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Dos obras proceden a Nosotros / los nicaragüenses: examen sincero de nuestra identidad. La primera, muy conocida, es la de Pablo Antonio Cuadra; la segunda, que mandó a quemar un trompañero en los años 80, de Eduardo Zepeda-Henríquez. Las dos, con la de Carlos José Solórzano, integran una trinidad: tres concepciones distintas y un solo objetivo verdadero.

Indagar, desde sus propias perspectivas, cómo hemos sido o somos los “nicas” constituye el tema central de cada una. A través de una espléndida intuición, Cuadra —en ensayos breves— eleva a rango idiosincrático el estilo hegemónico del “nica” de la zona del Pacífico, marcado por la dualidad étnica, climática y política; sobrio e imaginativo, itinerante y “exódico”, es procesional en su fe, trabajo y manifestaciones partidarias. Extravertido y yoquepierdista, critica a su país y se ríe de sí mismo, habla directamente pero no “escupe al cielo” (la blasfemia le es ajena), se apega tradiciones machistas y a un  incorregible individualismo.

Por su lado, con su habitual armonía estilística, Zepeda-Henríquez sostiene que nuestro pueblo es de cultura oral y tradiciones familiares; de mentalidad arcaica, mitifica su tragedia y destino, su visión del mundo y sus protagonistas históricos (Bernabé Somoza, Emiliano Chamorro, Sandino). “Incluso el sandinismo de hoy —escribía en 1986— no parte del guerrillero histórico sino del mítico”.

A estas simplificaciones, hay que añadir la correspondiente al libro de Solórzano, quien aborda siete temas vastos y generales: la nacionalidad, la soberanía, la historia, la filosofía, la economía, las guerras y las ideologías de los nicaragüenses; en todos incursiona sin un aparato conceptual riguroso, pero articulando sus opiniones en la forma del verdadero ensayo, tal como lo definió Ortega y Gasset: “la ciencia, menos la prueba explícita”.

Si Cuadra inventa la imagen universalista del “nica”, idealizándolo a partir de la centralidad geográfico e histórica que el país ocupa en el continente americano y del ejemplo paradigmático de Rubén Darío, Zepeda-Henríquez establece que las formas vitales de la tradición nacional no trascienden el carácter mágico-religioso.

Y Solórzano realiza una crítica del modo de ser nicaragüense.
Coincidiendo en la existencia de nuestra idiosincrasia, los tres reflexionan sobre ella, contribuyendo a su definición; pero, si los dos primeros en cierto sentido la aceptan como una realidad más positiva que negativa, el último la condena. En otras palabras, nos propina una bofetada ontológica.

En efecto, Solórzano niega la existencia de un tipo nacional uniforme, como el ya formado en Guatemala o Costa Rica. Sin embargo, en la aproximación sociológica que intenta, reconoce que el “nica” es un personaje prosaico y fragmentado. Pertenece más a una clase o a una ideología que a su país. Fácilmente se adapta en el extranjero y olvida sus raíces. Carece de patriotismo y de nacionalidad “como algo concreto y existente”. Por tanto, debe descubrir “quién es él en este mundo” dentro de un contexto mayor: el de Hispanoamérica. De ahí que anote las características de los hispanoamericanos para identificarnos en ellos globalmente.

Con una soberanía que ha padecido constantes ultrajes, el nicaragüense persiste en la creencia de que es soberano. Pero no hay tal —puntualiza Solórzano.

Nuestros políticos padecen de un mininacionalismo ciego y tienen que resignarse, sin quejas, a la influencia extrajera. Además, carecemos de historia interesante; la de Nicaragua “es un relato aburrido de hechos sangrientos”, según él. Monótona e intrascendente, como buena parte de la Hispanoamérica en general.

Ignorantes de su propia historia, la mayoría de los nicaragüenses —agrega— estamos poseídos de inconsciencia cívica. “El egoísmo y la codicia son sus normas aceptadas y a nadie se le exige lo contrario”. Ninguno de nuestros problemas está resuelto. Necesitamos un largo proceso de educación para cambiar. Tenemos una mentalidad sencilla y superficial; no leemos, excepto los diarios locales. No conservamos nada, ni siquiera objetos materiales. Tampoco reconstruimos las cosas: preferimos destruirlas.

Continuando esas generalizaciones controversiales, Solórzano afirma: “El nicaragüense es inclinado a rendirle pleitesía a la hombría. Se fascina con el valor personal, la violencia, la acción rápida sin premeditación. A tal grado que prefiere seguir infantilmente a un valiente dañino y no a un hombre de bien”. Y añade que no rinde culto a los mejores, dada su tendencia igualitaria. Sin embargo, es todo voluntad de vivir. Demasiado individualista, se guía más por la intuición que por la razón. Es amistoso, especialmente con los extranjeros; hedonista en el buen comer e inclinado a todos los placeres físicos.

Los nicas —prosigue Solórzano— son grandes optimistas. Y es necesario que lo sean “para que puedan sobrevivir en medio de tantos malos gobiernos, de tanta desgracia, de tanta pobreza”. Creen que el país es rico y que son los más inteligentes de Centroamérica. Nunca pierden la esperanza ni dejan de estar alegres, pese a vivir en uno de los países más paupérrimos de América.

