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Dijo Vittorio de Sica que “la televisión es el único somnífero que se toma por los ojos”; pero anoche miré, en el canal de Historia, un programa televisivo muy interesante, que no me provocó sueño. El tema era la crucifixión y la causa de muerte de Jesús de Nazareth, un hombre judío de 33 años de edad, por lo demás saludable, que fue víctima del castigo y tortura más atroz practicada por los soldados del imperio romano cuando dominaban e imponían la pax romana en Palestina y otros lugares del mundo.

Cuando la rebelión de esclavos, entre los años 73 y 71 a.C., dirigida por Espartaco (I Guerra Servil) fue derrotada por los romanos, éstos crucificaron a 6000 esclavos a lo largo de un camino de 200 Km. El emperador Constantino I en el año 313 legalizó el cristianismo y suprimió la crucifixión debido a su conversión religiosa. En 1968, trabajadores de la construcción encontraron en Jerusalén la tumba de un hombre judío, de 20 a 30 años cuando fue crucificado y quien vivió entre los años 100 y 200; los huesos de uno de sus talones atravesado por un clavo son la única evidencia que se conserva de la práctica imperial de la crucifixión. En el año 64, Nerón incendió Roma y culpó a los judíos; desató la persecución y la crucifixión. En el año 66 el pueblo judío luchó contra los romanos (I Guerra Judeo-Romana) y los expulsó de Jerusalén, pero la ciudad luego fue sitiada y Roma tomó el control nuevamente en el 73. En el siglo XVI, se practicó otra vez la crucifixión, pero en Japón, donde el emperador temía a los misioneros católicos y ordenaba a los samurai que los crucificaran después de caminar 1000Km., desde Kyoto hasta Nagasaki. El crucificado misionero moría porque dos samurai le enterraban simultáneamente sus lanzas (largas y puntiagudas) en el tórax.

Jesús desde que era niño seguramente miró a personas crucificadas porque en ese tiempo en Judea no faltaban los judíos rebeldes que eran castigados de esa manera. Rebeldes que combatían con las armas en la mano –aplicando tácticas de guerra de guerrillas, diríamos hoy-, a las falanges romanas de ocupación y que eran llamados Zelotes (formados por Judas “El Galileo” 4 a.C.) y a los cuales perteneció Barrabás. Hay quienes afirman que los dos “ladrones” crucificados junto a Jesús también eran rebeldes, revoltosos. Hace varios años leí en EL NUEVO DIARIO un artículo en el que el autor decía que la causa de muerte de Jesús crucificado (con un tórax asténico, más largo que ancho), fue una bula enfisematosa o “burbuja de aire” en el tejido pulmonar, de origen tuberculoso, que estalló espontáneamente, a lo cual se sumó la incapacidad de respirar y la consecuente asfixia. Recuerdo al anatomista y cirujano cardiovascular dominicano Dionisio Soldevila, que en 2006 anunció en París que los tres músculos glúteos son en realidad uno solo (tríceps de Soldevila); el tendón extensor común de los dedos del pie se divide en 5 tendones y no en 4; y que la cabeza tiene 28 huesos (datos no registrados en libros clásicos de anatomía desde el congreso de Suiza, en 1895). Por otro lado, Plutón ya no es planeta, es un “planeta enano” desde el 24-8-2006.

En el programa mencionado, médicos especialistas en emergencias, de Estados Unidos, a través de investigaciones científicas, explican qué pudo haber sucedido, cuál fue la causa de muerte, tan rápida, de Jesús de Nazareth. Rápida porque murió 3 ó 4 horas después de haber sido crucificado, cuando comúnmente un persona crucificada moría a los 3 ó 4 días, y algunas hasta nueve días después. La tortura con latigazos significó un gran estrés, desgarró la piel, el tejido subcutáneo y los músculos de la espalda. Al inicio, la vasoconstricción de los pequeños vasos impidió que saliera mucha sangre; pero después, con los latigazos repetitivos se dañaron vasos sanguíneos de mayor calibre y el sangrado aumentó.  Se formaron hematomas en los músculos intercostales y para-espinales, además de contusiones pulmonares y renales. Las contusiones pulmonares con su componente hemorrágico causaron dificultad respiratoria. Todo eso llevó a deshidratación y choque hipovolémico (poca sangre llega a los tejidos y órganos del cuerpo).

