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Por Vivian Yee

BEIRUT, Líbano - En el campamento en el desierto en el noreste de Siria donde decenas de miles de esposas e hijos de combatientes del Estado Islámico han estado atrapados durante meses en condiciones lamentables sin posibilidades de irse, simpatizantes de ISIS incendian las casas de campaña de mujeres consideradas impías.

Peleas entre residentes del campamento han puesto al descubierto armas contrabandeadas, y algunas mujeres han atacado o amenazado a otras con cuchillos y martillos. Dos veces, en junio y julio, mujeres apuñalaron a los guardias kurdos que las escoltaban, poniendo al campamento en cierre de emergencia.

Prácticamente todas las mujeres usan niqab, el velo negro de cuerpo completo exigido por ISIS —algunas porque todavía se adhieren a la ideología del grupo, otras porque temen entrar en conflicto con las verdaderas creyentes.

El campamento Al Hol, operado por los kurdos, está batallando para atender a casi 70 mil personas desplazadas, principalmente mujeres y niños que huyeron ahí durante la última batalla para expulsar al Estado Islámico de Siria oriental. Se ha convertido en lo que trabajadores humanitarios y funcionarios estadounidenses advierten es una situación peligrosa.

Las odiseas diarias de letrinas abarrotadas y agua contaminada, atención médica limitada, tensiones enardecidas entre residentes y guardias y problemas de seguridad han dejado a los residentes amargados y vulnerables.

Un reporte reciente del Departamento de Defensa de EU que advertía que ISIS se reagrupaba a través de Irak y Siria señalaba que la ideología de ISIS se ha podido difundir “sin oposición” en el campamento.

Un núcleo de seguidores de ISIS atemoriza al resto con amenazas, intimidación y, ocasionalmente, violencia, dijeron trabajadores humanitarios e investigadores.

Los iraquíes enfrentan ostracismo social por su asociación con ISIS o ser enviados a campamentos de detención si regresan a Irak. Los sirios quizás no tengan hogares a los cuales regresar. Y los aproximadamente 10 mil extranjeros de al menos otros 50 países en gran parte no son queridos en casa.

“Están en tierra de nadie”, dijo Sara Kayyali, una investigadora siria en Human Rights Watch. “Están atrapados en el desierto en un campamento que no está equipado para sus necesidades, con niños que crecieron en las peores condiciones posibles, sólo para llegar a un lugar donde las cosas son, si es que es posible, incluso peores”.

Las condiciones son particularmente malas en un anexo, donde se alberga a aquellos que no son ni sirios ni iraquíes, lo que incluye a más de 7 mil niños —alrededor de dos tercios de los cuales tienen menos de 12 años— y 3 mil mujeres.

La atención médica en el anexo se limita a dos clínicas pequeñas. El número de muertes infantiles —en su mayoría por padecimientos tratables, como desnutrición severa— ha aumentado casi el triple desde marzo, de acuerdo con International Rescue Committee.

Las autoridades del campamento, así como trabajadores humanitarios, han dicho que medidas adicionales de seguridad se ameritaban debido a los brotes de acoso y violencia.

“Es un ciclo de violencia”, dijo Kayyali. “ISIS ha cometido atrocidades contra el mundo. Los creadores de políticas no quieren lidiar con nadie conectado con ISIS. Entonces, son radicalizados de nuevo por el maltrato y regresan a lo que conocen”.

The New York Times