Jorge Eduardo Arellano
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Fue un lleno casi total, más de diez mil personas de todo tipo, viejos y jóvenes, extranjeros y nacionales haciendo fila en los alrededores del Casino Pharaos para entrar a ver al trovador cubano más grande de la historia, Silvio Rodríguez.

Las varias generaciones que ha conmovido con su revolucionaria guitarra estaban ahí para aplaudirlo, una vez más. Sus poemas: La Maza, Te doy una canción, El Necio, Playa Girón, Ojalá, Óleo de una mujer con sombrero, Quién Fuera, entre tantos temas clásicos de su repertorio musical, imborrables joyas literarias dentro del universo de la trova latinoamericana que brilló ese domingo en Managua, fueron recitados.

Poco después de las ocho de la noche, un puñado de gente rompió la maya que separaba General de Preferencial y se dio un éxodo eufórico, seguido por otro puñado de personas que se encontraban afuera del enorme patio, quienes burlaron la seguridad y entraron desordenadamente, a empujones, entre gritos, hacia la gran concentración lírica.

Para entonces, el Dúo Guardabarranco se estaba despidiendo y Silvio estaba próximo a empezar uno de los últimos conciertos de su carrera. Se alzaban entonces banderas de Nicaragua y de Cuba, no faltaron algunas desubicadas banderas rojinegras tampoco.

Más cerca de la tarima, en VIP, una efigie del Che elevada entre las masas ondeaba como si el rostro del mítico guerrillero también vitorease al trovador isleño. Silvio abrió por fin con un “solo” instrumental y luego saludó a Managua. Una ovación le respondió enseguida y luego agregó: “escuché que no sólo había de Managua”, entonces rectificó: “Buenas noches, Nicaragua”. Y empezó el concierto con una lluvia seguida de aplausos.

Cuando llegó el turno de Playa Girón, el maestro titubeó, se comió un verso y continuó, como si nada hubiera pasado. El público lo siguió, se lo perdonó y siguió, estuvo con él siempre, un pequeño desliz, un involuntario percance, no pudo matar la emoción de ninguna manera. Siguió la ola de figuras literarias danzando al unísono en la noche del memorable domingo dos de marzo.

A Silvio lo empujaban. El público quería escuchar Ojalá. Generosamente, el anfitrión se colgó la guitarra para cantar una de sus canciones más recordadas. El público lo coreó, persiguieron su voz, lo acompañaron verso por verso, fieles todos. En su cumbre lírica, Ojalá fue un desahogo colectivo hasta su final.

Pero entonces, pasaba algo, la multitud exigía Canción Urgente para Nicaragua. También gritaban por Unicornio Azul. Pero Silvio había tocado por más de una hora y media y el ocaso musical estaba pronto a darse.

El concierto iba muy adentrado, ya eran las diez de la noche, Silvio había presentado a sus músicos uno por uno, era hora de irse despidiendo. Le pedían más: ¡urgente!, ¡urgente!, ¡urgente!, se escuchaba la multitudinaria solicitud desde VIP hasta General.

Querían escuchar el tema que le dedicó a la revolución nicaragüense, la multitud arrinconó al guajiro hasta que rompió el silencio: “ésa no me la sé”, otros escucharon “no la recuerdo”. Entonces, Silvio se explicó: “tengo un pequeño problema con esa canción” (...) “como ahora la realidad es otra” (...) “ruego que me disculpen”. Fue un admirable gesto de integridad artística que el público, en su mayoría, no entendió.

La multitud se hizo la desentendida, no aceptaban su explicación, le pedían ¡urgente! de nuevo. Pero el concierto casi terminaba. Apagaron las luces, Silvio se fue del escenario, se despidió con un tema poco conocido, hizo un gesto de adiós con sus manos. Luego regresó, para alivio de todos, faltaba un poco más. Le pedían de nuevo las dos canciones, pero Silvio seguía con su repertorio independiente para culminar la velada, debió estar un poco aburrido de tocar Unicornio, hace dos días la había tocado en El Salvador, pero esto lo ignoraba la mayoría de gente aglomerada en el concierto.

Silvio salió y entró de nuevo al escenario, esta vez para despedirse definitivamente, agradeció con palabras cálidas a su público, abandonó la tarima y la organización del evento abrió las puertas traseras para que la gente pudiera salir.

Ya no había nadie en el escenario, encendieron los focos que indicaron la salida, algunos empezaron a verterse hacia fuera y ya no había sospechas del fin del espectáculo. Pero entonces, caprichosamente, el público empezó a abuchear. La multitud abucheaba, se escuchaba por ahí, “fue un fraude”, “buuuuu”. La gente iba comentando, “duró muy poco”, “no cantó unicornio”, entre otras frases desalentadoras.

Muchos salieron trompudos y enojados del enorme patio. Hubo cierto descontento al final, pero, de todas maneras, el trovador cumplió a lo grande y demostró una vez más, ser un verdadero artista, ya que no se vendió ante nadie para cantar algo que no iba con la realidad nacional que visitó esta vez, muy distinta a la de aquellos años ochenta, cuando compuso Canción Urgente para Nicaragua.


*grigsbyvergara@yahoo.com