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Por James Gavin

Ver un espectáculo de la cantante y bailarina Daniela Mercury, una de las máximas estrellas de Brasil desde hace casi 30 años, es sumergirse en una fantasía hiperenérgica de su ciudad natal, Salvador da Bahia, posiblemente la ciudad más africana fuera de África. El escenario se llena de bailarines vestidos con trajes afrobrasileños; los tamborileros hacen sonar los ritmos del axé, el pop percusivo nativo de Salvador que Mercury hizo famoso.

Casi todas las letras tienen mensajes de no discriminación, de tolerancia, de los derechos de la mujer, de mantener la fortaleza interior. Esos sentimientos resuenan más profundamente que nunca ahora que Brasil atraviesa una de las épocas más divididas de su historia en cuestión política.

“La sociedad brasileña está luchando por la democracia, luchando contra el autoritarismo y luchando por la educación”, dijo Mercury, de 54 años. “Tenemos que luchar para defender la naturaleza, los indígenas, las minorías. Los derechos humanos.

Es muy importante”.

Con ese fin, Mercury es Embajadora de Buena Voluntad del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia y Campeona de la Igualdad de la ONU. En el 2018 ayudó a encabezar una campaña en redes sociales, #EleNao (#ÉlNo), antes de la elección del Presidente de extrema derecha de Brasil, Jair Bolsonaro. Muchos de los seguidores de él la boicotearon con su propio hashtag, #ElaNao (#EllaNo).

Cinco años antes, Mercury, que tiene un ex esposo y dos hijos, se declaró lesbiana al casarse con Malu Verçosa, una periodista. Este año, la pareja se pronunció a favor de los derechos de los homosexuales en el Congreso Nacional en Brasilia.

Terminaron su discurso con un beso.

Mercury conserva un apoyo tremendo; el año pasado, alrededor de 1.5 millones de personas la vieron en el Carnaval de São Paulo. Hizo una gira por Estados Unidos este verano.

Cuando era niña en Salvador, Mercury estaba inmersa en la danza. Lo aprendió de los alumnos negros locales; de los practicantes del candomblé, la religión ritualista afrobrasileña; y en clases de danza.

Mercury estaba fascinada con los blocos afro, grupos de tambores de los barrios de Salvador con mentalidad social. De ellos surgió el axé, que fusionaba la samba, el reggae y otros ritmos africanos, brasileños y caribeños.

Después de dirigir su propia banda, se convirtió en solista. Su segundo álbum, “O Canto da Cidade” (“La Canción de la Ciudad”), lanzado en 1992, produjo cuatro sencillos brasileños número 1 y presentó el axé a un público nacional.

Mercury está experimentando con formas musicales más puras. Su sonido electropop prácticamente ha desaparecido. En una gira en el 2016, interpretó sus éxitos sólo con voz y guitarra acústica.

Mientras tanto, sigue causando controversia, a veces sin querer. En diciembre pasado lanzó un video, “Pantera Negra Deusa” (“Diosa Pantera Negra”). Mercury canta sobre “La única raza/la raza humana”, y añade: “Brasil es negro/Y el blanco es negro/Y el indio es negro”. Luego canta: “La belleza y los sonidos del infinito son de África”.

Semanas después, Larissa Luz, una joven cantante y actriz negra de Salvador, hizo acusaciones de apropiación cultural, anunciando a sus fans: “Quien es negro es negro. Quien no lo es, no lo es. ¡Esta música es nuestra!”. Las personas en Internet etiquetaron a Mercury como el blanco de esas declaraciones, lo que Luz negó.

En todos estos conflictos, dijo Mercury, ella se esfuerza por mantener la calma. “El problema nunca es sólo el Gobierno; es la sociedad”, dijo. “Pero necesitamos hablar de esto de una manera educada. Pelear de una manera civilizada. Cualquier otra cosa es brutalidad”.

The New York Times