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Una corneja había encontrado un sabroso trozo de carne y emprendió el vuelo. Al  instante, una bandada de colegas la seguían para disputarle su presa. Por más que la  corneja apretaba su vuelo, la bandada de congéneres arreciaba en el suyo formando un  estrépito descomunal.

La corneja, sabia por desprendida, soltó su trozo de carne y vio cómo todas las demás se  lanzaban en su captura peleándose entre ellas hasta que todas cayeron a un precipicio  sin fin, en donde encontraron la muerte.

La corneja sabia, continuó su vuelo, libre y feliz, saboreando la libertad que le había  proporcionando su desapego.

Mucha gente se hace un lío con la pretendida doctrina budista de renunciar a los deseos.  Nunca el Buda dijo semejante tontería, pues sabía que sin deseos no hay posibilidad de  vida. Otra cosa es aferrarse a ellos y convertirse en su instrumento.

No dijo otra cosa Jesús de Nazareth que saboreó la amistad, la comida y la bebida, el  descanso y la vida entre las gentes. Hemos hecho de esos Maestros personajes  acartonados por descarnados. Para poder ser mejor dominados y controlados por los  guardianes de todos los templos, en los que obviamente no mora encerrada la divinidad  que predican.

La sabiduría está en no agarrar ni en dejarse agarrar, en el desprendimiento. Que no es  el desapego que pregonaron ciertos ascetas, la total indiferencia. Cuando comemos,  comemos; cuando bebemos, bebemos; cuando reímos, reímos. Y así sucesivamente.

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