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La espera más larga que he sufrido en mi vida duró poco tiempo. No sé cuanto. Al recordarlo, intuyo que no fue mucho. Pero lo que mide la espera no es el tiempo sino lo que alguien se juega en ella. Yo esperaba que el hombre abriese la puerta de su cuarto. Se había encerrado solo, con una pistola en la mano. Mientras su mujer y sus hijos aguardaban, rezando en silencio en el salón, el hombre cargó el arma. Estaba bebido y lloraba como un niño. Entre sollozos amenazaba con suicidarse. Se sentó en la cama frente a un armario antiguo, con un espejo de esos que llamaban “lunas”. Según confesó después, inclinó la cabeza para no contemplar su reflejo y puso los ojos en la mano sosteniendo el arma. Pocos minutos después, quizá no tan pocos, quién sabe, abrió la puerta. Arrepentido de aquel impulso, el hombre pidió a su mujer que se deshiciera del arma.


Quizás el final hubiera sido otro si el hombre hubiese levantado la cabeza y se encontrase con él mismo frente a frente. El del espejo y él. Dos seres idénticos sosteniendo un arma. Sólo uno de los dos podía decidir cuando llevarse la punta del revolver a la sien. O quizá no era el hombre ya quien tenía dominio sobre su propia voluntad y no habría diferencia entre él y su reflejo.


A Hemingway, el escritor, le gustaba recordar un consejo de Chejov sobre la economía de los elementos narrativos que componen un relato. El consejo avisa de que si se describe una habitación en la que hay colgada una escopeta en la pared, es porque al final del relato esa escopeta va a dispararse. Yo creo que ese mismo supuesto ocurre en la vida real. La facilidad para el acceso a un arma y la permisividad con los portadores y sus usuarios en Centroamérica influyen considerablemente en el altísimo índice de homicidios, superiores incluso al de cualquier país en guerra. Hasta donde sé, durante la última década, no ha habido ningún plan eficaz de desarme de población civil que incluya incentivos para la entrega y destrucción de armas de bajo o medio calibre. Desde estudiantes universitarios (hemos visto a alguno amenazando con su arma de fuego a plena luz del día en los recintos de la UNAN) hasta diputados (que no solo las utilizan cuando van borrachos, sino también confiesan orgullosamente que las llevan en sus carros), todos exhiben un arma. En ciudad de Guatemala, he podido comprobar cómo se muestran desde las ventanillas de los vehículos en señal de amenaza, por si se te ocurre adelantar en un semáforo.


En Managua, esos fusiles que yacen con sus puntas cubiertas de cemento en el desolado Faro de la Paz no han dejado de disparar de un modo u otro entre los escombros de un país que aún no se ha levantado después de todas sus guerras. Y muchas de sus armas siguen circulando sin el más mínimo control. Hay que protegerse. Es la ley de la selva.


“A un hombre con un martillo todo le parece un clavo”. Es una cita de Mrk Twain que leo al principio de un libro que se titula Zeitoun y que cuenta la historia real de un ciudadano estadounidense de Nueva Orleáns que se convirtió en un héroe durante las inundaciones del Katrina, pero que después, por esos constantes abusos sin sentido de las autoridades norteamericanas, fue detenido bajo falsas sospechas de pertenecer a Al Qaeda. Un país tan armado como los Estados Unidos, actúa a veces como un hombre enloquecido y solo. Estados Unidos es el mayor vendedor y consumidor de su propio arsenal. La presión que ejerce su industria influye decisivamente a la hora de que un presidente se atreva a atacar un país u otro. Pero también preocupa que  naciones económicamente emergentes como Brasil, o las de revoluciones “re-encauchadas” como Venezuela se conviertan en grandes compradores, acumulando un arsenal desproporcionado ante las desigualdades sociales que aún quedan por cubrir. El mayor signo de fracaso de la convivencia en un lugar es cuando sus habitantes se ven en la necesidad de llevar armas para defenderse. La vida, así, pierde mucho de su sentido.


Las armas están para dispararse. Y he llegado a creer que la mayoría de las veces cobran vida. No pueden estarse quietecitas ni calladas. Provocan la tensión constante de querer ser usadas.  Hagan la prueba. Caminen un día con un revólver escondido. Verán cómo el peso del metal no se aparta ni un segundo de sus pensamientos. Una compañía siniestra, como si aguardase la hora de poder ser disparada cuanto antes. Y sí. Un hombre que camina con un arma es porque tiene mucho miedo o porque cree en la sensación de poder. Y al final del día, aunque sea contra un árbol, uno deseará dispararla. Hemingway, el escritor que recordaba tanto el consejo de Chejov sobre la escopeta, acabó con su vida utilizando su propia escopeta de caza, precisamente.


Ninguna muerte puede catalogarse de útil o inútil, pero en cualquier ciudad del continente, como en Managua, se producen una cantidad de heridos y muertos por bala que en la mayoría de los casos no tiene justificación. Un muchacho de San Judas, por ejemplo, salta por encima de la pared de una comunidad religiosa para robar fruta de unos árboles que allí había. El vigilante disparó sin más y lo mató. El muchacho iba desarmado. Sí. Unos dicen que el muchacho se lo buscó. ¿Pero era necesario semejante disparo? Unos atracadores roban un vehículo de un autolote. El vendedor trata de defender el vehículo y lo acribillan a balazos en la suburbana. El vehículo no podía tener el mismo precio que su vida, ni para los atracadores ni para él mismo. Y duele este sinsentido. Sí. Las armas a veces cobran vida, misteriosamente, como la que se usó para matar a Guadamuz, comprada por alguien en el arsenal del ejército, alguien a quien se la robaron después, y que apareció en manos de otro alguien para matar al periodista. O el arma que se colocó en el pecho de Alexis con la que se disparó contra sí mismo.


Pero discúlpenme. Antes no quise sugerirles que fueran con un arma de fuego por la calle para hacer la prueba de que ese artefacto cobra vida. Basta con que vayan por ahí durante unas horas con un martillo. Quién podrá resistirse a golpearlo contra algo. Al fin y al cabo para un hombre con un martillo, “todo le parece un clavo”. Es irracional, quizá atávico.


Aquel hombre que se encerró en el dormitorio con su arma pidió que se la quitaran de  en medio. Ya no era él quien deseaba dispararse, sino aquella cosa que había acariciado durante minutos cruciales sin atender al final a su llamada de fuego. Las armas enterradas en el olvidado Faro de la Paz de Managua ya no simbolizan nada. Muchas otras quedaron y siguen matando, a veces igual o más que en tiempos de guerra. Yo las odio sobre todas las cosas.

franciscosancho@hotmail.com