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Si hubo en Nicaragua un Club Social de Artesanos, ese fue el de León, donde esta capa media alcanzó un desarrollo muy apreciable, llegando a identificarse plenamente con los valores de la ciudad. Desaparecido en 1979, funcionaba como un singular centro de convivencia. Sólo para poner un ejemplo, en sus salones se servían espléndidamente los tragos de licor al “estilo leonés”, es decir, con variadas y numerosas “bocas” individuales.

 

Existente durante 62 años, pues se fundó en 1917, no todos los artesanos leoneses eran sus socios, sino quienes se acreditaban la calificación de distinguidos, como se decía. Según José Jirón Terán, tuvo al final un objetivo mutualista, expresado en la ayuda económica a las familias de los miembros fallecidos. Y también tributaba homenajes no sólo a figuras del liberalismo local —otorgándoles la orden “José Madriz”—, sino a personalidades surgidas de su estrato como Juan Felipe Toruño (1898-1980), realizado como periodista y autodidacta hombre de letras de El Salvador.

Pero el club representaba a la elite de un conglomerado que, desde las dos últimas décadas del siglo XIX hasta las tres primeras del XX, constituyó el principal ámbito receptor de las actividades culturales —tanto las sociales o públicas como las artísticas— de la entonces llamada “Atenas nicaragüense”. Las sociales, para el 15 de septiembre, adquirían un sentido cívico, como lo demuestra una fotografía de los primeros años veinte, en la que aparecen “los doctores Juan B. Sacasa y Luis H. Debayle junto a mengalitas” participantes en un acto cívico un 15 de septiembre en el “Club Social de Artesanos”.

Numéricamente superiores a los otros miembros de la sociedad, los artesanos llenaban el Teatro Municipal para asistir a los conciertos de José de la Cruz Mena (1874-1907), Macario Carrillo y Fernando Midence —egresado del Conservatorio de Milán— y de otros olvidados compositores leoneses, a las inauguraciones y clausuras  de los Juegos Florales, a las obras teatrales y zarzuelas de las compañías españolas y sudamericanas. Los artesanos eran quienes más asistían a los entierros de las autoridades y los pronombres, a las majestuosas procesiones y demás convocatorias religiosas o cívicas, vistiendo traje de gala: pantalón oscuro de casimir y camisa blanca manga larga, reloj con leontina y dije, faja de hebilla dorada y zapatos suela de goma, aparte del inevitable sombrero de pita.

Albañiles, barberos, carpinteros, ebanistas, herreros, joyeros, relojeros, músicos, pintores, talabarteros, talladores, tipógrafos, sastres y zapateros se suscribían a la revista El Ateneo Nicaragüense, tanto en su primera época iniciada el 1º de septiembre de 1881 como a su segunda, que se reinició en septiembre de 1898. Un año después, la sociedad y biblioteca “Unión de la Juventud” era frecuentada por jóvenes intelectuales y, especialmente, artesanos. Ellos adquirían los títulos ofrecidos en la dirección de El Ateneo, cuyos autores eran los franceses Chautebriand, Coppeé, Flammarion, Le Sage, Picon, Prevost, Merimée y Zolá o los españoles nombrados sólo con su apellido como los anteriores: [Antonio] Alcalá [Galeano], [Mateo] Alemán (el autor de la Vida de Guzmán de Alfarache), [José] Echegaray, [Carlos] Frontaura, [Diego] Hurtado de Mendoza, [Francisco] Martínez de la Rosa, [Juan] Valera y [José] Zorrilla.

Estos artesanos eran quienes más adquirían la sólida y persistente “Publicación quincenal de Literatura, Ciencias y Artes” que fue La Patria entre 1895 y 1922, dirigida por Félix Quiñones (1860-1923), uno de los relevantes doctrinarios liberales de la época con Mariano Barreto, José Madriz y Max Jerez Castellón. Los artesanos, tanto o no menos que sus coterráneos de mayores ingresos se disputaban por tener la mejor biblioteca de sus barrios —como El Laborío, San Felipe, San Sebastián y San Juan—, las cuales eran surtidas por la oficina de El Ateneo Nicaragüense y, más adelante, por la famosa librería, con título de una obra de Paul de Saint Victor, Las dos carátulas del chontaleño Alejandro Miranda (1861-1936).

Por su parte, Miranda —gran librero, editor y bibliógrafo— les vendía títulos heterodoxos a partir de las obras de los enciclopedistas franceses en su librería que editaba un boletín bibliográfico y lo distribuía gratis a sus clientes, sin duda el primero —cronológicamente hablando— de Nicaragua. Por suerte he localizado su número 30 (año III, León, 1ro. de marzo, 1919): cuatro páginas tamaño tabloide, en el cual aparece una lista de 173 “Obras recibidas últimamente”. La mayoría se ofrecían empastadas y las restantes en rústica, treintidós de éstas a 35 centavos de córdoba y cinco a 15. También Miranda enumera en su lista nueve publicaciones periódicas: París Elégant, Unión Panamericana, América Futura y Revista Universal figuraban entre ellas. Las dos carátulas tenían su dirección en la Avenida Central de Jerez, núm. 40, media cuadra al norte del frente de la catedral.

