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El jardín de los deseos
Usualmente uno asocia la palabra voracidad con una persona o animal que come mucho, aunque alude también a la cualidad de un fenómeno que destruye una cosa con rapidez. Esa semana ha sido pródiga en hechos que hablan en ambos sentidos, donde el poder se muestra como un jardín de los deseos en el que la ambición no conoce límites. La sórdida pugna entre Rosario Murillo y otros cabecillas del “anillo de hierro” que sirven a Daniel Ortega en tercia por mayores cuotas de decisión, representación y bienes, salidas de las flacas costillas de la República, pone de manifiesto el apetito voraz que los consume y destruye al país. La defenestración de Lenín Cerna, jefe de organización del partido orteguista y artífice de los “comandos electorales”, por atravesarse en el camino a la candidatura presidencial de Murillo allanada por la prohibición constitucional para su consorte, refleja el ansia de poder sin medida que motiva a la “primera dama”. En su jardín de los deseos, tanto como en sus tarimas floridas, florecen todas las flores de la ambición. Quería el poder político por sí y para sí, con “legitimidad” electoral, aunque fuese en votaciones fraudulentas. Un partido leal a ella, para eso montó los CPC como estructura paralela a la de Cerna y ha hablado como  misionera de “recuperar el tendido del partido”. Por el momento, le ha ganado la partida a Cerna, devolviendo el golpe con mandoble, tras la emboscada que al parecer, le montó en la DGI. Vista como una advenediza y entrometida en el Olimpo guerrillero, ha esperado mucho tiempo por su venganza y ha demostrado que esta es un platillo que efectivamente, se come frío. ¿El mensaje?: “Aquí el único primus inter pares soy yo”

La pasión de la codicia
La codicia, como se sabe, es una pasión de gran voracidad y está constituida por el deseo extremo y vehemente de poseer muchos bienes, sean estos materiales o inmateriales. En el trasfondo hay un vacío de ser que quiere ser rellenado a partir de tener y así se entra en una carrera por lograr poder, dinero, fama, prestigio o propiedades. Es en suma, un veneno que corrompe el alma y nubla el entendimiento. Tal vez eso explica el afán desmedido del personaje que nos ocupa por apropiarse del espacio público, periódicos, canales de televisión, radios, e invadir totalitariamente con su monocorde voz todos los resquicios de nuestras vidas. Como las personas codiciosas se engañan a sí mismas; siempre encuentran pretextos para justificar sus  desmanes y juran que lo hacen por el “bien común” o por una “revolución” que no existe. Sin embargo, se vuelven esclavas del miedo a perderlo todo, volviéndose más inseguras y desconfiadas, con lo que se les dispara la obsesión por controlarlo todo. Es lo que la opinión pública califica como “celos de poder y alta paranoia” según el titular de un diario. Los que hoy cuentan con el beneplácito de los consortes presidenciales, recuerden la sentencia de Séneca:

“No puede el codicioso ser agradecido”.

Espíritus hambrientos
Los sabios budistas dicen que el acumulado de karma, ley de la sucesión de actos y sus consecuencias, decidirá la naturaleza de nuestra próxima vida y que al renacer en el reino del deseo, nos puede ocurrir que emerjamos como seres de uno de los seis dominios que lo componen (dioses, semidioses, humanos, animales, espíritus hambrientos o demonios). Todo hacer indicar que en Nicaragua el poder está en manos de renacidos como “pretas”, que según la mitología budista son esos espíritus hambrientos instalados en la posesión y el deseo. En el arte de oriente se les suele describir o representar como figuras con una barriga llena de deseos y un cuello demasiado delgado como para dejar pasar la satisfacción. Sus deseos son tan intensos que para satisfacerlos no hay nada demasiado idiota, extraño o peligroso a realizar.  Ahí está el exjefe del FMI para comprobarlo,  así como los que juegan con el fuego del abuso en  esta desdichada “banana republic”. Decía no me recuerdo quien que los mayores delitos se cometen por los excesivos apetitos y no por las cosas necesarias y que no hay tales que los hombres se hagan tiranos por no pasar frío, razón por la cual los grandes honores no se dan al que mata a un ladrón, sino a un tirano. La voracidad insaciable condena a los “pretas” de aquí y de allá, a la infelicidad y a la ruina.

Engullirlo todo
Lo que sucede en Nicaragua trae a la cabeza imágenes de una boca enorme que devora todo. La pretendida venta de EL NUEVO DIARIO a la pareja Ortega-Murillo hizo sentirse a todo mundo en el riesgo inminente de ser engullido, tragado, fagocitado. La ciudadanía ha sentido la amenaza a la independencia del periódico, como una amenaza a la propia libertad, esa cosa intangible que como el oxígeno sólo se siente cuando se pierde. Un vivo recordatorio de que aquí nada está garantizado. Notable que una empresa privada por lo general pasatista haya reaccionado oportunamente para realizar el salvataje económico de un medio de comunicación.  Al final es comprensible, porque ellos también serán silenciados y porque el monótono discurso del oficialismo en los medios de los que se ha apropiado, empobrece no sólo el ámbito público sino el privado. Habrá que estar vigilante ahora de que los nuevos dueños no reduzcan al Nuevo Diario al periodismo banal, al entretenimiento, la nota roja o peor aún, a hacer un periodismo “amigable” a los poderes que debe fiscalizar. Estamos avisados.