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Ya se ha vuelto una costumbre en algunos periodistas hacer interrogatorios en vez de entrevistas. Hace días escuché una entrevista televisiva en donde el  entrevistado fue interrogado por un periodista y pude notar que las preguntas estaban más cerca del interrogatorio penal que de la entrevista.

 

En esta oportunidad, sin embargo, el interrogador “se dio con la piedra en los dientes” porque el entrevistado era una persona que tenía amplios conocimientos y dominio sobre el tema. Evidentemente, el entrevistador no puede inscribirse en el común de los entrevistadores de periodismo. Se distingue de ellos en que va preparado a las entrevistas, aunque en esencia repita, como una grabación, los argumentos que se han escuchado en boca de la gente; pero se advierte que se ha preparado (o le han preparado debidamente) para que pregunte, repregunte, argumente.

 

O lo más importante de esta nueva táctica periodística, que interrumpa, que no le deje contestar y reargumentar al entrevistado; ya que, a fin de cuentas, lo que le interesa al medio y al entrevistador/a es que el perceptor (en este caso, el radioescucha o televidente), aprecie más al entrevistador que al entrevistado; o le crea más a él.

 

Digo que se dio con la piedra en los dientes porque el entrevistado “no se dejó”. Yo conté más de veinte “peros” del entrevistador; pero, el entrevistado, que al parecer estaba advertido de esta nueva táctica o se creyó en el derecho de contestar a plenitud las preguntas, no permitió que le interrumpa; respondió lo suyo casi a plenitud, de manera que el interrogatorio quedó en eso, en interrogatorio, aunque minutos después, el canal  anunció que la entrevista será reproducida íntegramente en horas de la tarde, y que había que escucharla  porque el entrevistador “se lució con el personaje”.

 

La entrevista periodística, otrora una herramienta muy interesante para descubrir el pensamiento de un entrevistado/a, sus entretelones, o para demostrar que está lejos de saber los fundamentos de un área del conocimiento en el que dice que es un sabio, o para “hacerle caer en alguna contradicción” o simple y llanamente para que el perceptor (de radio o televisión) se forme un juicio más cercano a la realidad de un (o una) personaje; se ha convertido, hoy en día, en una especie de escenario para el lucimiento personal.

 

Si el entrevistado/a tiene el mismo pensamiento político, ideológico, partidista, religioso, etc., el entrevistador/a le da tiempo y  tribuna libre para que diga y argumente lo que se le ocurre. Pero, si el entrevistado está “al otro lado” de lo que piensa  el entrevistador/a,  esta tiene consigna de “hacerle quedar mal” al entrevistado, entonces, en lugar de entrevista periodística, tenemos un interrogatorio tipo policial, lleno de peros y de interrupciones.

 

Cierto es que un periodista (hombre o mujer) “tiene su corazoncito” (como dicen los cronistas deportivos) y que una cosa es entrevistar a alguien con quien se comulga ideas, opciones, propósitos; y otra, muy diferente, es entrevistar a un sujeto que esté en la otra orilla del pensamiento o las ideas del entrevistador. Por ello, siempre se ha recomendado que para una entrevista periodística (para no parecer sospechoso) uno debe preparar un cuestionario básico, conocer al entrevistado/a, saber de él lo bueno o lo malo; y no parecerse en absoluto al inquisidor ni al complaciente.

 

Eso se decía antaño, cuando los periodistas y los medios (más si era un medio que se autodefine de respetable y serio) que en la entrevista había que observar elementales normas de ética periodística. Pero veo que aquello ya se  ha echado al canasto de la basura y que las y los entrevistadores de televisión, tienen un común denominador: lucirse ellos/as, en primer lugar; y, si no comulga con su pensamiento, hacerle quedar mal o rebuscarle en preguntas y repreguntas, de manera que este jamás quede claro y satisfecho.

 

En la historia reciente de la radio y la televisión, son numerosos los casos de periodistas activos o aficionados al periodismo, que se sirven de esta herramienta para “hacerse de un nombre”; nombre que les sirve más adelante para lanzarse a la difícil y compleja tarea de político. O simple y llanamente para escalar posiciones sociales.

 

Y esa táctica se está imponiendo, a nivel mundial. Podríamos hablar, sin temor a equivocarnos, que los medios y los periodistas, están creando una nueva escuela de comunicación dirigida. El lado bueno de esta táctica es que por lo menos para serlo, los y las periodistas tienen que prepararse para poder ser. En este sentido, están preparando a su gente y sus periodistas, en esta táctica, que no tiene otro propósito que el de confundir, distorsionar, mentir, si el entrevistado o la entrevistada no son duchos para advertir el peligro.