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La infancia es uno de los momentos más importantes para la construcción de la identidad de género, puesto que es en este período de la vida en el que las programaciones sociales, transmitidas a través de la familia, están menos consientes y por ende más aptas a ser asimiladas sin previo análisis ni posibilidad de revisión.

El niño y la niña se desarrollan en ambientes ya plagados de esa división de los roles femeninos y masculinos, ya definidos a lo largo de un hilo histórico basado en enfoques normativos y controlados en los que ya se sabe que debe y tiene que hacer y aprender cada género.

Los niveles de programación y de obsesión con esa heternormatividad de la que habla Foucalt, es la que hace que en el imaginario social existan ciertas tendencias de pensamiento dicotómicas en las cuales, el cumplir con los requisitos de ser hombre y mujer lo es todo, lo define todo.

Uno de esos requisitos asignados e impuestos a la identidad de la mujer es el hecho de ser madre, el discurso maternidad y todos sus estereotipos designados a este proceso. Es así como al hombre desde la crianza se le enseña que sus posibilidades son mayores que las de las mujeres y a las mujeres que por el hecho de haber nacidos mujeres tienen el deber y la obligación de ser menos libres para cuidar a los otros: ya sean estos otros padres (cuando estén viejos), hijos, hermanos, esposo, o pareja; al final la vida y las posibilidades de ser de la mujer quedan limitadas en base a las necesidades de los otros, desde la crianza.

Es así como vemos niñas atendiendo al padre, una escena de una niña limpiándolos pies de su padre es muy parecido al relato de la mujer que limpia los pies de Jesús, el hombre enaltecido que merece todas las atenciones de las mujeres de la casa, por el hecho de haber nacido hombre.

Luego podemos notar cómo niñas le llevan o le sirven la comida a sus hermanos, a su papa, atienden a los invitados, obligadas y forzadas a sonreír como si del hecho de agradarle al otro dependiera la felicidad. O cuando la niña es regañada y castigada por el hecho de sentarse con las piernas abiertas en el suelo para jugar cuando anda puesto un vestido, ropa que esta hecha para limitar sus libertades y coartar el espacio lúdico que al niño no le es negado.

Estos son algunos ejemplos dentro de un universo de posibilidades de cómo desde la crianza  a las niñas se les sexualiza, se les enseña que se buenas es quedar bien con el otro, es obedecer, atender, servir; que al final se traduce a que la felicidad y la comodidad del otro es más importante que la de ella, como persona.

Lamentablemente de por sí los niños y niñas como grupo son invisibilizados o vistos como casi personas, por lo que hablar de autonomía, toma de decisiones, libertad de expresión e independencia en ellos y ellas es hablar de cosas absurdas para la mayoría de adultos, que por el hecho de tener más edad que los niños creen tener el derecho de actuar con ellos como dictadores y verdugos.

Pero dentro de esta invisibilización de la persona que es el niño y la niña, esta última nace con un plus que aumenta todas las imposiciones, las limitaciones de la libertad y las asignaciones desiguales y distorsionadores de la identidad que forman parte del sistema social y cultural dominante.

La niña es vista como una mujer en pequeño, una mujercita, argumento del que muchos violadores, abusadores sexuales, y mujeres que defienden a estos últimos; utilizan para justificar que una niña sea violada o abusada, diciendo “Es que ella le coqueteaba, ella se lo buscó…o ella me amaba” refiriéndose a niñas de 5, 8 ó 10 años.

La niña es vista como una pequeña sirvienta, con la obligación de atender a servir, en principio al padre o al abuelo, sino es al padre, es al padrastro, sino al hermano mayor, y si no es el caso, ser la segunda madre de sus hermanos pequeños. Dejando a un lado su vida de niña, para quemar etapas y pasar rápido a cumplir las expectativas familiares, sociales y culturales que se tienen sobre su cuerpo y su vida, de cuidar a otros, descuidarse ella, vivir para el otro y olvidarse de ella.

Desde pequeña la niña es vista y percibida desde la familia, desde la madre, como algo a ofrecer, cuando va creciendo (2 años a 5) se pueden escuchar comentarios como: “Va a ser bonita la jodida chavala” o “…mira va a tener buenas piernas, hasta culito tiene” y la visten para sexualizar su identidad, faldas con medias negras, camisas que dicen en letras escarchadas “SOY SEXY” en el cuerpo de una niña de 5 años, las hacen utilizar tacones, las maquillan, hasta el extremo de hacerlas participar en concursos de “belleza” que lo único que logran es reforzar y sostener las prácticas machistas pues es en busca de congraciarse con y para el sexo masculino que la mujer desde niña y durante toda su vida es puesta a prueba en base a parámetros que indiquen si tiene buen cuerpo, si es atractiva o si es sensual.

El colmo de la programación es que no se deja libertad de decisión y como consecuencia de esto las niñas se convierten en esclavas del sistema sexual y de género dominante, se convierten en meras muñequitas que sus madres infantiles visten y arreglan para alegrar a otros y enorgullecerse ellas, sin percatarse de que la identidad de sus hijas esta siendo violentada.

Toda niña que en vez de jugar libremente, de ensuciarse y de vivir su niñez es obligada o vestir con ropa de encaje, con tacones de 2 o tres dedos, con medias, con peinados que duelen y con maquillaje en su rostro mas su ordenada sonrisa; es una persona que esta siendo violentada en sus derechos básicos de libertad de expresión y de ser quien realmente quiera ser. Es distinto perforar las orejas de una niña el mismo día que nace solo para que la gente sepa que es MUJERCITA, a perforar sus orejas porque ella expresó querer usar aretes.

Es mediante el discurso heternormativo que se sustentas las estrategias de control y dominación, si se siguen violentando las vidas y las identidades de la mujer desde su infancia no habrá mujeres adultas capaces de incidir, proponer cambios y aportar a la transformación social que es tan necesaria para ellas mismas y que necesita del protagonismo activo de mujeres y de hombres en igualdad de condiciones.

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