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En un ensayo del escritor argentino Luis Alberto Ambroggio, titulado “Borges y Darío”, he encontrado una afirmación bastante insólita y temeraria. En ese trabajo, que fue presentado como una ponencia en la Hofstra University, de Nueva York, se dice que Darío y Borges tenían grandes “coincidencias en sus controversiales posturas políticas”. He aquí el pasaje en mención, que cito textualmente: “Tanto Darío como Borges, en sus ocurrencias, declaraciones, sarcasmos ideológicos (boutades), socio-políticos, eran provocadores con sus posturas polémicas, con una desfachatez que por igual incomoda a una y la otra parte del espectro de las ideologías”.

 

Es evidente que una afirmación semejante sólo puede hacerla alguien que desconozca totalmente la personalidad de Darío. Todos los testimonios con que contamos nos dan a entender que él era la persona más anti-boutade del mundo. Y si bien Darío conocía esa palabra, y la emplea incluso ocasionalmente, su personalidad y temperamento eran opuestos a eso. Aunque es cierto que Darío empleó moderadamente la ironía para describir al cuerpo diplomático latinoamericano acreditado en Madrid. Y también en alguna ocasión, para defenderse de ciertos velados ataques de su amigo Gómez Carrillo.

 

Borges, por el contrario, era un verdadero histrión, corrosivo, chispeante y ocurrente en sus declaraciones orales, y le gustaba suscitar a través de ellas la polémica. De hecho, Borges no ha sido igualado en su capacidad  excepcional para dar respuestas inspiradas y brillantes, de manera espontánea, a los periodistas que lo entrevistaban. Por eso no nos cansamos nunca de leer los múltiples libros que recogen las deposiciones y declaraciones orales de ese conversador e improvisador insigne. Borges se declaraba discípulo de Macedonio Fernández, a quien describía como “un gran conversador lacónico”.

Dos personalidades disímiles
Darío no era dado a los exabruptos, ni a las diatribas ni al vituperio, ni a la rabieta. Tampoco a lo que llamamos entre nosotros “chifletas” o indirectas. Básicamente era calmo y no tenía “mal guaro”. Lejos de ser dado a la provocación y a los desafíos, su carácter era más bien resignado y conciliador. Recordemos la exhortación que le hizo a Unamuno, a seguir la senda del bien, cuando el rector de la Universidad de Salamanca lo trató despectivamente de indio, “a quien aún se le veían las plumas debajo  del sombrero”.

 

Incluso al referirse a aquellos que más le hacían la guerra, censurando sus innovaciones literarias, Darío mantuvo siempre la compostura y la ecuanimidad. Y si bien llama a los miembros de la Real Academia “los insoportables moluscos de la corrección gramatical”, no emplea contra ellos la sátira ni la ironía, ni el sarcasmo.

Borges, en cambio, como buen ciego que era, sabía defenderse con unas agudas respuestas que saben dar en el clavo para descalificar a quienes lo atacan. Cuando le dicen que algunos escritores lo acusaban de no ser suficientemente americano, él respondió con este genial contraataque: “Ellos sí son americanos, porque imitan a Faulkner”.

 

Pienso que la comparación entre la obra y la personalidad de Darío y de Borges puede resultar no sólo interesante y amena, sino también muy fructífera.

En su conducta y en sus escritos, Darío usaba siempre de buenas maneras y modales. También era comedido y circunspecto.  Ni siquiera en su obra de ficción usa la mordacidad, a las cuales en cambio era adicto Borges, quien propuso trasladar a la Argentina el cadáver de Perón cuando este todavía estaba vivo y residía como exiliado en España.

 

Darío ha sido descrito como “un fervoroso creyente enajenado”. Borges jugaba en cambio, con espíritu escéptico, a utilizar la filosofía para alimentar sus ficciones paradójicas, y  estaba completamente libre de tabúes y de inhibiciones.  Uno de los temas que se presenta en su obra de manera recurrente es el del eterno retorno, que tiene su formulación más reciente en la obra de Nietzsche. Otro tema que obsesionaba a Borges era el de los juegos y especulaciones con  el tiempo, y dedica a ese tema diversos ensayos en los cuales, sin embargo, llama la atención la ausencia de toda alusión a Einstein y a la Teoría de la Relatividad. También propuso considerar a la teología dentro del género de la ciencia ficción.

