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Como cada Viernes Santo, miles de capitalinos se dieron cita en carretera hacia Masaya para realizar el Vía Crucis acompañando la imagen de la Sangre Cristo, que desde el Teresiano inicia su camino hasta culminar con su entrada en la Catedral. Esta vez fue idéntico, pero con la excepción de un espectáculo auditivo, y en mi caso visual: un alto representante de la iglesia católica, encargado de la locución del ritual, entre cada estación del mismo hacía proselitismo ideológico de una manera desenmascarada, que la poca fe que albergaba en ellos, se ha desvanecido totalmente.

Todos sabemos que los que acuden a esta tradicional romería lo hacen con más entusiasmo religioso que con solemnidad pontifical. Es un hecho que se vive y se debiera respetar en el marco del dogma en que se cree. Pero el discurso del animador del tradicional peregrinaje, si bien fundamentado en conferencias religiosas, pasajes bíblicos y algunos manuales que usa el catolicismo para adoctrinar su fe, rayó en la demagogia y en la politiquería. Una puñalada al credo.

“Recuerden que este año es crucial… es año de elecciones”. “No volvamos al pasado… queremos la paz…”, rezaba el eclesiástico con una vehemencia casi sublime. Hasta acá todo me parecía normal dentro de lo relativo del concepto, aunque me parecía fuera de lugar que en una celebración de tal magnitud fervorosa, el conductor del mismo se enfocara en recordarnos la importancia de un acto civil del que ya estamos al tanto, y menos con el telón de la adorada imagen bamboleándose sobre los hombros de verdaderos creyentes y un crecido río humano que desbordaba los flancos de la carretera.

Quienes hemos estudiado teoría comunicacional sabemos que los mensajes calan mejor en situaciones preliminarmente adecuadas y difícilmente unidas por un tópico para simular una lejanía retórica; así, el distanciamiento temático hace que se capture inconscientemente y de inmediato el discurso dirigido. Eso me pareció este episodio, pues entre estaciones, rezos y cánticos espirituales, unos mensajes muy claros y elaborados con fines propagandísticos puntuales.

“Maldito el hombre que confía en otro hombre”. “Hay que darle espacio a la sociedad civil… para lograr una verdadera democracia…”, saltaba la voz entre el sahumerio quemante que transpiraba la calle asfaltada a esa hora de la mañana. Varios de mis acompañantes nos miramos un tanto apenados y asustados. Nunca, en los 12 años que llevo acompañando la imagen, había escuchado y visto aquella burla a la inteligencia y sobre todo a la creencia devota. Me sentí insultado en mi religiosidad.

Cada nicaragüense sabe que la sociedad civil en Nicaragua está lejos de representar y de salvaguardar los derechos de los ciudadanos; que la mueven intereses políticos y posicionales. Es más, en una reciente marcha de un partido político, la sociedad civil se quitó la máscara y se vistió de color  (metáfora incluida). Si bien todo ente es político, a los representantes de este movimiento no se les pide apoliticidad, sino una ubicación neutral, sin partidos. Eso no fue así. Por tanto, no se necesitan siquiera dos dedos de frente para descifrar el mensaje inyectado en el rito más celebrado por los católicos del país, como lo es la veneración del sacrificio de El Salvador por nosotros.      

Hasta una radio cuyo director es uno de los aspirantes políticos a la presidencia, transmitía en vivo el Vía Crucis, y en los intermedios, los encargados de la emisión realizaban preguntas que también iban dirigidas hacia el contexto electoral: “¿Qué le pide a la Sangre de Cristo ‘este año’?” No era una petición atemporal, como se desea, sino enmarcada y con fecha de caducidad: “este año”, que ya sabemos, es de elecciones. ¡Qué aprovechamiento más atrevido de la creencia en Cristo!
No estoy en contra de que el clero tenga su postura ideológica-política, claro está; casos de triste recuerdos hay, como la iglesia en la España franquista. Pero los oficiantes, como personajes públicos y depositarios de una fe sin condicionamientos, deben respetar el dogma que representan, que vale más que una opción particular. Y lo peor, tratar de inculcar esa preferencia pagana en ceremonias religiosas. Para terminar de aguar la peregrinación, a las autoridades de Catedral se les olvidó mandar abrir el portón principal de acceso a la misma, y hubo incidentes lamentables, niños apretujados, roces violentos, magulladuras, pisotones y clamores escatológicos. La vivencia espiritual se transformó en penitencia auditiva y física. Lo que debió ser un acto de reivindicación cristiana se transformó en jornada de adoctrinamiento ideológico.

Cuando terminé mi penitencia, casi rayando el mediodía, me largué a mi casa con una tristeza casi mística. Sentí una impotencia sañuda. Mientras volvía a ver aquel río de gente, que pronto se convirtió en mar, un verdadero prodigio hídrico logrado por la fe, en mi cabeza restallaban dos frases mordidas de pesadumbre. Una aprendida de mi maestro de latín, y que siempre me repetía: Deus omnia cernit (Dios todo lo ve); y otra que llegaba a lo lejos y filtraba todo: “Perdona a tu pueblo, Señor”.     

leslinicaragua@hotmail.com