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En mi viaje a España del 24 al 29 del pasado mes, para asistir como jurado a los actos del premio “Miguel de Cervantes” 2010, tuve la suerte de alternar con la Reina Sofía. Unos diez minutos duró la charla que sostuvimos Jorge Urrutia y yo con Su Majestad durante la sobremesa en el almuerzo celebrado en el Palacio Real el 26 de abril. El tema fue el futbol y su repercusión global. Ella, con su natural espontaneidad, nos dejó impresionados al trasmitirnos su pasión futbolera y referirnos detalles de la última Copa del Rey, obtenidos por el Real Madrid.

Otra máxima autoridad española, pero en lingüística, me otorgó el privilegio de confiarme su pasión futbolera: don Gregorio Salvador, colega de muchas lides académicas y admirado y admirable maestro. Salvador es uno de los pocos expertos de la lengua que se ha consagrado a la literatura deportiva (incluyendo el glorioso atletismo de su país). Así lo demuestra en su obra El futbol y la vida (2006).

No se trata de una libro orgánico, sino organizado. Tres decenas de artículos —solicitados por las agencias EFE y varios periódicos— lo integran, enriqueciendo la bibliografía futbolística que tiene en Una religión en busca de Dios, de su coterráneo Manuel Vázquez Montalbán, un antecesor cumbre. El filólogo y el futbolero se funden en las páginas amenas y sabias de don Gregorio. Para él, el futbol actual dejó de ser amateur y es, cada vez más, competencia obligada y fiera disputa, exigente de disciplina e intenso trabajo, de sacrificada entrega y estoicismo a todo dar.

Para nuestro Pablo Antonio Cuadra el futbol es una guerra, regida por una espada de Damocles: el tiempo. Para Salvador, una metáfora de la vida. ¿Cuál es la clave del éxito universal? ¿Qué oculta este juego para tener sentados, ante el televisor, a millones de seres humanos de toda edad y de ambos sexos, diversas culturas y creencias? La respuesta de Salvador es la siguiente: De todos los espectáculos posibles, deportivos o artísticos, el fútbol es el que más se paree a la vida, el que más adecuadamente lo simboliza, casi un fiel trasunto de ella (…) Es azaroso como ella, nunca se puede predecir. Cabe que ocurra cualquier cosa en cada momento. En un partido jamás se sabe lo que va a suceder; caen las más altas, cuando menos se piensa, y los más humildes pueden alcanzar un momento de gloria. Cualquier partido, como la vida, está siempre lleno de oportunidades malogradas y, a veces, hay alguien que se agarra por los pelos su única ocasión. Son frecuentes los resbalones y cuando uno se encamina velozmente hacia el éxito no puede faltar quien ponga la zancadilla. Lo que a unos alegra a otros entristece y siempre habrá alguien que disfrute con los tropiezos y torpezas del prójimo.

Y agrega: Cada cual ve el espectáculo de su particular perspectiva y no hay manera de ponerse de acuerdo acerca de lo que está bien y de lo que está mal. El destino no nos puede parecer justo, ni tampoco los árbitros, y siempre es bueno tener a alguien que cargue con las culpas. Los que juzgan y los que gobiernan, que para eso están. El gobierno del equipo, su plan de actuación parece ser que compete al entrenador. Y los entrenadores son seres, por lo general, inocuos e inermes, que vociferan desde una banda como si supiesen algo de ese azaroso vértigo embarullado que se desarrolla, ingobernable, ante sus narices. Juegan a cara o cruz, como todos lo hacemos con nuestros deseos y esperanzas, con la única diferencia de que a ellos, entrenadores y gobernantes, aunque pierdan, la cruz les suele resultar bastante llevadera. En el futbol como en la vida, sólo hay una regla para valorar: bien está lo que bien acaba.

Esta larga pero necesaria cita es, al mismo tiempo, sencilla y profunda. Por eso la compartimos y divulgamos. Pero una de las observaciones de don Gregorio es cuestionable. Me refiero a que el futbol se ha impuesto en el planeta como esencia de la deportividad, concepto que él ha usado desde hace varias décadas. “Ha venido a sustituir en nuestra época a lo que antes se llamaba caballerosidad”. Lo mismo piensa la reina Sofía, como se comprobó en la actitud del Barcelona al perder la Copa del Rey. Pero esta actitud no ocurre siempre. Me limitaré a la prueba más reciente: la escenificada por el técnico del equipo blanco el miércoles 27 de abril en el Santiago Bernabéu. El inefable portugués demostró que no sabe perder al protagonizar, al día siguiente, una esperpéntica rueda de prensa, José Mourinho no incidió en las deficiencias de su equipo. Tampoco desconoció la espectacularidad del argentino Leonel Messi, el mejor futbolista del mundo y casi un rayo humano.

