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Apenas nos vemos a lo largo del año, así que trato de aprovechar la visita de mi primo Pepe, un joven físico nuclear que habla a la velocidad de su cerebro, y que se ha pasado media vida buscando residuos radioactivos en diferentes lugares del mundo para estudiar las huellas de la evolución de la tierra. No me pregunten cómo. A mí me encanta oírle hablar de protones y electrones con una pasión que contagia como la de quienes se entregan en cuerpo y alma a su vocación. Y eso que no entiendo una palabra de lo que dice.

Se cuenta en Diriamba que cuando una monja española de la Asunción daba clases a unos niños de Primaria, estos se quedaban embelesados con la suavidad de su acento típicamente castellano (con eses y ces pronunciadas como zetas con la punta de la lengua entre los dientes), y que uno de los niños, por halagarla, se levantó y le dijo: “Ay, madre, qué bonito habla inglés usted”.

Pues como ese niño me siento yo al escuchar a mi primo, explicando en un español que me suena a chino, cómo se conforma el universo más minúsculo que nos rodea.

Le pregunté sobre esa máquina en la que trabajan cientos de científicos nucleares europeos, cerca de Ginebra, en Suiza. Es un acelerador de partículas (LHC, por sus siglas en inglés), una especie de túnel enorme, me dijo, donde se ponen a chocar partículas entre sí (como los protones, por ejemplo), a una velocidad parecida a la de la luz, con el fin de estudiar la energía que se libera a nivel subatómico. Se pretende saber qué pudo ocurrir tras el big bang, o en el origen del universo cuando se liberó materia y antimateria, cuando todo lo que ahora es masa, espacio y tiempo, era una condensación de energía sin espacio ni tiempo. (Si hay algún científico en la sala, que me perdone por favor si no me explico. Es difícil traducir el chino). Sabemos, continuó Pepe, que las moléculas están hechas de átomos, los átomos, a su vez, de partículas más pequeñas como los protones y neutrones, y estos de otras más elementales, como los quarks y gluones. Los gluones, de hecho, no tienen masa, son prácticamente un vacío, entes casi invisibles; pero sí tiene color, se comportan como energía y como ondas, como luz. Ya lo decían unos versos: “Hace años me dijiste: en el fondo, soy una cuestión de luz”.

Pero, ¿y después?, ¿puede haber algo aún más pequeño, más elemental todavía? Eso es lo que se intenta descubrir con el acelerador de partículas LHC. Con un poco de suerte, al chocar entre sí, todas esas partículas minúsculas liberarán unas más minúsculas aún, hasta llegar al principio de la vida. Buscan el bosón de Higgs (bautizado así en honor de un físico escocés). Se le conoce también como la partícula de Dios, la más elemental que debiera existir. Nadie la ha visto todavía. Pero la mayoría de los físicos creen que existe. La ciencia se acerca de nuevo a aceptar el misterio como principio.

La física, cada vez, se parece más a la Literatura y por eso entiendo la pasión de quienes se pasan la vida tratando de explicarse el truco de esta magia en el laboratorio y en la naturaleza. Como por casualidad, me encontré con una rápida entrevista a una joven física, colega de mi primo, que con poco más de treinta años ya está seducida por esta pasión. Decía que el núcleo del átomo está casi vacío, sin masa y que las partículas se mueven sin espacio ni tiempo, es decir que pueden estar en un sitio y otro a la vez, “como estar vivo y muerto al mismo tiempo”, explicaba. Entonces, aquello que está en lo más profundo de nosotros, aquello que nos hace lo que somos, resulta que tiene poderes que sólo se nos ocurren en la imaginación. La imaginación, que muchas veces escapa de la lógica racional, forma una parte esencial de nuestro ser, como cualquier órgano vital. La colega de mi primo concluía que la Física debe utilizar ahora la imaginación como un método de acercamiento al misterio. Por tanto, ¿será que la ciencia y Dios se están cruzando esta noche en el camino?

Cuando le preguntaron a la joven investigadora si la Física Cuántica podría llegar a explicar la existencia de Dios, ella respondió de manera inteligente, casi con otra pregunta: “Defíname a Dios, y entonces hablamos”, contestó.

Uno cree que todo lo que hemos inventado (nosotros, nuestros padres, nuestros  primeros padres) sobre Dios (como nombre a lo desconocido), toda la palabrería a la que hemos dado título de sagrado en cada una de las religiones que también hemos construido siglo a siglo, tendría que apartarse por un momento para detenernos a pensar en ese vacío del que estamos hechos.

Observar como los físicos y sentir que no podemos hacer reglas (religiones) de algo que desconocemos. Y sin embargo, concebir la idea de que si existe la partícula de Dios, se trata de un misterioso vacío, una tensión de energía muy diferente a todo lo aprendido, a lo ritual, o a lo impuesto, algo que no tiene nombre y está al principio de todo, y que está y que no está.

Puede que nos suene a chino que la Física cuántica se encuentre cerca de aceptar un  universo diferente al que creía la ciencia tradicional. A mí me gusta la idea de asumirnos como un misterio, quizá más explicable con la imaginación o la intuición que con una lógica exclusivamente racional, científica o teológica. Creo que se necesita valor para aceptar que no hay apenas certidumbres. Cuestionar todo lo aprendido para volver a mirarnos sin prejuicios y aventurarnos a ese misterio sin nombre, una especie de sueño que es la materia de la que estamos hechos, según Shakespeare. Creo que eso nos otorgaría una sensación de libertad íntima, a la que sólo se parece el amor. Esto revolucionaría nuestro sistema educativo, de valores, de convivencia, de creencias, etc. Es como limpiar la mirada y la conciencia y volver a observar el universo como si fuera el primer día.

A mí, todo esto, me parece igual que un médico explicándome la forma en que curará  una enfermedad complicada. No entiendo una sola palabra, pero en todo lo que dice hay algo con un sonido inconfundible que se parece a la esperanza, una energía que quizá esté en el núcleo mismo de la partícula de Dios.

sanchomas@gmail.com