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China está lista para iniciar su transición de la condición de país de ingresos medios a la de país desarrollado. Relativamente pocas economías (cinco, para ser precisos, todas ellas de Asia: las del Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur) lograron con éxito dicha transición, al tiempo que mantenían tasas elevadas de crecimiento. Ningún país del tamaño y la diversidad de China lo ha conseguido nunca.

El duodécimo plan quinquenal de China, aprobado el mes pasado, presenta la hoja de ruta que seguirá. Sin embargo, no es un plan en realidad, sino un conjunto coherente e interconectado de prioridades normativas para apoyar la evolución estructural de la economía –y con ello mantener el crecimiento rápido– a lo largo del período del plan y más adelante.

De modo que hay mucho en juego, interior y exteriormente. Ahora el crecimiento de las economías en ascenso del mundo depende de China, principal socio exportador de una lista cada vez mayor de economías importantes, incluidas las del Japón, Corea del Sur, la India y el Brasil.

El nuevo plan quinquenal de China entraña al menos cinco importantes transiciones interconectadas:
• El cambio del modelo de crecimiento de la economía o de la estructura de la oferta, a medida que aumenten los costos laborales, las porciones del mercado mundial lleguen a ser lo suficientemente grandes para limitar la expansión y se aminore el impulso de crecimiento de los países avanzados durante un período de tiempo desconocido;
• El reequilibro de la demanda: de inversiones y exportaciones a consumo interno;
• La acomodación de una población que se está urbanizando rápidamente y el logro de unos incentivos estructurados para propiciar un proceso de cambio social lo más ordenado posible;
• La creación de las instituciones necesarias para eliminar la exclusión y lograr la igualdad de oportunidades;
• La adopción de la responsabilidad internacional en pro de la estabilidad, del crecimiento y la sostenibilidad, incluida la lucha contra el cambio climático.

El problema para China es la ejecución, que significa reformas y un cambio sistemático. La experiencia internacional indica que, cuando los países se vuelven más ricos, el equilibrio entre planificación y mercados se inclina a favor de estos últimos. La evolución estructural que apuntala el crecimiento estará impulsada cada vez más por las oportunidades en los mercados y la iniciativa empresarial. Se tiene que crear un enorme número de empresas.

Para apoyar ese cambio, hacen falta muchas cosas. Se debe permitir que disminuya el número de empresas con gran densidad de mano de obra en el sector comerciable. Muchas empresas pueden sobrevivir, pero sólo trasladándose a sectores diferentes de la economía mundial o ascendiendo por la cadena del valor añadido a escala nacional: hacia arriba o hacia fuera. Un tipo de cambio nominal y real en aumento puede propulsar el cambio estructural; una política de divisa débil es una trampa.

Se debe desarrollar el sector financiero para crear más opciones de ahorro y proporcionar crédito y capital en acciones eficientemente a empresas nuevas y en aumento, cosa que China necesita para atraer a la población rural a las ciudades (precisamente cuando los sectores exportadores ascienden en la jerarquía de las aptitudes y del valor añadido). Muchos de esos empleos corresponderán al sector  urbano nacional de servicios no comerciables.

Pero la urbanización afronta otro obstáculo: el sistema hukou de permisos de residencia, que limita la movilidad e impide a los migrantes (unos 200 millones de personas) llegar a ser ciudadanos urbanos de pleno derecho. La renuencia de los funcionarios chinos a eliminar el hukou rápidamente refleja su observación de las consecuencias sociales de una urbanización rápida o desequilibrada en otros sitios, si bien los problemas causados por la migración interna en otros países suelen reflejar la falta de oportunidades en las zonas rurales, no la atracción de las oportunidades en las zonas urbanas.

Al ampliarse el alcance del sector privado, harán falta también estructuras jurídicas y políticas que apoyen la competencia, la entrada y la salida, la apertura de los mercados, la propiedad intelectual y las redes de seguridad social. El paso a unos vínculos con mayor valor añadido entre las cadenas de suministro nacionales y mundiales requerirá una educación más eficaz y una mayor inversión en los pilares intelectuales y tecnológicos de la economía. El equilibrio entre las importaciones de tecnología y la innovación nacional seguirán inclinándose hacia esta última.

El sector público chino tiene un enorme balance general, incluida la tierra, una vasta panoplia de infraestructuras, reservas enormes de divisas e importantes participaciones en acciones de empresas de propiedad nacional, que representan más de la mitad de los activos fijos netos y una tercera parte de los beneficios del sector empresarial. En todos los países, dichos activos deben estar en fideicomiso para los ciudadanos y desplegarse en pos del desarrollo económico y social. China tiene una ejecutoría ejemplar a ese respecto. A diferencia de la mayoría de los países, no ha tenido que esforzarse demasiado para lograr que las inversiones del sector público alcancen niveles que apoyen un gran crecimiento sostenido.

Pero ahora hay problemas. Las inversiones están justificadas y apoyan el desarrollo económico y social cuando tienen grandes beneficios privados y sociales. Algunos elementos de la cartera de inversiones en el sector público y en las empresas de propiedad estatal están empezando a suspender ese examen.

Para ser justos, hay que reconocer que, dados los costos residuales de las empresas de propiedad estatal (debidos a sus responsabilidades en materia de servicios y seguros sociales), junto con sus dificultades financieras en el decenio de 1990, tenía sentido permitirles durante un tiempo que conservaran sus ganancias acumuladas y no hacerles reclamaciones suplementarias por mediación del presupuesto estatal.

Ya no. Si no se someten los ingresos reinvertidos de las empresas de propiedad estatal a un criterio de grandes rendimientos, el crecimiento acabará aminorándose. Se deben dedicar los que no cumplan dicho criterio a inversiones con mayores rendimientos en el sector público o en el privado, a los ingresos de las familias, a los servicios públicos esenciales y a los seguros sociales.

Las empresas de propiedad estatal compiten con el sector privado en los mercados de productos y de mano de obra, pero menos en los mercados de capitales. Si bien ahora los salarios y los ingresos están aumentando y parecen haber roto la tenaza de la reserva de mano de obra excedente, el modelo de crecimiento necesita ese paso de la demanda estructural a una mayor disponibilidad de ingresos, un mayor consumo estatal y unas inversiones con mayores rendimientos. Aunque no lo sabemos a ciencia cierta, sospechamos que el consumo aumentará. Los ahorros adecuadamente reciclados, incluidos los beneficios empresariales, podrían regresar principalmente en forma de inversiones de los sectores público o privado con grandes rendimientos. Los dos contribuyen a la demanda interna agregada y los cambios estructurales de la oferta irán impulsados por la combinación “idónea” de la demanda agregada, junto con la eliminación del componente de rendimientos escasos de las inversiones.

Así, pues, el objetivo del plan quinquenal es el de recomponer (no aumentar) la demanda agregada para sostener el crecimiento y eludir la trampa de la disminución de los rendimientos, que es el riesgo principal del modelo actual de inversión de China. Para cambiarlo, hará falta un sistema financiero reestructurado y que asigne el ahorro eficientemente mediante la disciplina fiscal y la del mercado de capitales y la reforma de la gestión de las empresas. La elaboración de dicho sistema contribuirá en gran medida al logro de una inversión con gran rendimiento y un aumento del consumo que los dirigentes chinos desean... y que la economía de China necesita.

Michael Spence es profesor de Economía en la Escuela Stern de Administración de Empresas de la Universidad de Nueva York e investigador superior de la Institución Hoover de la Universidad de Stanford.

Copyright: Project Syndicate, 2011.
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