Jorge Eduardo Arellano
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Sobre ellas descansa el Mundo, nada se mueve si no es por la vocación de madre y mujer que Dios le concedió, sin embargo, nosotros los hombres hemos perdido de alguna manera el verdadero concepto de su imagen y semejanza de lo que es su pureza y entrega en el entorno de cada una de las mismas.

Siempre han sido la inmensa mayoría y a pesar de ello la injusticia la deja sin voz ni voto: un impacto que se ve, pero que no estremece por la indolencia, la indiferencia y el machismo establecido, trilogía que entorpece la verdadera realidad que debemos y tenemos que albergar como seres respetuosos de sus entrañas.

Son arquitectas, pronosticadoras de turno, pacientes, con una fe del tamaño de la nación, extremadamente humanas, inventoras del Matriarcado; es decir, son inteligentes y consecuentes en la formación de la familia, su contraparte, desdice de semejante identidad y estigmatiza oportunistamente la ocasión para convertirlas en material coyuntural. A cada quién o varón, que se le plante el guante.

Trabajan y planifican de la mejor manera, son exactas y con un sentido del principio de racionalidad económica extraordinario, axioma natural o impuesto. Ésas son algunas de las inacabables virtudes que nacen, fluyen y se patentizan con el grito del parto histórico, amen de la sonrisa de haber construido a la nueva célula que enfrentará a una sociedad deformada.

El desvelo es el valor agregado o la plusvalía de que todo marche
bien, mientras su consorte deambula en sueños impertinentes fortaleciendo la incapacidad de poder mantener la responsabilidad fedataria de un hombre para una sola mujer, desde luego, no me rasgo las vestiduras, también he sido visto y señalado.

Su norte ha sido desviado, le han cambiado el sentido de la distancia como queriendo que solo puedan comprender el estatus quo de la sumisión, en algo son responsables los ingenieros de la industria política oligarca, quienes pagan salarios de miseria, empobreciendo los sueños del mañana.

Educan las mujeres y de la mejor manera, pues la Universidad en ellas es el corazón, el título siempre lo dejan colgado en el armario de las estrategias para aprender a sobrevivir palmeando las tortillas, levantándose con el amanecer de las madrugadas, siguiendo al paso de las tareas cotidianas, los deberes escolares de los hijos, hasta convertir el espacio de la almohada en un poco de remanso.

A pesar de todo lo dicho, siguen siendo consecuentes en sus miradas y sueños. Para nosotros son asignatura pendiente; algunos dirán que no se dan por aludidos, pero los hechos son testarudos, la violencia intrafamiliar, las separaciones y la marginación, por decir algo. Y eso que jamás dejan de orar cristianamente.


*Docente UNI