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Ph.D. / Ideuca

El trece de mayo de 2011, un día más del calendario del mes, del año, del devenir del universo, me encontré con la vida en términos de tiempo 80 años y en términos de su sentido principal, la educación.

El tiempo, una ráfaga; la educación, una obra.  La vida fugaz y la vida plena.  La vida, un misterio en su origen y en su fin y entre esos polos su recorrido construyendo su sentido como persona con capacidad de hacerlo, es decir educable, sujeto responsable de su formación y construcción, de su educación.

La vida y la educación se entrelazan, siempre van de la mano formando un círculo, símbolo de la perfección.

Desde nuestra concepción somos partícipes de nuestro proceso educativo.  La madre es nuestra educadora original, la identificación biológica con ella acompañada de su afecto, amor y alimentación durante la gestación, es el inicio de ese proceso educativo, haciéndose vida e influyendo desde ese tiempo en todo el devenir de esa vida.

El nacimiento nos coloca en el amplio mundo de personas, acontecimientos y cosas que van empujando la vida en una extraordinaria concatenación de encuentros.  Nos encontramos con la leche materna, con la luz, el aire, la naturaleza, el afecto, el amor, la afiliación, la acogida, la seguridad, los sentidos, el llanto, los alimentos, el juego…

Más adelante nos encontramos con la escuela, maestros, maestras, compañeros, la disciplina, los estudios, la amistad, la adversidad, pequeños problemas y así vamos creciendo, llenando poco a poco esa vida con otros encuentros muy hondos, con Dios, la religión, el sexo, el amor, el trabajo, el dolor, el sufrimiento, el éxito, el fracaso, el matrimonio, la familia, los hijos en una extensión y prolongación de la vida, de nuestra vida.

En esa concatenación de encuentros a manera de círculos concéntricos que expanden la vida, nos encontramos de manera muy especial con la vida misma, su sentido, su destino y sobre todo con la responsabilidad de hacerla para nosotros y para los demás.  Este conjunto de encuentros se convierten y son elementos y factores insustituibles que actúan en nuestro proceso educativo, con ellos vamos construyendo nuestra personalidad e identidad de personas.

De esta manera se nutre la intrínseca relación entre educación y vida, al ser la educación el proceso de dar sentido a la vida, de hacerla desde las potencialidades que entraña esa vida en su versión de persona.  Como personas somos sujetos y artífices de nuestra formación mediante el despliegue de distintos saberes, conocimientos, habilidades, valores, a cargo de nuestra inteligencia, libertad, actitudes, valores, todos ellos compartidos con otras personas y en contextos determinados por los distintos modelos y sistemas educativos asumiendo responsabilidades y aportando cuotas importantes para el desarrollo y bienestar en una ciudadanía organizada, dinámica y solidaria, de un mundo necesitado de humanidad y de sobrevivencia.

La vida va sumando tiempo en un movimiento a la vez centrífugo y centrípeto, a la vez que sale hacia el exterior, se repliega en su interior.  La vida es lo que es y lo que hace, fuente y reservorio, acción y reflexión, creación y crecimiento, es en último término un proceso educativo, una acumulación de encuentros de imitaciones, de ejercicios, de creaciones, en un trazado pedagógico que empuja el despliegue de la vida y proporciona a esta sentido y ubicación en circunstancias y realidades personales y sociales.

El pasado, historia y cultura irrumpen en el presente y éste, conjunción de factores en forma de educación sistemática, escolar o no escolar, se encuentra en cada persona que va haciéndose como tal.

Educación y vida van cerrando el círculo en el que todos sus puntos equidistan del centro llegando a la perfección de persona humana, ¿no es acaso la educación la manera de construir y dar sentido a cada persona y no es cada persona vida en permanente creación?

Las distintas teorías y enfoques pedagógico – metodológicos con el correspondiente andamiaje de todos sus componentes, se recrean en una interacción de personas que se van haciendo en el juego de flujos y reflujos, de maestros y estudiantes, de contextos y experiencias, de recuperaciones e innovaciones.  Todos esos elementos caminan hacia la persona y es en ella y a través de ella donde encuentran salida en forma de vida humana, perfeccionada y perfeccionable, hecha y haciéndose en un proceso permanente que se mide por el sentido y valor que representa y proyecta esa vida en comunicación con los demás en una comunidad, sociedad, país y ciudadanía solidaria para el bien común.

La razón última de la educación es construir con todos estos elementos el círculo perfecto de la vida compartida, la vida humana, plena, persona.

La vida que es la armonía de un canto desde la educación.