Las charlas del doctor Juan Carrillo
A este auténtico promotor de la cultura se debe, en fin, la existencia de lectores entre los gremios de artesanos; aquéllos que escuchaban con atención las charlas del doctor Juan Carrillo, quien les impartió en el Club Social de Artesanos una sobre la “Lectura en voz alta”, a finales de 1920, con motivo del tercer aniversario de la fundación de ese centro. En ese interesante ensayo, el doctor Carillo planteaba: La unidad positiva, las fruiciones que produce el arte, la satisfacción del amor propio no son los únicos frutos de la lectura en voz alta. Ella tiene su papel importante en nuestros más caros sentimientos. Y añadía: Leer es interpretar, traducir. Leer una oda como una fábula, un trozo lírico como uno dramático, es arrojar sobre la magnífica variedad de las obras del genio, el terrible velo gris de la uniformidad.

Cimiento en que se sustentaba el edificio de la cultura leonesa, los artesanos no sólo eran los más entusiastas de las glorias de la ciudad, sino también los más sensibles testigos de sus penas. Propicios al reconocimiento del valor bélico —ellos mismos lo encarnaban, periódicamente, en las contiendas inciviles—, se enorgullecían del general Anastasio J. Ortiz, militar victorioso en la guerra de Honduras de 1894; de los famosos generales —nacidos del taller— Paulino Godoy y Benito Chavarría, abanderados del liberalismo; del general Alberto Lobo, quien en 1912 resistió a los marinos norteamericanos al bajar del tren, enfrentándose cara a cara a ellos desde la Estación del Ferrocarril hasta Sutiava, en lenta retirada; y de Silvio Oconor, joven del Barrio de Zaragoza que peleó en la Legión Extranjera de Francia durante la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, el más sublime impulsor del orgullo local no podía ser otro que Rubén Darío, en cuyo sepelio desfilaron el 13 de febrero de 1916 los tres gremios de la ciudad.  A las 9 de la mañana le habían colocado una ofrenda floral al cadáver, antes de hacer guardia de honor en la Universidad, tras reunirse en el “Parque Castellón” a las 8 para contribuir a las manifestaciones de admiración al “Eximio Poeta y Rey de las Letras”. Ellos integraron un comité, cuyos miembros pocos años después se incorporaron a la Federación Obrera Nicaragüense (FON) —que impulsó Salomón de la Selva a principios de los años 20— y editarían El Socialista, semanario político-social de ideas avanzadas.

Ellos participaron también —pues ninguno se quedaba sin hacerlo cuando fallecía una autoridad civil o religiosa, o un ilustre intelectual o profesional— en las solemnes honras funerales del gran obispo Simeón Pereira Castellón (1863-1921). De manera que el 29 de enero del último año, fecha de la muerte del queridísimo prelado, la Junta Directiva del Club Social de Artesanos se reunió en sesión extraordinaria para deplorar el sensible acontecimiento y declarar “duelo absoluto para este centro”, cerrando sus puertas por ocho días. Además, el obrerismo metropolitano se organizó en comisiones para colectar fondos en once sectores de la ciudad: el radio central, el Sagrario, el Calvario, la Ermita de Dolores, el Laborío, San Sebastián, Guadalupe, Sutiava, Zaragoza, el Mercado y el Mercado Nuevo; y para solicitar al comercio local “su contingente en candelas para la procesión de la noche que corresponderá a los obreros”.

Conmemoración del “Día Mundial de los Trabajadores” en 1924
Ellos —por primera vez en Nicaragua— conmemoraron “El Día Mundial de los Trabajadores” el primero de mayo de 1923, pero sólo se tienen datos de la del año siguiente: con cartelones y leyendas simbólicas, banderas y músicas, organizados en cinco sociedades de agricultores (“El Avance”, “Unión y Libertad”, “El Tololar”, “Alba”, “Luz de Oriente”, “Chacaraseca” y “El Platanar”), en una Cooperativa Anónima Mercantil, en la Unión Sindicalista de Carpinteros, en la Unión de Zapateros, en la Liga Comercial de Albañiles y en una “Central de Obreros de León”.

El “Comité de festejos” prohibió terminantemente “los mueras y los vivas a personas o partidos políticos” y sus vítores fueron: ¡Gloria a los mártires del Trabajo! ¡Viva la fraternidad universal! ¡Viva la democracia del obrero! y  ¡Viva la revolución social! En fin, como genuinos leoneses, manifestaron la arraigada tradición retórica de la ciudad con ocho discursos oficiales, abriendo al final “tribuna libre”. Una de esas piezas fue pronunciada (no se olvide ese nombre) por Conchita Solís, en representación de la “Unión Obrera Femenina”, que exhibió una carroza alegórica de los Ideales del Trabajo, con los Símbolos de la Paz.
En conclusión, sin el sustrato artesano de procedencia colonial —capaz y dispuestos siempre a elevarse intelectualmente, a disfrutar las funciones artísticas y a participar en los fastos y acontecimientos— no puede comprenderse la historia cultural de León. Por tanto, constituye un elemento imprescindible de la existencia misma de la ciudad.