Es poco probable que Jesús haya cargado una cruz como tal. Lo común era que la víctima cargara un madero (llamado patíbulo), cuyo peso era de 50Kg., colocado en la parte alta de la espalda y amarrado sobre los brazos en abducción (formando un ángulo de 90º con el tórax). Así recorrió las calles de Jerusalén –alrededor de tres kilómetros-, hasta caer por lo menos tres veces. En una de tales caídas, de bruces, y con el patíbulo sobre él, se produjo la más grave de las lesiones: trauma torácico cerrado que produjo que el corazón se golpeara con la cara posterior del hueso esternón y causara una contusión del músculo cardíaco, el miocardio. En el área de contusión miocárdica -zona debilitada por el trauma al igual que le ocurre al conductor durante un accidente automovilístico si no lleva puesto el cinturón de seguridad-, se formó un aneurisma post-traumático (bolsa que se comunica con alguna de las cavidades cardiacas) debido a la presión repetitiva del corazón bombeando sangre.

Crucificado, el cuadro es el siguiente: dolor intenso en las manos y pies por haber sido clavados. Las manos amarradas. Deshidratación. Dolor en la espalda al rozar el madero vertical que aumentaba el sangrado. Disnea o dificultad respiratoria. Las contusiones pulmonares pudieron condicionar hemotórax (sangre en la cavidad pleural que rodea a los pulmones). Sin dormir por más de 24 horas, humillado y torturado psicológicamente. Los pies no tenían soporte de madera alguno; sólo el clavo que los atravesaba. Los pintores de la Edad Media, quienes nunca estuvieron presentes en ninguna crucifixión ni miraron a alguien crucificado, pintaron un soporte de madera debajo de los pies; pero eso no era lo acostumbrado. Sin soporte la tortura era mayor y era más difícil respirar. Jesús crucificado expresó por lo menos siete frases con orden lógico, habló hasta el último momento, lo cual sugiere que su cerebro estaba siendo irrigado y oxigenado hasta ese instante, por lo cual no murió de asfixia, ni por excesivo y constante dolor, las cuales eran también causas de muerte de los crucificados. La muerte llegó porque el aneurisma cardíaco post-traumático creció y se rompió, estalló, lo cual provocó hemopericardio (sangre en la cavidad pericárdica, alrededor del corazón) ocasionando presión sobre el corazón. El pinchazo con lanza, en un costado del tórax, que ejecuta un soldado romano después de que Jesús murió lo demuestra: salió un chorro de sangre a presión, seguido de un líquido como agua.

En jóvenes voluntarios, sanos, no torturados, que imitan la posición de la crucifixión, se observó lo siguiente: inician con frecuencia cardiaca (FC) de 78 latidos por minuto. A los dos minutos, la FC es mayor de 120; a los 10 minutos es de 180. A los quince minutos, la capacidad respiratoria, cuantificada por medio de espirometría, ha disminuido 10%. El dolor en las cuatro extremidades ha aumentado gradualmente. Temblor en muslos y piernas son evidentes antes de los 10 minutos (a pesar de tener un pequeño e incómodo soporte en los pies). El límite de peso que soportarían las manos clavadas, antes de desgarrarse, es de 60Kg. El joven ya no aguantó más. En la modalidad de crucifixión aplicada por los nazis hitlerianos (los brazos totalmente hacia arriba, las manos amarradas de la parte superior de un tronco, el cuerpo colgando y los pies en el aire, sin ningún apoyo), observan: similares cambios en la FC, a los 10 minutos la capacidad respiratoria ha disminuido 10% y el joven no soporta más. En alguien torturado los hallazgos deben ser peores y se agravan al pasar el tiempo.

No todo está dicho. ¡Jóvenes, a investigar!