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Por Jacqueline Mroz

Eve Wiley, quien creció en Nacogdoches, Texas, descubrió a los 16 años que fue concebida vía inseminación artificial con el esperma de un donador.

Su madre, Margo Williams, hoy de 65 años, había recurrido al médico Kim McMorries, diciéndole que su marido era infértil. Le pidió al doctor encontrar un donador y McMorries le dijo a Williams que había encontrado uno vía un banco de esperma en California.

Williams dio a luz a una hija, Eve, quien ahora tiene 32 años y es ama de casa en Dallas. En el 2017 y 2018 se realizó pruebas de ADN.

¿Los resultados? Su padre biológico no era un donador de esperma en California, como le habían dicho, sino el doctor McMorries. Wiley quedó atónita.

“Construyes toda tu vida a partir de tu identidad genética y esos son los cimientos”, dijo Wiley. “Puede ser devastador que te quiten o te alteren esas piedras angulares”.
Vía su abogado y el personal de su oficina, McMorries no quiso hacer declaraciones para este artículo.

Con la creciente disponibilidad de pruebas genéticas para el consumidor, han empezado a surgir casos en los que se descubre que especialistas en fertilidad usaron durante décadas su propio esperma en secreto para inseminación artificial.

Jody Madeira, profesora de Derecho en la Universidad de Indiana, está siguiendo más de 20 casos en Estados Unidos y en otros países. Han ocurrido en Inglaterra, Sudáfrica, Alemania y los Países Bajos.

De acuerdo con la Fundación Holandesa de Donación Infantil, pruebas genéticas confirmaron que Jan Karbaat, un especialista en fertilidad, es el padre biológico de 56 niños de mujeres que visitaron su clínica en las afueras de Rotterdam. Las autoridades neerlandesas clausuraron su clínica en el 2009 y Karbaat murió en abril del 2017 a los 89 años.

Un abogado de la familia Karbaat dijo que no tenían comentarios respecto a las denuncias y enfatizó que los casos datan de hace décadas. “Hace 30 años, la gente veía las cosas de manera muy distinta”, dijo J. P. Vandervoodt. “Karbaat podría haber sido un donante anónimo —no hay manera de saberlo. No había un sistema de registros en ese entonces”.

En junio, el Colegio de Médicos y Cirujanos de Ontario revocó la licencia médica a un especialista en fertilidad de Ottawa, Norman Barwin, de 80 años, y lo reprendió por haber usado durante décadas el esperma equivocado en procedimientos de inseminación artificial. El grupo colegiado encontró que había inseminado al menos a 11 mujeres con su propio esperma. Barwin y sus abogados no devolvieron llamadas para comentar al respecto.

Tres Estados ahora han promulgado leyes que criminalizan esta conducta, incluyendo Texas, que ahora la define como una forma de ataque sexual.

“Tiene un aspecto físico —hay un dispositivo médico que se usa para penetrar a estas mujeres para implantar el material genético”, dijo Stephanie Klick, congresista estatal texana y enfermera. “Para mí es equivalente a violación porque no hay consentimiento”.

¿Por qué remplazaría un doctor en secreto el esperma de un donador o hasta del marido de la paciente?

Madeira dijo que algunos especialistas tal vez hayan pensado que era buen negocio. El esperma congelado no se convirtió en el estándar médico recomendado hasta fines de los 80, y muchos doctores quizá no tenían acceso fácil a esperma.

“Pueden haber pensado que estaban ayudando a sus pacientes al aumentar las probabilidades de que quedaran embarazadas con el uso de esperma fresco para tener tasas de fertilización más altas”, dijo Madeira.

Otros, especuló, podrían haber tenido razones más perversas. “Apuesto que muchos de estos doctores lo hicieron para sentirse poderosos —cuestiones relacionadas con salud mental o narcisismo— o porque quizá se sentían atraídos por algunas de las pacientes”, dijo.

McMorries, el medico del caso Wiley, reconoció en una carta que había mezclado su esperma con el de otros donadores para mejorar las probabilidades de concebir de su madre y que las leyes sobre “mantener el anonimato de donadores” no permitieron que se lo dijera.

Antes de la confesión del doctor, Wiley pensó que había encontrado al hombre que había donado el esperma con el cual había sido concebida: Steve Scholl, un escritor y editor en Los Ángeles que ahora tiene 65 años.

“Entablamos una hermosa relación de padre e hija”, dijo Wiley.

Después de enterarse de la verdad, Wiley le dijo a Scholl que no era realmente su hija biológica. Él también se quedó pasmado.

“Me tardé un tiempo en procesarlo”, comentó Scholl en una entrevista. “Sentíamos que nos habíamos encontrado. No sabíamos cómo funcionaba la industria de la reproducción humana. Pero muy pronto ambos decidimos que no dejaríamos que esto cambiara nada entre nosotros”.

The New York Times