Futbol y beisbol: vocablos agudos y sin tilde

No es la primera vez que escribo sobre futbol. La más reciente, hace un año, fue en esta página de opinión: “Arríen, nuestro futbol y mi hermano Roberto”, titulé un artículo publicado en END el 10 de abril de 2010, optando por la grafía hispanoamericana del vocablo, es decir, sin tilde en la primera sílaba. Esta forma es considerada válida por la Academia, pero da preferencia a fútbol, que es “la normal en España” —aclara Manuel Seco en la novena edición de su Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (1986).

Por su lado, en la ponencia leída durante el X Congreso de la Asociación de Academias (Madrid, 1994), el escritor peruano Estuardo Núñez señalaba que la castellanización de la voz inglesa foot-ball admite dos grafías: futbol (aguda) y fútbol (llana o grave); y que sus coterráneos seguían la forma aguda (sin tilde), de acuerdo con la norma de otros casos como chilling, pudding y wagon, a través de la cual los vocablos ingleses llanos se vuelven agudos al españolizarse: chelín, budín y vagón.

El Diccionario panhispánico de dudas (2005) reconoce la misma adaptación al español de football con dos acentuaciones, ambas válidas. Y especifica: “La forma fútbol, que conserva la acentuación llana etimológica, es de uso mayoritario en España y en la mayor parte de América. En México y el área centroamericana se usa la aguda futbol (pronunciándose futbol)”. Más aún: el Diccionario de americanismos (2010) —elaborado por la Asociación de Academias— registra futbol (en su forma aguda y sin tilde) utilizada en Estados Unidos (por hispanohablantes), México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Colombia y Venezuela. Ya basta, pues, de escribir fútbol, que no corresponde a nuestra generalizada pronunciación nicaragüense, donde los extranjerismos originalmente graves, como cóctel (así se pronuncia en España), se transforman en agudos: coctel.

El ejemplo más elocuente es beisbol (pronunciamos beisból, no béisbol); de ahí que la Academia admite válidas ambas grafías, otorgando preferencia a la hispanoamericana, o será, a lo nuestra, como se consigna en el citado Diccionario de Americanismo. Numerosas veces figura la grafía beisbol al definirse vocablos como fildear, hitear, jonrón, pichada y roletazo. Al respecto, en su aprobada ponencia que llevó al XI Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española (San Juan, Puerto Rico, noviembre, 2002), Francisco Arellano Oviedo propuso que muchas palabras usadas en el beisbol deberían incorporarse al DRAE como americanismos. “El pueblo con su fonética e imaginación creativa —argumentaba— ha dado nuevas palabras a la lengua española; palabras que son comunes en los países donde el beisbol es deporte principal y el Español la lengua oficial.”
En artículos de la revista Lengua y en mi libro sobre la historia del beisbol en Nicaragua, Róger Matus Lazo y el suscrito hemos usado la grafía que nos corresponde: beisbol, pero tanto en END como en LP, lamentablemente, se ha venido escribiendo béisbol. Ya es hora, en conclusión, de suprimir el acento de la primera sílaba de esta palabra.

Socar, no zocar
Hace poco, en el rotativo vecino (LP), un cronista deportivo tituló una nota: “Corea zoca, Sotelo ruge” (3 de abril, 2011). Pero socar (intensificar el esfuerzo) es la grafía correcta de este americanismo, vigente en México y América Central).

Asechanza, no acechanza
En el mismo rotativo —nada menos que en su sección editorial— se ha perpetrado desde 2008 (la penúltima vez y la última datan, respectivamente, del 15 de febrero y del 31 de marzo de 2011) otra grafía errada: acechanza en lugar de asechanza: engaño o artificio para hacer daño a alguien, según el Diccionario esencial de la lengua española (2006), no acechanza o acecho: espionaje, persecución cautelosa. Tal vez será para algunos, peccata minuta; pero la mayoría creemos que se trata de una incorrección y, por tanto, no debe seguir repitiéndose.