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Dicen que los hombres no podemos vivir sin las mujeres. Esto es una verdad a medias. Mi naturaleza machista me impide aceptarlo. Sin embargo, la historia, pese a que la hemos escrito los hombres, por eso está impregnada de machismo, tiene alma de mujer. No podemos evitarlo. Cada hazaña histórica, cada avance de la humanidad, cada proeza humana tiene aroma de mujer.

Ha habido, para bien o para mal, mujeres detrás de Jesucristo, de Adolfo Hitler, de Vladimir Ilich Lenin, de George Washington, de Napoleón, de Winston Churchill. Qué machista soy. ¿Pero por qué no decir que detrás de grandes mujeres también estuvieron agazapados algunos hombres? Hubo sombras masculinas detrás de Cleopatra, Evita Perón, Juana de Arco, Josefina, George Sand. En otras palabras, la historia de la sociedad no es solamente la historia de la lucha de clases, sino que también es la historia de dos sexos que han pugnado por la primacía en la familia, la sociedad y el poder.

En esta lucha, las mujeres tienen una ventaja biológica a su favor: ¿Quiénes nos parieron, a fin de cuentas? Mujeres. Gracias a ellas nacimos. Si por un momento asumiéramos como cierta la versión bíblica de la creación del mundo, que por cierto es machista, de nuestras costillas nacieron las mujeres para acompañarnos en esta vida, y de paso, corregirnos. Dios nos la entregó como una acompañante, para nuestra hegemonía y reproducción. Quizás gracias a esta interpretación religiosa y primitiva, muchas mujeres hayan sido discriminadas históricamente. Y de ahí que el machismo se haya reproducido por los siglos de los siglos.

¿No somos nosotros, los hombres, quienes hemos usurpado todos los créditos para salir en las fotos de las grandes hazañas y revoluciones y dejado a las mujeres al margen de la historia? Según la historia oficial, los hombres somos presidentes, guerreros, científicos, y las mujeres son nuestras acompañantes. Que manera más práctica de discriminar.

Sin embargo, ellas, sin tanta parafernalia, nos gobiernan. Así de sencillo. Con ese sexto sentido sobrenatural que nos deja perplejos, ayudan a hacer realidad nuestros sueños y proyectos. Entran a nuestra vida, la reinventan y la hacen con las medidas correctas. Y digo esto porque, efectivamente, aunque ninguno de nosotros lo admitamos, ya sea por machismo o prepotencia, el papel de la mujer en la historia y en nuestras vidas es determinante.

Sin embargo, las vivimos maltratando diariamente con nuestras palabras y hechos. No les damos sus méritos. Las callamos y las subestimamos. Las desplazamos del poder visible del Estado y la política. Algunas luchan por sus derechos, pero la mayoría aún están sometidas. No estoy diciendo que ellas son ángeles indefensos. Son de carne y hueso, con sus virtudes y defectos, sus temperamentos y sus demonios. Pero están más cerca del cielo que nosotros. Ellas, aunque nos cueste admitirlo, son las que garantizan que nuestros sueños y proyectos se materialicen; son la llama que ilumina el hogar y nos protegen de la hostilidad de esta inmensa selva de cemento y soledad en que vivimos.

No sé ni quisiera imaginar qué sería de nosotros sin las mujeres. Ellas desde muy pequeños nos han enseñado que el mundo tiene un lenguaje que sólo el sentido femenino puede interpretar. No conozco hasta el momento a ningún hombre, por muy machista que sea, que haya prescindido de su mujer para conquistar sus sueños. A menos, aclaro, que haya cambiado de preferencias sexuales. Pero la sociedad machista, contradictoriamente, ha puesto al hombre en manos de la
mujer. La mayoría de los hombres, al menos en nuestra cultura tercermundista, necesitamos de ellas para que administre nuestro caótico mundo. Desde la cocina hasta nuestros propios hábitos de vestir están determinados por nuestras mujeres. Es falso que mandamos en la casa. Quizás mandamos afuera, en nuestra oficina, en las mesas de tragos con nuestros amigos, pero en el supermercado, en el banco, en la alcoba, en las decisiones con nuestros hijos, las mujeres tienen un poder inaudito. Tienen el poder real, nosotros tenemos el poder formal. Por eso pienso que son ellas las que realmente tienen el poder, pues la familia es la semilla del Estado.

No queda más remedio que aceptarlo. Las mujeres mandan, aunque algunos se desquiten con ellas pegándoles, traicionándolas, ignorándolas, y discriminándolas a tal grado de pretender arrebatarles su dignidad y su lugar en la sociedad. Creo que la mejor manera de celebrar el Día Internacional de la Mujer, es devolverle su lugar en la historia. Comencemos a devolverles sus derechos.