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A partir de la presente entrega y durante varias más,  entregaremos un análisis de los mitos que Ortega y el orteguismo han pretendido venderle a los nicaragüenses, seguidores de su partido y ajenos a él, con el fin de crear la sensación de que representa una figura invencible e inevitable, a partir de su ilegal e inconstitucional candidatura presidencial para participar en los próximos comicios del 6 de noviembre. Son falsedades que desde las oficinas de los estrategas orteguistas se han echado a andar, para mitificar un liderazgo que la misma historia y la conducta personal de quienes alguna vez fueron revolucionarios, se encargan todos los días de desenmascarar ante propios y extraños.

Luego de la derrota electoral del sandinismo en noviembre de 1989, la fuerza guerrillera que encabezó la lucha contra la dictadura somocista y que inmediatamente después devino en el partido que hegemonizó la revolución de los 80, sufrió una serie de transformaciones, motivadas tanto por cuestiones de carácter estratégico, en cuanto a la concepción de la lucha que se planteaba en las nuevas circunstancias políticas que se comenzaban a vivir con el nuevo gobierno que encabezaba la presidenta Violeta Barrios de Chamorro, así como también por elementos tan pueriles como la defensa del botín en que se había convertido el estado en asunto de escasos tres meses.

Las purgas intestinas, la lucha por mantener posiciones ideológicas que con los hechos se iban desvaneciendo poco a poco y se iban convirtiendo en simples máscaras que cubrían un rostro que revivía lo que en alguna época se había combatido a muerte y, sobre todo, la eliminación de la historia del verdadero sandinismo, para dar paso a una secta política con los vicios propios de los partidos más tradicionalistas, atrasados y recalcitrantes de cualquier país igualmente atrasado y subdesarrollado, se encargaban de sepultar lo que una vez fue el orgullo de la izquierda mundial, el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Atrás quedaba una sublime historia de lucha contra una de las dictaduras más feroces y prolongadas del continente americano, que encabezó con su ejemplo y su ideario Carlos Fonseca Amador. Igualmente quedaba sepultada en el pasado, la gesta heroica encabezada por el patriota Augusto C. Sandino en contra de la intervención yanqui en Nicaragua y que es desenterrada a discreción y conveniencia del Gran Líder, solamente en los discursos en los que se necesita agitar y enervar a la masa que es llevada y considerada como borregos de desfile. También fue pasto de las llamas del olvido la lucha de miles de nicaragüenses, que durante cerca de 10 años se enfrentaron en las montañas de nuestro país contra otro tanto de nicaragüenses. Miles de jóvenes que con el sugestivo nombre de “Cachorros de Sandino”, fueron una vez necesarios y primordiales para el combate, pero que ahora, desechados miserablemente, han pasado a ser ciudadanos de cuarta categoría.

Poco a poco un partido que alguna vez había sido de izquierda, involucionaba sin freno ni marcha atrás, hacia posiciones reaccionarias, propias de partidos de derecha ortodoxa y en ocasiones de ultraderecha. Entramos, después del año 1995, a una etapa en la que se había “licuado” un partido, para dar paso a una secta política fundamentalista y fascistoide, propiedad de una familia, con una conducción única, con un pensamiento único, sin más programa que la lumpenización de la sociedad, como elemento básico y fundamental para revivir y preservar un caudillismo que se nutre de una historia que nunca existió.

Un partido que fue, una secta que es y que se escondió a la hora de luchar por los intereses de los pobres, de los esclavos sin pan, durante los maldecidos “16 años de gobiernos neoliberales”. Cuando se implementó el famoso “Plan de Reconversión”, en el gobierno de la señora Violeta Barrios de Chamorro, cuando se privatizaron las empresas de la Cornap y las del Área Propiedad del Pueblo, APP, cuando se privatizaron los servicios públicos de luz y telefonía,  cuando se aprobó el Tratado de Libre Comercio, TLC, con el odiado “Imperialismo Yanqui”. Una secta que no tuvo empacho en pactar con quien representaba el retorno del somocismo y la corrupción andante. Pero que también se esconde ahora cuando se castiga al pueblo con el alza desmedida de las tarifas de energía eléctrica, del agua, de los precios de la canasta básica, del combustible, del transporte, del desempleo o de la corrupción que campea libremente en las más altas esferas del estado, convertido en el botín de los más vivos, de los impunes, de los intocables.

Los hechos han ido demostrando que el somocismo nunca desapareció de Nicaragua. Ha prevalecido después de 45 años de haberse desarrollado en un país sometido al tradicionalismo político, al caudillismo y a la ignorancia perpetua.

Un sistema que se preserva, sin solución de continuidad, por quienes renegaban del mismo y ahora le abrazan en una versión aumentada y corregida. Se confirma entonces, que la dirigencia que hace muchos años se proclamaba revolucionaria, ahora, cegados por la ambición de poder como vía para el enriquecimiento rápido, han abandonado el sandinismo que una vez les sirvió de sustento político e ideológico, para incursionar en el neosomocismo, aunque a los verdaderos somocistas les cause malestar tener que soportar a estos  impostores de su querido General de División.

La tozudez de los hechos, que hablan mejor que mil palabras, nos refiere a un liderazgo que a su propia conveniencia privatiza la cooperación venezolana y restringe el derecho de todos los ciudadanos de disfrutar los usufructos de esta generosa ayuda. Solamente unos cuantos acólitos de la secta están autorizados a recoger las migajas del festín, disfrazadas estas de programas prebendarios y populistas. La inmensa mayoría de la población, como invitados de piedra, está  limitada a tener que observar impasible y con ira contenida, cómo ese mismo liderazgo se enriquece de manera obscena, ilegal, ilícita e inmoralmente, superando al que en su momento fue considerado el gobierno más corrupto de la historia nacional, el gobierno de quien se conoce últimamente como “El Arrepentido”.

Pero además, los nicaragüenses tenemos que contemplar como alguien que se decía sandinista y revolucionario, en la peor de las involuciones políticas e ideológicas, ha sometido al país a la destrucción sistemática de las instituciones y del orden constitucional. Ha convertido a la ilegalidad en fuente de derecho y la ley de la selva en el código de conducta de la nueva ciudadanía que se pretende construir y establecer en una Nicaragua Cristiana, Solidaria y Socialista que solo cabe en la mente de sus creadores.

*Ingeniero Industrial
Mayor  (R)  EPS
Miembro del Grupo de Exmilitares Patrióticos