Jorge Eduardo Arellano
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Desde que Estados Unidos rompió con el orden jurídico internacional invadiendo Irak y Afganistán, so pretexto de una “política unilateral preventiva” respaldada por falsas presunciones de armas de destrucción masiva, las organizaciones globales encargadas de velar por la paz, armonía y el entendimiento pacífico entre las naciones del mundo han dejado de existir teóricamente y perdieron razón de ser. La ONU y la OEA, que fueron concebidos para evitar las grandes conflagraciones, no lograron, sin embargo, en más de medio siglo, evitar las invasiones y genocidios, holocaustos y terrorismo, atentados y violaciones a los derechos humanos de los pueblos empobrecidos.

Ante semejante realidad, la soberanía, integridad e independencia de todo Estado, al igual que su seguridad y defensa ante cualquier acometida extranjera, sigue siendo una simple aspiración. Es por eso que el impulso de nuevos frentes internacionales de lucha como el ALBA y su perentoria misión de conformar un Ejército de Unidad y Defensa Latinoamericana, es antes que una necesidad, un nuevo giro o dinámica para llevar a cabo esos objetivos truncados.

Cada nación puede lidiar con sus guerras intestinas sin necesidad del intervencionismo extranjero, forjando su propia fatalidad y destino. Además que también puede enfrentarse a sus pares vecinos en iguales ventajas y condiciones. Pero cuando uno o varios países se sienten amenazados por una potencia que históricamente ha injerido en sus asuntos internos, es imperativo conformar una alianza estratégica que haga frente a cualquier hostigamiento y agresión mediante su propia “política multilateral defensiva”, cerrando filas en un solo bloque de “unidad táctica” ofensiva, inclusive, y según las circunstancias del caso.

Es por eso que la gran importancia del ALBA se mide en que los países que la integran apuestan a forjarse una libertad e independencia absoluta de las superpotencias extranjeras que en el pasado han conculcado su honor patrio; objetivo que ya se está materializando y del cual deben, paulatinamente, formar parte los demás países indohispanos. Pueden agregarse en este proyecto continental y auténticamente americano primeramente los vecinos de Cuba, Nicaragua, Venezuela y Bolivia, los cuales ya han dado señales positivas de su pronta adhesión. Pero además de reclutar a otros miembros por su afinidad política, territorial e ideológica, también deben reunirse las condiciones para que los países que parecen distar mucho del ALBA se afinen y encarrilen en esa dirección, capitalizando al máximo sus mínimas muestras de Revolución y cambio (el FMLN en el Salvador y las FARC en Colombia, por ejemplo).

En este último caso, las FARC deben ocupar especial atención dentro del actual contexto internacional de roces y controversias entre Colombia y los países que conforman el ALBA.

Cuando los padres de Ingrid Betancourt viajaron a Roma para pedir absurdamente la mediación del Vaticano para que parara los suplicios que soportan los secuestrados, la madre imploró al Papa --por no decir al simple desarrollo de los acontecimientos-- que auspiciara el milagro de “que se vaya Uribe” y su gobierno que pone en riesgo la vida de su hija y demás cautivos echados a la suerte por un presidente que no le interesa su liberación y que bien podría efectuarse por un canje humanitario o por la asistencia de países amigos.


Esa solicitud de milagro, de que se acabe anticipadamente la administración de un gobierno servil e indiferente en salvaguardar la vida de los secuestrados y más lejos aún de cumplir con su promesa electorera de paz a Colombia, sólo podría realizarse optando por una alternativa nada descabellada frente a la verdad histórica: ascender a las FARC a un nivel auténticamente revolucionario para derrocar al actual gobierno y llevarlo al poder por la vía legítima de las armas. Sólo así se salvaría a los secuestrados y se estabilizaría la región poniendo fin a esa odiosa y estancada lucha insurreccional.

Esta posible salida obliga a reconocer las razones de persistencia de la guerrilla desde su fundación. Las motivaciones de las FARC eran y siguen siendo las mismas que llevaron a una Revolución a Cuba y Nicaragua, y que ahora abandera también la República Bolivariana de Venezuela: la injusticia social, desigual entre ricos y pobres, el despotismo y políticas deliberadas de presidentes tiránicos… “peleles del imperio”, etc.…
Con la creación o no de un Ejército Defensor Latinoamericano, el proyecto ALBA debe dirigir sus energías en coadyuvar a aquellos movimientos afines que dentro de sus países están esforzándose en acelerar su suscripción a la “gran patria Latinoamericana”. Eso sería también lo más sano para Colombia, que obtendría el rédito de alcanzar la paz, y evitaría además un conflicto bélico entre países que históricamente la superan por tener más tradición belicista y defensiva en la región.

Ahora que el debut intervencionista en territorio ecuatoriano ha desvanecido un canje humanitario entre los rebeldes presos y los secuestrados de las FARC, se debe apresurar una reflexión obligada y cambio drástico en el actual gobierno colombiano. De otra forma el trasiego que se podría dar entre países hermanos es el de los fusiles Kalishnikov, para defender su integridad territorial, soberanía e independencia frente a la idea neocolonialista del aprendiz del imperio norteamericano de resolver las controversias y conflictos limítrofes con las armas. Dicho de otra forma, ante un inminente enfrentamiento Ecuador-Colombia-Venezuela por razones ya conocidas y previstas, se aceleraría la integración de Colombia al ALBA por tener como aliado estratégico a las FARC en su asunción al poder, lo que también traería de paso la paz y otros resultados benéficos: se extinguiría el flagelo del narcotráfico internacional que sólo supervive por la complacencia de los gobiernos colombianos, cuyos funcionarios forman parte indisoluble con los capos y carteles de la droga.


mowhe1ni@yahoo.es