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Por Sarah Pollock

Una joven estaba de pie en un auditorio de un valle noruego llamado Setesdal vestida con el tradicional traje bunad del valle, una falda negra ampona con rayas rojas y verdes en el dobladillo, una blusa blanca de manga larga y un pañuelo que le cubría el cabello. Su voz de soprano se desplegó por toda la sala. Desde el otro lado, una mujer de mediana edad, también vestida con el traje completo, cantaba en respuesta, y luego un joven robusto cantó una letra que desató las carcajadas del público. En el escenario contestó una jovencita, seguida por un anciano con un violín en su regazo.

Cantaban en un dialecto tan extraño que no sería fácil de entender para el noruego promedio. Y sus canciones empleaban una forma poética de cuatro líneas llamada stev que también es única en este valle. Cuando los poemas breves se cantan como esa noche, la práctica se llama stevjing, y se convierte en una llamada y respuesta musical, casi siempre improvisada, en la que los cantantes pueden celebrar, llorar, discutir y molestarse unos a otros.

Los cantantes descienden de siglos de granjeros que labraron la tierra local y pastorearon su ganado en praderas en lo alto de esas montañas. Las canciones eran la salva inicial de una celebración comunitaria de dos días que servía como escaparate a la rica tradición de Setesdal de música de violín, cantos, bailes y trajes. Las artes tradicionales aquí son tan inusuales que la Unesco las está considerando para su lista de Patrimonio Cultural Inmaterial.

Es un momento interesante para Setesdal, considerado durante mucho tiempo por los noruegos como una región provincial cuyos tercos habitantes se aferraban a las costumbres anticuadas. Ahora, esas mismas distinciones se han convertido en una fuente de orgullo.

Aun así, el valle está perdiendo habitantes. La población de los tres municipios principales de Setesdal, Bygland, Valle y Bykle, se ha reducido en un 20 por ciento, con lo que quedan menos de 3 mil 500 residentes. La economía ha pasado de la agricultura y la silvicultura al turismo y la energía hidroeléctrica.

El extremo sur del valle está marcado por un enorme fiordo que colinda con escarpados acantilados. Más al norte, las paredes de roca verticales que ascienden más de 600 metros sobre el suelo del valle atraen a escaladores de toda Europa.

Algunas de las mejores rutas de senderismo del sur de Noruega se encuentran en las montañas Setesdalsheiene. Los viajeros pueden quedarse a dormir en cabañas turísticas, y los lagos están repletos de peces y abiertos a los pescadores.

El paisaje está lleno de pequeñas edificaciones de troncos, almacenes que se levantan sobre pilotes y tienen techos de césped. Llamados stabbur, o stolpehus en el dialecto, los más antiguos fueron construidos antes de 1350, y se usaban para almacenar los objetos de valor de una granja.

La arquitectura del valle incluye más edificios de la época medieval que cualquier otro distrito de Noruega, dijo Anders Dalseg, un consultor del Museo Setesdal. El 20 por ciento de los edificios noruegos construidos antes de 1650 están en Setesdal, incluyendo 18 construidos antes de 1350.

Quizás lo más significativo es la tradición de los violines, que abarca parte de la música más antigua de Noruega. La celebración del fin de semana incluyó un concierto de dos de los maestros violinistas noruegos, Hallvard T. Bjorgum y Gunnar Stubseid, quienes viven en sus aldeas natales de Setesdal. Una sala arriba del museo estaba llena para el concierto.

Unos días después, Stubseid dio un recorrido de un pequeño museo llamado Sylvartun, albergado en un antiguo edificio de troncos con techo de césped. Es un buen lugar para que los visitantes aprendan sobre el estilo de vida tradicional de Setesdal. Hay un video diorama de tamaño real en el que lugareños vestidos con trajes cantan stevs y tocan música de violín. También se exhiben exquisitos violines finamente detallados.

Stubseid dijo que la cultura viva debe interpretarse para que exista. “Tal vez lo puedas escuchar en una grabación, pero no es lo mismo”, dijo. “Ese es el problema de cuidar la cultura inmaterial. Es una cuestión filosófica muy interesante”.

The New York Times