Por fin, a partir de 1979 sufrieron una conmoción total: política, económica, social, familiar y moral de la que aún no se recuperan; una transformación que se topó con su carácter desordenado y disolvente, y que ha transcurrido como una pesadilla. Así, concluye, “después de la orgía ideológica y la locura del cambio radical, es probable que venga el orden y la moderación de las pasiones”.
Hasta aquí el resumen de este libro sincero, perpetrado desde el exilio —es decir, con frío distanciamiento— y con suficiente bagaje cultural, propio de la madurez de su autor. Las opiniones de éste se sustentan en pensadores y científicos ingleses: Arnold Toynbee, Thomas Nagel y Mortimer Adler, por ejemplo; pero también de otras nacionalidades como el español Salvador de Madariaga y el gran historiador chino contemporáneo Dun J. Li.

Precisamente, Solórzano relaciona con el último capítulo de Nosotros / los nicaragüenses una curiosa experiencia comunista de la China milenaria —acontecida antes del inicio de la Era Cristiana— con la revolución nicaragüense surgida en 1979, conformando —a mi modo de de ver— sus mejores páginas. O las más acabadas junto con el capítulo dedicado a “Nuestra filosofía”, modelo de divagación. Ello no quiere decir que los restantes capítulos carezcan de cargas sugestivas.

Desde luego, no es posible estar de acuerdo con muchas de sus opiniones, ni con el sentido general de su discurso, por lo demás bien estructurado en función de argumentos a contraris. Sin embargo, es necesario reconocer el inevitable infortunio de ser nicaragüense planteado por él porque, si somos un pueblo con una cultura bien arraigada y una notable personalidad histórica, lamentablemente no hemos constituido una nación-para-sí.

Los nicaragüenses, al contrario de los costarricenses —que, de acuerdo con Solórzano, “construyeron su pequeña pero original civilización, inventada por ellos mismos”— no hemos pedido crear un proyecto nacional a lo largo de la historia, ni consolidar una permanente convivencia ciudadana derivada de un acuerdo patriótico, de una voluntad común. En el proceso de la tribu a la nación —ha recordado Pablo Antonio Cuadra— aún estamos a medio camino. Y esta es la principal lección que puede derivarse del libro Nosotros / los nicaragüenses.

Existimos con claros rasgos colectivos, no todos envidiables: alegría vital y catársica como respuestas a las tragedias políticas y catástrofes naturales, ambas cíclicas; ánimo aventurero para emigrar y adaptarse en medios extraños, conciencia irresponsable de vivir al día (“coyol quebrado, coyol comido”), crítica y autocrítica aldeanas y chismográficas, culto al extranjero con su correspondiente ausencia de xenofobia, improvisación generalizada a nivel de responsabilidad pública, religiosidad festiva y peculiar, sentido del humor picaresco e igualitario, tendencia disociativa antes que asociativa e individualismo exacerbado.

En esto coinciden plenamente Cuadra, Zepeda-Henríquez y Solórzano, como también en la identificación del sustrato mestizo como punto de partida de nuestra identidad. Al respecto, vale la pena transcribir un párrafo del autor de Nosotros / los nicaragüenses, ya que fija esa dualidad desde su punto de vista. Cito: “El alma del hispanoamericano ya está forjada. Madariaga dice que al recibir a un mestizo, hay que decirle: Buenos días, caballeros, pues son dos los que entran; pero esta dicotomía del mestizo —medio español, medio indio— es solamente entre su físico y su alma de español. No debe ser en vano que nosotros, los menos racistas de los occidentales, somos los que hemos quedado usando la palabra raza. Es que estamos plasmando una raza nueva y ya nos sentimos orgullos de ella, tal vez con razón”.

Más Carlos José Solórzano no llega a ser categórico. Por lo general, recurre a la dialéctica: afirmación-negación-síntesis. O interroga: “¿Seremos telúricos y viviremos en función de la gana, como dijo Keyserling? O, en otras palabras, ¿seremos primitivos? Pues vivir en función de la tierra y de las pasiones primarias y no regirse por la voluntad y decisión, basada en la preferencia que dicta la razón, es ser primitivos. O bien ¿seremos espiritualmente intuitivos, perezosos para razonar, pero siempre listos a especular espiritualmente y a sentir y a soñar? El que siente y sueña puede aumentar su conciencia de los fenómenos y así forjar un nuevo concepto de la vida”.

“Lo importante entonces, lo urgente —puntualiza— es la identificación de unos con otros y ser nosotros mismos”. Ser nosotros mismos y no imitar, ni copiar. He ahí el mensaje soterrado, oculto, de este libro: el libro de Ariadna que nos conduce en el laberinto de nuestra soledad, pequeñez y marginación planetarias. Porque no podemos olvidar esta convicción de Solórzano: “Huérfano internacional, visto por los grandes países como algo sin importancia, hemos sido un país niño, que ha vagado ya demasiado tiempo en harapos por las calles de la historia”.