 

Darío según el propio Borges
En 1967, Borges (que escasamente cita a Darío en sus obras) escribe un “Mensaje en honor de Rubén Darío”, en el que destaca  “los dones infinitos que nos ha legado con su ejemplo”. Y así como “Garcilaso nos trajo la entonación de Italia”, le debemos a Darío “la de Hugo, la del Parnaso y la del simbolismo” y más importante aún “su desgarrada y patética intimidad”.

 

Resalta en su mensaje  cómo Darío renovó la métrica y la prosodia, de manera tal que “auditivamente no ha sido superado, ni siquiera igualado”, reconociendo que “cuanto se ha hecho después, de este o del otro lado del Atlántico, procede de esa vasta libertad que fue el modernismo”. En palabras de Borges (citadas frecuentemente): “Todo lo renovó Darío: el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará. Quienes alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar liberador”.

 

“Auditivamente no ha sido igualado”. He ahí una verdad contundente. Darío sobrevive ante todo por eso, por su musicalidad insuperable, a pesar de que sus temas y sus contenidos hayan en muchos aspectos ya periclitado. El mismo se declaraba “loco de ensueños y ebrio de armonía”.

 

De acuerdo a Borges: “la belleza rubeniana es ya una cosa madura y colmada, semejante a la belleza de un lienzo antiguo, cumplida y eficaz en la limitación de sus métodos y en nuestra aquiescencia al dejarnos herir por sus previstos recursos; pero por eso mismo, es una cosa acabada, concluida, anonadada”. Esto nos remite a lo que algunos han llamado “el problemático tema de la vigencia de Rubén Darío”. Sobre este particular no quisiera, por el momento, extenderme, ya que nos sacaría del ámbito de nuestra discusión.

 

Creo que la valoración de Darío que hace Borges es la más atinada de cuantas se han escrito, ya que le ubica en el lugar que realmente le corresponde. Otras valoraciones pecan bien por ser excesivamente laudatorias o por ser denigratorias. Borges consideraba a Verlaine superior a Darío, y nos guste o no,  así se le considera, dentro del contexto de la literatura mundial. Y hay algo más: el propio Darío habría coincidido con esa jerarquización, dado su profundo respeto a sus mentores.  

Vidas paralelas
Podríamos comparar las vidas de Borges y Darío, al estilo que hacía Plutarco, y de ello podríamos derivar mucho provecho, debido a que ambas vidas, conjugadas y entrelazadas,  reflejan de una manera u otra la historia de la literatura latinoamericana en el curso de los últimos ciento veinte años.

 

Mientras Darío conoció la fama tempranamente, gracias sobre todo al espaldarazo del novelista español Juan Valera, quien saludó complacido la publicación de “Azul…”, Borges tuvo que esperar mucho hasta ser reconocido, y la consagración le llegó desde fuera de Argentina. Según declara el mismo Borges, él fue reconocido en España hasta después que fuera aclamado en Francia. Es decir que los españoles lo ignoraron hasta que no vieron que su talento literario era proclamado por sus vecinos galos. Durante mucho tiempo, Borges vegetó como funcionario menor en una biblioteca de barrio. El cuenta la curiosa anécdota de que sus compañeros de trabajo vieron el nombre de Jorge Luis Borges mencionado en una enciclopedia como un escritor notable y creyeron que se trataba de un simple homónimo de su colega. A propósito de esto debo decir que, en la reseña sobre Borges publicada por la Enciclopedia Británica no se menciona la afición de Borges a leer la Enciclopedia Británica.

 

La gran diferencia –radical, por cierto—entre el destino de Borges y Darío es que mientras el panida nicaragüense escribió para la periferia y fue ignorado por completo en la metrópoli, Borges fue y sigue siendo reconocido también en los países industrializados. Es decir que, en ese particular, Borges trascendió a Darío, pero logró hacerlo sólo  gracias a que estaba sentado sobre los hombros de un gigante. Es decir, que Darío le allanó el camino al que sería luego su sucesor.

Presencia de Darío en Borges
En su libro Cartas a un joven novelista, Mario Vargas Llosa cita con admiración un verso de Borges que dice: “Nadie los vio desembarcar en la unánime noche”. Y expresa sobre todo su deslumbramiento por el original uso del adjetivo unánime. Por mi parte, no estoy seguro de que en este caso la palabra unánime esté bien aplicada.

 

Pero, al margen de eso, Vargas Llosa parece ignorar que Darío empleó antes creativamente ese vocablo  en el verso  en que habla de “los cisnes unánimes en el lago de azur”. Pienso que, de hacerse un rastreo a fondo, podrían encontrarse en Borges diversos elementos que, al igual que el anterior, se han creído originales del autor argentino, pero tienen su verdadero origen en Rubén Darío.