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Por Jospeh Berger

Casi todas las semanas, Jeremy Schaller recibe una llamada de un desarrollador que quiere comprar los dos edificios nada llamativos de cuatro pisos que albergan a Schaller and Weber, una tienda de sauerkraut y salchichas alemanas en el Upper East Side de Manhattan.

Un desarrollador incluso le ofreció 24 millones de dólares, casi cuatro veces el valor comercial de ambos edificios.

Los desarrolladores quieren demolerlos y agregar otra torre de gran altura al barrio de Yorkville que históricamente estaba compuesto de edificios de departamentos sin elevador de clase trabajadora y negocios familiares.

Pero Schaller ha rechazado todas las ofertas, incluso las que le prometieron que podría reabrir su local en la torre propuesta.

“Esta tienda es emblemática y su estética podría quedar comprometida si derribamos los edificios”, afirmó Schaller, de 40 años, la tercera generación de los Schaller que opera la tienda.

Sin embargo, los dueños de otros edificios no han podido resistirse.

El avance implacable de los rascacielos que se ha extendido por toda Nueva York se ha apoderado de Yorkville, al tiempo que el metro de la Segunda Avenida, la nueva línea de transporte público de la Ciudad, atrae a nuevos colonos.

Una docena de torres han sido inauguradas en los últimos cinco años o están a punto de ser concluidas en un barrio alguna vez célebre por su esencia casera de inmigración originaria de Europa Central y Oriental.

Algunos de los edificios se elevan hasta 50 o 60 pisos, mucho más alto que los 20 o 30 pisos a los que están acostumbrados los residentes.

Otra docena de proyectos de edificios han iniciado construcción o están planeados.

La mayoría de los descendientes de inmigrantes alemanes, húngaros, checos y eslovacos que hallaron trabajo en las cervecerías y fábricas de puros se marchó hace mucho tiempo. Lo mismo sucedió con todos salvo un puñado de restaurantes y negocios que daban servicio a esas familias.

En décadas recientes, los edificios de departamentos y otros de baja altura han brindado hogar para nuevos egresados universitarios, familias jóvenes, jubilados y gente de la zona central de Estados Unidos en busca de una vida mejor. Estaban dispuestos a lavar su ropa en una lavandería. Apreciaban los talleres de reparación de zapatos, las pescaderías y las cafeterías.

Margaret Price, quien ha vivido en el barrio desde principios de los 80, dijo que las torres nuevas borraban el carácter singular de Yorkville.

Sin embargo, la Administración del Alcalde Bill de Blasio cree que la prioridad es maximizar la vivienda al tiempo que la población de la Ciudad se aproxima a una cifra anticipada de nueve millones de habitantes y aumenta la población de indigentes.

Varias torres tienen 20 por ciento o más de sus departamentos reservados para familias de ingresos bajos o modestos, dicen los funcionarios.

Uno de los principales desarrolladores de la Ciudad, Gary Barnett, quien terminó un edificio de casi 120 metros de altura en Yorkville y planea otras tres torres altas, dijo que los edificios nuevos deben ser altos porque los terrenos en Manhattan son finitos y caros.

Lo que está sucediendo en Yorkville también sucede en Long Island City, el Centro de Brooklyn, Crown Heights y el Lower East Side, borrando gradualmente las características distintivas de cada barrio.

“Todos en la Ciudad a quienes les importa la identidad cultural de su barrio deberían ver a Yorkville como una señal de advertencia”, expresó el concejal Ben Kallos, nieto de inmigrantes húngaros judíos cuyo distrito incluye a Yorkville. “Lo último que necesita un barrio residencial son más torres de cristal para multimillonarios”.

Curiosamente, Schaller ha encontrado que, de hecho, las ventas han aumentado más de un 20 por ciento con las nuevas construcciones, con residentes más acaudalados gastando más en su selección de 100 cervezas alemanas, jamones ahumados y quesos europeos.

“Es bueno para el negocio, pero el barrio ha perdido gran parte de su ambiente de comunidad”, señaló.

The New York Times