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Por Jack Ewing

ARNSTADT, Alemania — Los funcionarios en Bruselas o Berlín podrán inquietarse por la creciente influencia de China sobre la economía europea, por los puertos bajo su control y las firmas de alta tecnología que empresas chinas han adquirido. Pero esa no es una preocupación que se escuche en Arnstadt.

Es difícil encontrar a alguien en la ciudad alemana de 28 mil habitantes que no esté feliz de que una compañía china planee invertir más de 2 mil millones de dólares para construir una planta de baterías en las afueras de la Ciudad.

Se cree que el proyecto, de Contemporary Amperex Technology Limited, mejor conocida como CATL, es el ejemplo más grande a la fecha de una compañía china que elije construir una fábrica desde cero en la Unión Europea, en lugar de comprar un negocio existente.

Quizás ningún lugar ilustra mejor la ambivalencia de Europa hacia la inversión china, que podría resumirse como: teme al poder, ama el dinero.

Hubo indignación en el 2016 cuando una compañía china compró a Kuka, un fabricante alemán de robots industriales, y alarma el año pasado cuando un inversionista chino compró casi el 10 por ciento de Daimler, el gigante automotriz alemán. Las adquisiciones inspiraron nuevas leyes que dan a los miembros de la Unión Europea más poder para escudriñar la inversión extranjera.

Sin embargo, cuando CATL anunció el verano pasado que había elegido a Arnstadt para la fábrica, que suministrará a compañías como Volvo y BMW con baterías para autos eléctricos, los líderes, incluyendo a la Canciller Angela Merkel, buscaron llevarse el crédito.

Los partidarios argumentan que el proyecto CATL representa una fase nueva y más benigna en el surgimiento de China como superpotencia económica. En lugar de adquirir tecnología europea o a una marca emblemática como Volvo, una compañía china aporta su propia tecnología de vanguardia.

Y en lugar de destruir empleos industriales con mano de obra barata, dicen funcionarios alemanes, una firma china creará 2 mil empleos. Ese argumento resulta convincente sobre todo al tiempo que una recesión es inminente y que el mercado laboral alemán muestra los primeros indicios de debilidad.

Algunos analistas advierten que China está en pos de una agenda más siniestra, que CATL es parte de un esfuerzo para dominar tecnología estratégicamente importante. Las baterías pueden representar alrededor de la mitad del costo de un auto eléctrico. A medida que los vehículos eléctricos se vuelvan cada vez más comunes, quien sea que controle el sector de las baterías dominará la industria automotriz.

Fundada hace menos de una década, CATL se ha convertido en rival de Tesla, Panasonic, LG Electronics y otros fabricantes de baterías de iones de litio. El proyecto en Arnstadt es parte de un plan de expansión que podría convertir a CATL en el productor más grande dentro de algunos años.

Los líderes en Arnstadt, en la antigua Alemania Oriental, dicen que esperan con ansia el ingreso fiscal, que ayudará a construir kínderes y albercas, y la oportunidad de ser parte de una industria importante.

Hay murmuraciones de frustración de que CATL ha proporcionado a las autoridades de Arnstadt información mínima sobre sus planes, incluso al tiempo que el alcance del proyecto crece con rapidez.

En un principio, la compañía planeaba invertir 240 millones de euros en la fábrica, pero a medida que han llegado los pedidos, esa inversión ha crecido a 1.8 mil millones de euros, o 2 mil millones de dólares, de acuerdo con reportes noticiosos locales. Se anticipa que la producción inicie el próximo año.
Una vocera de CATL declinó responder preguntas.

Poner la fábrica en Arnstadt también podría haber sido una decisión política astuta.

Después de la transición a una economía de mercado libre tras la reunificación alemana de 1990, miles de personas quedaron desocupadas cuando la industria química cesó su actividad. La tasa de desempleo se elevó a casi el 27 por ciento.

El índice de desempleo ha caído desde entonces a menos del 5 por ciento después de que compañías construyeron fábricas. Pero muchos empleos nuevos eran con contratos temporales que ofrecían poca seguridad laboral. Los residentes están ávidos de cualquier inversión que le dé a la economía una base más sólida y quizás atraiga de regreso a los jóvenes que migraron al oeste en busca de mejores oportunidades después de 1990.

De todos modos, “está llegando tan rápido”, dijo Judith Rüber, ex líder del partido La Izquierda en Arnstadt. “Será interesante ver si podemos lograr integrarla a la comunidad”.

The New York Times