de miles de familias fueron desalojadas de vecindarios designados para gente de raza blanca. El desempleo ha permanecido alto; en Mitchells Plain, menos del 37 por ciento de la población tiene un empleo.

Tras el apartheid, muchas pandillas se transformaron en poderosas empresas criminales, dijo Simone Haysom, de la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional. “Las pandillas aún se alimentan del abandono del Estado y la disfunción social”, indicó. “Pero el control territorial, las ganancias y la violencia son inmensamente mayores de lo que han sido antes”.

Un sábado reciente, se realizaron dos funerales a unos cuantos cientos de metros de distancia: para Hermanus, al que asistieron los Americans, y para Adams, al que asistieron los Hard Livings. Pandilleros y oficiales de Policía vigilaron cada uno.

Ronald Hermanus, de 28 años, negó que su hermano fuera pandillero. “Pero ya saben cómo es”, dijo. “Tú me lastimas, yo me desquito”.

The New York Times