Jorge Eduardo Arellano
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Primera parte

Ph. D.

La educación tiene dos tipos de enemigos. Las opciones político-ideológicas, no interesadas en un profesionalismo científico, valoran el desempeño educativo de las administraciones desde los intereses que marcan sus partidos, no la educación. Uno de ellos, simpatizante del partido de gobierno, sobrevalora y miente, difundiendo triunfos y logros, y proporcionando una falsa idea de la realidad educativa. El otro, desde fuera, ubicado en el frente partidario contrario, únicamente se interesa en desconocer cualquier logro, haciendo creer que todo está mal, justificando, así, la urgencia de un cambio político. En conclusión, la educación ha sido presa de caprichos, intereses políticos expertos en esconder sus miserias o bien en rechazar sus avances, provocando zozobra, cambios interesados o de imagen; esto se ha traducido, a los años, en profundos rezagos y brechas insalvables. Esta actuación facilista ha contribuido a empobrecer la educación, impidiéndole ser factor clave en la lucha efectiva contra la pobreza.

La nueva administración educativa ha de estar muy atenta a no proseguir esta nefasta tradición. Por el contrario, ha de ser la educación un espacio de concertación en el que debe prevalecer, por encima de todo, una actitud científica investigativa que posibilite atacar los problemas de frente, sin ambigüedades, sin dobles discursos, con sinceridad y transparencia, pero también con compromiso y compasión por el país. Lo contrario sería fraude para la educación y el país. Si las ciencias han generado tanto conocimiento y desarrollo es, precisamente, porque la comunidad científica siempre atacó la mentira, el fraude y la sobrevaloración. ¿Por qué nuestra educación, que tanta hambre tiene del saber educativo, no puede crear este espacio científico de crecimiento por la vía de la investigación, la crítica, las propuestas y la búsqueda de objetividad? Una mirada retrospectiva al año concluido, más allá de posicionamientos político partidarios, permite ubicar, ante todo, el nacimiento de un sueño: la urgencia de transformar la educación para convertirla, efectivamente, en factor clave de lucha contra la pobreza y para contribuir al desarrollo. Al avanzar en este sueño, tanto el Mined como las organizaciones de la sociedad civil que lo comparten encuentran que el principal enemigo de la educación es la pobreza, con las distintas caras y disfraces que ella posee.

Sin embargo, la paradoja está clara: mientras se pretende convertir a la educación en el principal enemigo de la pobreza, ésta se comporta como el peor enemigo de la educación. La pobreza, a diferencia de su cariz económico, se presenta con diversas caras mucho menos evidentes, pero muy resistentes al cambio. Un primer postulado para lograr una educación capaz de luchar contra la pobreza es que se han de superar las caras que presenta la pobreza al interior del propio sistema educativo. No es posible con una educación pobre luchar contra la pobreza del país. Por ello es justo afirmar que el principal enemigo se encuentra en el interior de la educación misma. Algunas de sus caras más complejas son la pobreza de visión, la cultural y de formación, la organizacional, la emocional, la pobreza en la gestión, la autosuficiencia y el centralismo.

La pobreza de visión, muy extendida por cierto, lleva a mecanizar acciones sin sentido ni comprensión porque han sido dictadas por el centro a la periferia; conduce a una actuación desprovista de direccionalidad y sostenibilidad. Es fácil, por ejemplo, que algunos funcionarios, delegados y directores, nombrados sin la competencia debida, conviertan su cargo en una empresa de despropósitos, principal obstaculizador de una auténtica lucha contra la pobreza desde la educación. La pobreza cultural ha vuelto costumbre prácticas que socavan la educación y cualquier cambio que ésta pretenda. Sus esquemas conceptuales, armados de creencias profundamente resistentes al cambio, operan como auténticos adalides ocultos, pero activos, para burocratizar decisiones y cambios. Así, es fácil caer en la tentación de inducir o manipular procesos que fagocitan los cambios. Esta pobreza avanza más velozmente por la falta de formación, y se alimenta cuando, desde el centro, se imponen políticas y directrices no debatidas ni asumidas; o desde una participación social simulada que funciona para confirmar y avalar, no para incidir en decisiones. Los esquemas mentales, profundamente resistentes al cambio, se agazapan en lo profundo, disimulando convicciones, y disfrazándose de “cambios virtuales”. La pobreza de formación y de salario de los maestros se convierte, así, en el principal enemigo de una educación para superar la pobreza.

La pobreza organizacional resiste a la planificación, prefiere “vivir al día”, sin anticipar el futuro, gusta de procesos artesanales que llevan a vericuetos sin salida, ama atomizar y desarticular, promueve protagonismos personales, no institucionales, defiende el cargo y no la educación; frente a su mediocridad atenta, cada día, descalificando a quienes avanzan; ve la educación desde lo técnico desprovista de lo ético. La pobreza en la gestión, su hermana gemela, absorbe y no descentraliza el poder, habla de participación y descentralización, pero ante su pánico a “perder poder” se limita a trasladar el verticalismo(desconcentración) del centro a la periferia. La pobreza de la autosuficiencia y el centralismo, aunque suene paradójico, alimentan el servilismo y la falta de iniciativa y creatividad en todo funcionario y dirigente que se acostumbra sólo a obedecer, sin criterio ni capacidad para disentir o proponer; tal “estado de sitio a la inteligencia” en la educación es de vieja data. La pobreza emocional ve la educación desde conocimientos cognitivos, no emocionales. Se trata de cerebros repletos pero mal formados. Saben mucho pero no lo fundamental en el terreno pedagógico: comunicarse, escuchar, dialogar, compartir, tener empatía, respetar los derechos de los demás. No saben gestionar sus emociones, por lo que convierten la educación, a su cargo, en un terreno de conflicto y no de concertación y crecimiento. La pobreza hay que combatirla, en todas sus expresiones, pero primero hay que empezar por casa, para hacer efectiva una educación que gane la guerra a la pobreza del país.


*IDEUCA