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Se olvidan los que escriben así de la ofrenda del olvido. También de que el olvido no perdona. Su daga es enternecedora de vacío, de beneficio ufano y transgresor. Pudiera ser el móvil para volverse estúpidos cuando la cuenta es clara y contundente de motivos. Así, escriben porque se arrojan a su perversidad inmediata y vocinglera. No se dan cuenta de que la perversidad no arropa, pero sí despelleja. Unos por jóvenes y otros, por viejos, flotan en la ruindad de su desprecio por la vida y por sus vidas. Que conste que por ellos y los otros, ya pasó el tiempo demoliéndolos. A éstos y los aquellos, se los llevó la esquina de los sacrificados.  Aunque hayan hecho su propia rueda son unos desconocidos. El cronista los ve saliendo de sus llagas, pero no consuela sus gritos. Es que son gritos sin destino, remata.


Ellos, y los que arrancan grama con sus dientes, han perdido su propio paraíso. Ahora, no comprenden a sus amigos, y se marchitan (aunque con juventud) entre sus cárceles, como aves de rapiña, solapados en las viejas alcantarillas. No quieren morir, pero, ¿alguna vez nacieron?


Preguntan y no preguntan a sus conciencias. Se declaran inocentes entre la sangre muerta de sus memorias. Ah, pero ellos, y los que aún no resuelven sus perdones, buscan quedar bien parados frente a sus hijos, pero sus  palabras los condenan.
Son jefes de la mala memoria, intrépidos curanderos del amor impropio, pandilla de inicuos que nunca fueron ciudadanos, ni de aquí, ni de ningún lugar. Ellos, los que no quiebran un plato y orinan las vajillas de la cosa pública.


Son resentidos de múltiples laberintos. Se enredan hasta con sus propias lenguas y quieren sacarle la lengua a los que no piensan como ellos. Son sus propios fantasmas, los del cuello duro y sin remordimientos.


Son capaces de demoler al viento y sus propias historias por unas monedas de oro, de plata, todo por el prestigio, afanados de impiedad, de impunidad. Dicen, que se mueven por la ciudad como escuchas de la mentira y el odio. Han doblado sus rodillas, a los que hablan otras lenguas, y se declaran complacidos. También son escuchas del dinero extranjero para entronizar el temor y la manipulación.
Como no se arrepienten de los dolores que causan, se muestran de buen humor, ante los predicadores de la felicidad y la desunión. Son duendes, de un filo caprichoso. Son los nuevos hijos de la maldita vecindad.


Estos, aquellos y los advenedizos, siempre de poca monta y montados en el carril de la infamia se le ve hablando y hablando como cuervos venenosos, de que sin ellos,  la suerte está echada; gamonales de la tienda prestada a los bajos mundos de la inquisición de sus sueños. Son ellos, los atrapados en sus burbujas de supuesta unidad. Como ya no pueden robarse los anhelos, y las tierras fértiles,   ambicionan  viejos tiempos.


Con ellos, hasta los pájaros salen en desbandada. Sí. Son hijos de la traición, para las nuevas generaciones. Un cuento de nunca acabar, que sólo en sus mezquinos propósitos, puede afincarse.


El cronista no se deja llevar por sus olas y ¨sacrificios¨. Ha visto despertar el sol entre sus manos y la noche es otra. Pálidos pañuelos muerden sus obscuros equipajes. Sus equipajes, donde el suelo patrio es el eje cotidiano de sus mercancías.


Vienen de remolque en remolque (porque Dios es muy grande) intentando tragarse la identidad rebelde y no pudieron, y ahora están como venaditos entre su huerta, queriendo atrapar conejos y les  cayó encima el día.


Se les ha visto en altas horas de la noche, planeando ¨terremotos polìticos¨, y a punto de secuestrar el hambre para emprender sus lujosas  apariciones. Se quejan de la mala suerte, pero no empeñan sus capitales, ni para suplir sus parches, porque lo que les gustan es empuñar preocupaciones, alterar los precios de la canasta básica, arrastrar la violencia al vecindario y sentenciar a muerte,  a los que ahora tienen a su alcance el acontecer de sus propias palabras.


Están “ocupados” y ocupando espacios donde el reclamo diario es desafío a la conciencia. Donde los hogares piden el pan que niegan sus obreros. Donde la historia ya no acomoda impostores, ni el hombre es sujeto de esclavitud.


Se les olvidó que la estufa está caliente y que en los arados, la canción acompaña al nuevo siglo. La mujer es fiel sacuanjoche del alba.  Los ríos están por levantarse. Y el viento, que andaba dando vueltas, pasó por mi rostro y es un silencio, que me acompaña en los ojos.


Nicaragua es una planta de paciencia, que no se rinde con insultos, ni con movidas extravagantes del ayer fracasado. País, que sabe lo que le pertenece. Tierra que no se agita en contra de sus hijos amados. Lluvia que nos alcanza cuando más nos necesitamos.


El día vendrá a la paz, a la tierra, a sus hombres, porque el amor nos rodea a todos. Sus raíces,  son semilla de gargantas de pudor y trabajo. El milagro de vernos y juntarnos, donde quiera que estemos, cargando en nuestras  espaldas, el cúmulo de la esperanza.