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Conozco un profesional que se jacta de tener todo el control sobre sus emociones. Es, según sus propias declaraciones, un perverso convencido de que es mejor solo, que mal acompañado. ¿Y el amor? Eso no importa. No le tiene paciencia, (ni quiere someterse) y  para él, en su decálogo de pretextos es una de las causas del infortunio de la humanidad. Para mí, es una ruina confiesa. Un mal aliño que la abuela quiso inculcarle pero fracasó, remata cínicamente. El cronista señala que el tipo (de la sonrisa de piedra como lo llaman sus enemigos) no respeta secretos ni rumores. En su vida cotidiana, se lacera el pensamiento creyéndose un aventajado del mundo moderno. Algo así como un bienvenido que todo lo sabe para evitar a los demás, o sea un chorromil insoportable.

El egoísta se lame las manos en todo momento y señala la razón como su cómplice. Es el típico torturador que anda sin control en medio del tiempo, y se acomoda los lentes de la banalidad, la fanfarronería,  y de igual manera, agita los ripios sueltos de su tartamudez en asuntos de familia y amigos. Si logra tener amigos, los pesa con la balanza manipuladora del travestismo más recalcitrante. El egoísta utiliza para sus fines, el trampolín de muchas máscaras para no descubrir su corazón. También asegura que su éxito sea envuelto en sus sombras.

Algunas personas coinciden al precisar, que los caminos del mal son los caminos del egoísmo. Los pretextos abundan pero las pruebas son más contundentes, argumentan. Otros, menos complacientes, señalan que el egoísmo es una palanca de muerte. Una aventura que rodea cualquier espacio de sangre, que muere en cualquier parte.

El egoísta pervertido quiere embarrar a los demás,  porque no hay consuelo que le quede (como reserva moral) en el pecho. Ni vida que se  parezca a la ternura. Son irredentos en crear climas adversos.  Se afincan en el bajo mundo de  las negaciones, y todo lo revuelven (así negocian) poniendo patas arriba el teatrillo de sus impulsos. Ese territorio lo conoce al dedillo. El egoísta, es el hombre que busca obcecadamente divertirse. Ellos, creen como dice Santayana: “Vivimos dramáticamente en un mundo que no es dramático”.

El personaje del relato es pesimista. El cronista arrecia sus críticas, pero él, como un carnaval de luces también egoístas, se parece mucho a una biblioteca abandonada. En sus afanes se enorgullece en la nada. El egoísta carga sus bultos de desprestigio y no se le ocurre nada.

El profesional, que es también un “profesional” del egoísmo. Son  sus palabras, que desprecian las experiencias de la vida. Para él, es perder tiempo, el contacto con su vecindario. Sólo le basta imponer la superioridad del pensamiento ante el conocimiento del mundo exterior. El resto de sus semejantes (si es que existen) apenas son voces y frases del infortunio en busca de la conciencia.

El cronista aparta de su mente lo anterior. Pero descuida el oído y se le inflaman los dos, por el contacto del ácido contaminante. El cronista no puede creer, que tenga tan mala suerte. Revisa su mundo y la aflicción no aguanta más,  la temperatura actual que supera los 36 grados centígrados. Entonces, oprime un botón mental y salta un alacrán enviado por el egoísta.

El egoísta no resiste a la tentación. Tampoco cree en la lucidez. No es un visionario. Justifica sus valores cuando provoca una actitud indiferente y falsamente comprometida.

El cronista agazapado en la sombrilla de la duda, llama al egoísta a que participe en la sociedad, pero no por encima de la realidad. El egoísta (tal vez responda) mientras tanto, tiembla de cuerpo entero en la desnudez de la niebla y no es ágil al morder el acero. Tiene atrofiada su mirada, remató mi abuela desde su benéfico tiempo. El cronista interviene para decir que el egoísta no tiene sombra, porque es un marginado ángel,  que le da miedo enseñar sus cuchillos de azarosa miel.

Han pasado los años y el egoísta se niega a repasar su anónimo discurso enclavado en la inercia de sus afirmaciones. No se atreve a revelarse contra sí mismo, porque no puede desprenderse de su personaje nefasto. Además, sabe que vive colgado del vacío que produce  su consecuencia. El egoísta tiene prisa, pero no quiere cargar sobre sus hombros, la culpa que ha construido ruidosamente. Esa, es parte de su posible debacle.

El personaje, que lo profundiza el egoísmo, vive solo, en una casa propia, amueblada, de tres cuartos, con todos los aparatos tecnológicos que una familia integrada podría necesitar. Sus amigos cuentan que ni sus más allegados, ni los de su círculo familiar, merecen de su hospitalidad. Pero, eso sí, acredítele juego salvado a su favor, en el difícil mundo de las apariencias.

El egoísta como el vanidoso se contesta a sí mismo. Ambos utilizan la contradicción para ampararse en la indefinición de sus propios torbellinos. Aún así, no tienen la fuerza consecuente de la desbordante imaginación.  Si no juegan en su rueda (la que inventan  sólo  para darle rienda suelta a su complacencia) están ante la realidad castrados. Al final de sus vidas, su destino será inalcanzable.