Jorge Eduardo Arellano
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Cuando un argentino o un cubano se refiere a un español, le llama gallego. Y la explicación es bien sencilla. Fueron tantos los gallegos que emigraron a América Latina a principios del siglo pasado que los habitantes de los países de acogida debieron pensar que Galicia era toda España.

En estas elecciones generales compiten por la Presidencia del Gobierno dos candidatos con posibilidades de ganar: el castellano-leonés y socialista José Luis Rodríguez Zapatero y el gallego y conservador Mariano Rajoy. Y curiosamente, ha sido el gallego el que ha introducido en la campaña electoral el tema de la inmigración como uno de los graves problemas que aquejan a España. Ha llegado a decir, literalmente, que “aquí no cabemos todos” y ha deslizado comparaciones entre emigración y delincuencia. Si los emigrantes votaran...

Rajoy se ha sumado a la ola populista de la derecha europea --la suiza, la holandesa, la danesa, la belga y la francesa-- y, en lugar de contrarrestar los sentimientos xenófobos que afloran en determinados sectores de las sociedades desarrolladas, los ha alentado y, además, con argumentos falsos.

El discurso político debe ser, por encima de otras cosas, pedagógico. Y, en el asunto de la emigración, lo que hay que explicar a la ciudadanía es que la mitad de los puestos de trabajo creados en España los ocupan emigrantes, ante la falta de mano de obra española. El 45 por ciento de los nuevos cotizantes a la Seguridad Social --que es la encargada de pagar las pensiones y asegurar la asistencia sanitaria-- son emigrantes. Son ellos los que, en parte, sostienen la economía, porque son imprescindibles en la construcción, en la agricultura, en hostelería y porque son los que cuidan a los ancianos y a los niños de las clases medias.

No es que España sea un excepción en Europa, como parece que piensa la derecha. Lo que pasa es que el desarrollo económico y el Estado de bienestar no se dio aquí hasta los años 80. Y fue la bonanza económica de los años 90 la que hizo que pasáramos de 923.879 emigrantes, es decir el 2,28 por ciento, en 2000, a 4.482.568, el 9,93 por ciento, en 2007. Tampoco es una excepción la utilización de los emigrantes en la campaña electoral. En las pasadas elecciones francesas, Nicolas Sarkozy, para quitar votos al ultraderechista Le Pen, recogió algunas de sus propuestas y quiso endurecer la política migratoria, con la firma de un contrato en el que el emigrante tenía que comprometerse a ser buen ciudadano.

Rajoy, que tiene los “lepenes” dentro de casa –en España no hay un partido de extrema derecha- ha tenido que contentarles. Pero el que siembra viento, recoge tempestades y hay que tener mucho cuidado a la hora de levantar unos sentimientos xenófobos que tantas desgracias trajeron a Europa, en épocas pasadas. Y, encima, Rajoy nació en Galicia. ¿Qué pensarán sus paisanos, emigrantes en Latinoamérica, cuando le oyen decir que “aquí no cabemos todos” y que hay que examinar a los emigrantes de “españolismo”?

*Universidad de Alcalá