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Por Julie Turkewitz

LAGOS, Nigeria — Huyeron de los ataques de las turbas y la quema de sus tiendas y llegaron sin nada salvo sus hijos y sus maletas. Más de 300 nigerianos aterrizaron en Lagos en un vuelo desde Johannesburgo el 18 de septiembre porque sus vidas anteriores —como inmigrantes viviendo en Sudáfrica— se habían vuelto insostenibles.

Llegaron después del anochecer e hicieron fila en un centro de tránsito. Firmen aquí, les dijeron los oficiales. Esperen allá. Tenían poco dinero. El odio a los extranjeros, afirmaron, es lo que los expulsó.

“Si me hubiera quedado habría muerto”, dijo Socarvin Onuoha, un nigeriano que fue propietario de una tienda de teléfonos celulares durante más de una década.
Durante años, africanos de todo el continente han emigrado a Sudáfrica con la expectativa de encontrar una tierra de oportunidades y un lugar para criar a sus familias. Pero la hostilidad tenía una década de estarse acumulando, con muchos sudafricanos culpando a los extranjeros de sus males económicos, a veces acusando a los inmigrantes de quitarles empleos y vivienda.

Los nigerianos han dicho que a menudo fueron estereotipados como traficantes de drogas y ladrones.

Esa animosidad estalló en violencia este mes cuando personas en y alrededor de Johannesburgo empezaron a saquear e incendiar tiendas de propiedad extranjera. Los ataques mataron a por lo menos 12 personas y provocaron una ruptura entre Sudáfrica y Nigeria, amenazando las relaciones entre las economías más grandes del continente.

El Presidente Cyril Ramaphosa de Sudáfrica mandó un enviado a Nigeria quien entregó “las disculpas más sinceras” por los ataques, y prometió que se procesaría a los culpables.
Pero el Gobierno nigeriano ha empezado a sacar a sus ciudadanos de Sudáfrica por vía aérea. El primer avión llegó recientemente, llevando a casi 200 personas; el segundo tenía 314.

Onuoha, de 55 años, dijo que huyó de su tienda de celulares cuando fue atacada por una turba iracunda. Decidió abandonar su negocio, su auto y su hogar y volver a Nigeria. Estaba sentado en un edificio del aeropuerto, rodeado por otros repatriados, incluyendo a sus hijos, de 17 y 18 años. Tenía 50 rand en su bolso, unos 3 dólares. “No sé dónde voy a dormir esta noche”, afirmó.

Cuando el vuelo aterrizó, la primera persona en llegar a la puerta del centro de tránsito fue Patience Ndukwu, acompañada por cuatro hijos, de 6 a 14 años. Se le dijo que escribiera su nombre en la parte superior de una hoja de cálculo, y luego fue llevada a más escritorios, donde llenó más papeleo.

Alguien le entregó unas comidas en recipientes de Tupperware, un número de teléfono para ayudar con un préstamo para un negocio y un sobre con suficiente efectivo para algunos días, de entidades gubernamentales nigerianas.

Ndukwu se mudó a Sudáfrica en el 2007, dijo, siguiendo a su marido, también nigeriano. Había abierto un restaurante, pero cuando los ataques iniciaron, las ventas se acabaron. “Todo se fue, simplemente rápido, rápido, rápido”, expresó.

Pentecost Ikechukwu, de 33 años, estaba parado con su esposa, Sandra, de 29. Tuvieron dos hijas en Sudáfrica: Favor, de 3 años, y Gracious, de casi 2. Hace unas semanas, la tienda donde trabajaba fue incendiada y, dijo, su jefe terminó en coma.
Ikechukwu se fue con 7 dólares.

“Si pudiera vivir mi vida de nuevo, nunca habría puesto pie en ese País”, afirmó. “Es un asesino del destino. Me destruyó”.

Los nigerianos —junto con personas de Somalia y Zimbabue— se han mudado a Sudáfrica en busca de trabajo y educación. Nigeria tiene un índice de desempleo y subempleo de más del 40 por ciento, de acuerdo con datos nacionales.

Pero Sudáfrica aún lidia con los legados del colonialismo y el apartheid y tiene sus propios problemas económicos. Muchos pobres no han encontrado un verdadero cambio desde el fin del apartheid.

Los críticos del Gobierno han culpado a los políticos por avivar un sentimiento antiinmigrante para desviar la responsabilidad por los problemas del País.

The New York Times