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Por Nancy Pricenthal

Al inaugurar lo que será un proyecto comisionado anual para la fachada del Museo Metropolitano de Arte, la artista Wangechi Mutu, originaria de Kenia, fue invitada a colocar estatuas de bronce de mujeres sentadas en cuatro de los nichos vacíos y listos para albergar esculturas cerca de las puertas principales del museo.

Coronadas, cegadas y amordazadas por discos sumamente pulidos, y nacidas de tradiciones tanto europeas como africanas, estas figuras cambiarán el rostro del museo, literal y figurativamente. En ocasiones reflejan la luz solar con una intensidad espeluznante, en lo que Mutu llama “un mensaje imponente del más allá”. Es testamento de su creencia de que, al igual que el teatro callejero o rituales religiosos, el arte puede incitar a los espectadores hacia la congregación.

Bajo el liderazgo del director Max Hollein, el museo anuncia un giro hacia lo nuevo y lo global. La elección de una artista insistentemente transnacional quien, aunque aclamada, aún no es extensamente popular, sí sugiere que el museo está tomando otro rumbo.

Mutu, de 47 años, alta y serena, compara sus esculturas para fachadas con cariátides. En la arquitectura occidental clásica, estas figuras por lo general sirven de apoyo para sostener balcones o techos. Pero los ejemplos africanos abundan, hallados en “báculos y hermosos bancos de la realeza que son representativos de donde se sentaría un rey. Básicamente sostienen el peso del rey. O de la realeza de esa cultura”.

Sus cariátides sin duda emanan su propio poder. Tituladas “The NewOnes, will free Us” (Los Nuevos, Nos liberarán), representan, para Mutu, “palabras que no hemos escuchado, gente que no hemos percibido. Serán nuestra redención”.

Mutu ya tenía cariátides en mente cuando el Met la contactó hace poco menos de un año. Ella creó modelos similares a arcilla en plastilina; entonces, usando uno de los métodos más antiguos para modelar arcilla, formó la vestimenta de las figuras en espirales, que bajan para formar grandes faldas plisadas. En un taller de fundición en el estado de Washington, los modelos fueron escaneados en 3D y hecho a gran escala, y ella visitó para hacer revisiones a los modelos y trabajar en los patinados.

El prototipo para el proyecto comisionado actual es la serie en el techo del Met, que ofrece un contacto inusitadamente inmediato con arte nuevo. Del mismo modo, con las esculturas de Mutu, dice Hollein, “el diálogo inicia antes de que incluso entres por las puertas del museo”.

Para Seph Rodney, un crítico de ascendencia africana originario de Jamaica y admirador de la obra de Mutu, eso es una especie de problema. Aunque Rodney es entusiasta sobre el programa para la fachada con una artista de color, señala que sus esculturas estarán “literalmente afuera del museo —eso me da un poco qué pensar”.

Mutu se siente satisfecha de desafiar al Met (y viceversa). Y tiene en mente más que la raza. Siempre consciente de “dónde ha posicionado la historia del arte al cuerpo femenino”, por lo general como sujeto pasivo de pinturas, ella señala que “en el arte africano clásico, el cuerpo femenino en algunos casos es el museo —donde se coloca el arte”. Es decir, las mujeres expresan “riqueza, estatus, familia, tribu”, a través de su porte y ornamentación, que son “lenguajes definibles como arte”.

Durante los próximos cuatro meses, estos lenguajes serán los primeros que escuchen los visitantes.

The New York Times