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En una taberna, unos amigos estaban discutiendo. Uno de ellos había prestado una  moneda de oro a un conocido que ahora se negaba a reconocer la deuda porque no había  habido ningún testigo.

Los amigos le daban consejos diversos pero el buen hombre sabía la que le esperaba en  su casa cuando su mujer supiera que había sido tan necio y confiado.
En una mesa cercana estaba un sanyasin. Parecía absorto en sus reflexiones pero, en  realidad, estaba saboreando una rica taza de té. Esto no le impedía permanecer alerta y  darse cuenta de lo que sucedía en la otra mesa. Uno de los amigos dijo:

- ¡Cómo no le preguntemos a ese yogui!
- ¡Tú estás loco!, - le respondieron al unísono los otros- . Estos están siempre  ensimismados en sus pensamientos.

El hombre santo se acercó al grupo y les dijo afablemente:
- Perdonad que intervenga pero creo que deberíais de ir acompañando a vuestro amigo y que éste le reclame las diez monedas de oro que le debe.
- ¡Pero si sólo le presté una! , - exclamó el hombre.
- Eso será lo que él te conteste, y ya tendrás testigos para obligarle a que salde su deuda,  - les dijo muy tranquilo el sanyasin, aunque por dentro pensaba que a algunos les está  bien merecido lo que les sucede.
- En fin, - agregó el yogui, desconcertándolos todavía más- , es la ley del karma, se  recoge lo que se siembra.

Y se sentó tranquilamente en su mesa a servirse otra taza de té humeante.

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