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La igualdad está de moda. Proyectos de ley que la intentan sancionar, movimientos  igualitarios desde el feminismo, antirracismo, libertad religiosa o de educación, y un  largo etcétera patrocinan la no discriminación por razón de sexo, raza o religión. Una  tendencia que quiere acabar con siglos de injusticias y sobre todo con una imposición  cultural que ha condicionado históricamente con las absurdas tesis de que el hombre es  superior a la mujer o que la raza blanca está por encima de la negra, y en España que un  católico deba ser privilegiado sobre un protestante, un judío o un musulmán.

Pero, ¿somos realmente iguales? Ésta es la gran pregunta que subyace a todas las demás.  Cuentan que el célebre sastre Pool, que vestía al príncipe de Gales, más tarde Eduardo  VI, rabiaba por asistir a un baile de palacio. El príncipe, hombre bondadoso, le invitó  por fin a uno de ellos. Cuando la fiesta se hallaba en todo su apogeo, el futuro monarca  se acercó al sastre y le preguntó: “¿Qué te parece el baile?” “Pchss, no está mal, pero  hay gentes de todas las clases”. Entonces el príncipe de Gales le replicó con otra pregunta: “¿Qué pasa? ¿Querrías que todos fuesen sastres?”

El verdadero fundamento de la igualdad, sobre el que ha de basarse la ley y nuestra  relación con los demás, es la común condición humana. Pero no en pretender que   seamos clónicos, que no haya peculiaridades en los diferentes sexos, características de  raza, o aptitudes y cualidades diferenciadas, como por ejemplo para correr, escribir,  componer música, gobernar, comerciar  o construir aviones.

Otro factor de desigualdad es el estudio y el trabajo, la capacidad de desarrollar los  talentos de cada uno. Es cierto que cuando durante mucho tiempo la discriminación ha  oprimido a un sector de la sociedad, puede ser lícita y hasta conveniente la  discriminación positiva, para equilibrar una injusticia de siglos, como en el caso de la  mujer. Lo que me parece absurdo es que esas medidas coarten la libertad de los  ciudadanos y su progreso.

Por ejemplo, en el caso de que entre un ministro y una  ministra se discrimine por su sexualidad, independientemente de las cualidades para  ejercer su cargo en aras del bien común.

Sin embargo, las mujeres siguen siendo las más perjudicadas en momentos de crisis  económica, continúan persistiendo desigualdades en el acceso al mercado laboral y en  las condiciones de trabajo: de media, las mujeres cobran un 17,5% menos que los  hombres por el desempeño del mismo trabajo en la Unión Europea, y solo constituyen  un tercio de los autónomos. Además las mujeres están aún infra-representadas en  puestos de decisión económica y política: encarnan solo un 12% de los miembros de los  consejos de  administración de las principales empresas europeas, mientras que la media de presencia femenina en los Gobiernos nacionales de la Unión Europea se sitúa en el  26%.

Si nos  preguntamos por la igualdad social, solo la situación del reparto de la riqueza y  la marginación de los países empobrecidos basta para concluir que en este planeta en  derechos fundamentales como son la alimentación, la vivienda, la salud y la educación  aquí hay seres humanos de primera, segunda y sobre todo de tercera. Es verdad que eso  requiere medidas más ambiciosas de carácter estructural y global, que esa tremenda  lacra no se soluciona con una nueva ley de igualdad. Pero no deja de ser la más  prioritaria.

Quizás por eso es lúcida la frase de Gabriel García Márquez: “Un hombre  solo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo cuando ha de ayudarle a levantarse”. Somos iguales, es cierto, aunque cada ser humano es único e irrepetible. Quizás por eso  en castellano le llamamos “semejante”.

*Periodista y escritor
www.telefonodelaesperanza.org