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Parece amenazador este 21 de mayo. Unos cuantos rótulos  en las vías de la capital nos advertían desde algunos meses atrás que el día del juicio final sería esta fecha, un común y corriente 21 de mayo. Yo—sinceramente-- esperaba que fuese otro día. Mil veces me he preguntado por qué eligieron ese día y cómo saben ellos (quienes promulgan esa idea) que ese día se acaba lo que todos conocemos como mundo.

No voy a negar que quizá hace diez años la idea de que el mundo se acabara despertaba en mí cierto temor. Me sentía horrorizado ante la imagen de ser partícipe de una realidad al estilo película Hollywoodense. Pero ahora que tengo veinte años, nada que ver. Sin la intención de ser refractario con lo que otros piensan, considero que hay cosas que despiertan ahora en mí más pánico que “el fin del mundo”, pues con la realidad que ahora se vive “el fin del mundo” sólo vendría a limpiar en muchos sentidos la tierra o el cosmos, si acaso este planeta llegara a desaparecer; sin embargo, todo eso no creo que suceda.

Cabe aclarar que no soy religioso, ni pretendo serlo; pero las cosas que acontecen, que ni siquiera hace falta enumerar porque cada uno de nosotros las conoce de distintas maneras, parecen haber salido de una profecía apocalíptica que se repite incansablemente.

Tiranos que construyen murallas ideológicas, cadenas machistas, séquito esclavo e irracional que sigue incondicionalmente a su líder, un pueblo acorralado sin escapatoria alguna, la libertad como el horizonte vago de un cuadro de Dalí: utópico. Sin salida. Esa parece ser la realidad de la que el “fin del mundo” promete sacarnos.

Hace unos días comentaba mi maestra de Estudios Rubendarianos acerca de los últimos suspiros de la vida de nuestro gran poeta, profundizábamos tanto en este asunto que la profesora describió sabiamente las palabras que resuenan todavía en mi mente y que les comparto: “uno se aferra a la vida, pero llega un momento en que el dolor que te agobia es tan insoportable que  pensás que estás listo para morir, porque la muerte es el único alivio a tanto dolor”.

Ése es para mí el motivo por el que  nos inquietemos ante la posibilidad de un final común para todos como mundo o sociedad. Independiente de nuestra segura muerte individual “necesitamos” el día en que “todos nos acabamos” como esperanza a que todo esto que llamamos mundo, con lo bueno y con lo malo, se termine junto con nuestros pesares o dolencias de humanos. Sin embargo, lamentablemente,  eso nunca pasará.

Nos toca seguir.  ¿Despertar cada mañana y esperar que llegue el “Fin del mundo”? No,  seguir y decir como Darío en su  poema Canto de esperanza “Ven, señor…con temblor de estrellas y horror de cataclismo, ven a traer amor y paz sobre el abismo.” Hasta que llegue nuestro propio “fin del mundo”, que para muchos ya se acabó.