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Por Cade Metz

SAN FRANCISCO — Cuando Esaïe Prickett se sentó con su madre, su padre y cuatro hermanos mayores, él era el único que llevaba puesto unos Google Glass.

Mientras Esaïe, quien en ese entonces tenía 10 años y ahora tiene 12, miraba a través de los lentes computarizados, su familia hacía caras —feliz, triste, sorprendido, enojado, aburrido— y él intentaba identificar cada emoción. Los lentes le decían si había acertado o no, al proyectar diminutos iconos digitales que sólo él podía ver.

Esaïe tiene autismo. La tecnología tenía el propósito de ayudarlo a aprender cómo reconocer emociones y hacer contacto visual. Los lentes verificaban sus elecciones sólo si miraba directamente a un rostro.

Esaïe puso a prueba la tecnología para una prueba clínica realizada por investigadores en la Universidad de Stanford, en California, parte de un creciente esfuerzo para desarrollar tecnologías para niños en el espectro autista.

Cuando era un estudiante de 18 años en Stanford en el 2013, Catalin Voss empezó a desarrollar una aplicación para Google Glass que podría reconocer imágenes automáticamente. Entonces pensó en su primo, quien tenía autismo.

Mientras crecía, el primo de Voss practicaba en un espejo reconocer expresiones faciales. Al echar mano de avances en visión computarizada, el software de Voss podía leer automáticamente expresiones faciales y ayudar a llevar un registro detallado de cuando alguien reconocía una emoción y cuando no lo hacía.

En ese entonces, Google dejó de vender el dispositivo para consumidores en medio de preocupaciones por privacidad.

Pero Google Glass se mantuvo vivo como algo para ser usado por investigadores y empresas, y Voss, quien ahora es estudiante de doctorado, pasó varios años desarrollando su aplicación con otros en la universidad.

Los niños que usaban el software mostraban una mejora significativa en las Escalas Vineland de Conducta Adaptativa, una herramienta para monitorear el comportamiento de quienes están en el espectro autista, dijo.

El equipo de Stanford ha otorgado una licencia a Cognoa, una empresa de arranque del Valle del Silicio, para que use la tecnología. La compañía espera comercializar el método una vez que reciba aprobación del Gobierno. Podrían faltar años para eso.

Otros adoptan un enfoque diferente. Brain Power, una startup en Massachusetts que ha construido software similar para Google Glass, vende su tecnología a escuelas locales. La compañía la considera una herramienta de aprendizaje, no un dispositivo médico.

Patrick Daly, superintendente asistente del distrito escolar en North Reading, Massachusetts, está probando la tecnología de Brain Power tras ver su efecto en su hijo de 9 años, quien está en el espectro autista.

Previamente, el distrito intentó enseñar habilidades similares a través de tablets iPad. Daly ve Google Glass como una gran mejora.

“Realmente puede mantener contacto visual”, dijo. “No ven hacia abajo mientras intentan aprender una emoción”.

Robokind, una empresa de arranque en Texas, diseñó un robot que imita emociones básicas a intenta hacer contacto visual con los estudiantes. También hace preguntas e intenta involucrar a los estudiantes en conversaciones simples.

En cierto modo, un dispositivo de ese tipo es un mal sustituto para la interacción humana real. Pero la fuerza de esta y otras tecnologías es que pueden repetir tareas sin cansarse, aburrirse o enojarse. También pueden medir conducta en formas precisas, dijo Pam Feliciano, directora científica de la organización sin fines de lucro Simons Foundation Powering Autism Research.

Por estas razones, Feliciano también ve promesa en Alexa, de Amazon. Su hijo de 14 años está en el espectro. En ocasiones se llama a sí mismo “tú”, no “yo”. La labor de Feliciano es corregirlo. Pero no siempre se acuerda. Un dispositivo como

Alexa podría ayudar, dijo, si los investigadores pueden mostrar que es efectiva.

“Las tecnologías existen”, dijo. “Es sencillamente cuestión de que los expertos en tecnología adecuados trabajen con los médicos adecuados”.

The New York Times