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Salir a la calle a pintar la imaginación con hambre, me irrita. No creo que sea una buena recomendación. Me es difícil controlar la respiración. Me duelen los oídos. Siento que doy vueltas en  el mismo lugar, y no avanzo. Darle de beber al hígado que se agota pronto (y todos los días) es parte de la lucha que resulta titánica, que hasta la sed se revela. Provocar el enojo de una sonrisa. En fin, son tantas y pequeñas las cosas que me causan duelo, que a veces creo que soy extremadamente leal, en el filo de una navaja.

Las cosas cambian. El hombre se esmera en sacudirse el polvo del pasado, pero se atora en las hipocresías del disturbio, en la máscara del debate, en la discusión del reparto de utilidades de la mala vida. Es un caballo sin freno que escupe fuera de la ronda acostumbrada. Las cosas cambian y por eso, es que todos quedamos alrededor de nosotros mismos, con el mismo rostro tachado por las arrugas y perseguido por la angustia. El olvido nos juega a la cavanga, al marchito olor de las alcobas en desafío. Se impone el tedio del derrumbe.  

Las cosas cambian. I. Ramonet fue premiado por el grupo Zeta, tan  mediático como una hamburguesa Macdonald. Tan beligerante como una aguja contaminada. Esa es la vida que crece en el fortundo del dinero (sinvergüenza ideología). El teléfono sostiene una plática con sus usuarios (se pierde más, se engaña más, es normal). La máquina trituradora convence al espectáculo de su buena acogida. Los aplausos sobre la mesa llaman a sus escoltas.  Yo estoy, en la última estación, que brota de una guitarra ensayando mi canción predilecta.

La vida se conmueve entre los jardines de verduras, en la exacta luz, donde el jardinero se acomoda al silencio. En  mi país, los campos de maíz se irritan cuando se incorporan las malas hierbas. En el pequeño espejo de la belleza, se encuentran pasos contradictorios sobre las huellas de un abrazo.

A refrán mallugado: No hay que temer a la ¨bondad¨  de las palabras huecas. El desorden puede empezar en la mirada. En la voz, que se atascó en la violenta paz. A pasos de hormiga relevo de pruebas. Jala el gatillo y llega el hambre.

Al operador del trabuco, no lo busques en el sol de los mercados. Su alergia es fulminante. Vive en las solapas de los banqueros.

Las cosas cambian. ¨Hay que quitarse la mala costumbre de andar almorzando¨, (en ésos días de él, se ocupaba más del destino) decía un humilde amigo, que tocaba muy bien la guitarra y serenateábamos  con ¨Gritènme piedras del campo¨, las insufribles  canciones de Cuco Conde. Ése fue mi hermano del alma, Manuel Ampié, militante socialista de toda la vida. Un verdadero tayacán de la esperanza. Un hombre que se rifaba con el silencio y salía airoso. A tantos años, yo no creo que la muerte, lo haya vencido.

Algunos ciudadanos ¨emergentes¨, creen que se puede enfriar el ardor de los trabajadores, cuando ya saben lo que les pertenece (y lo que les hace falta) lo demás, es observación del pasado. Para el hombre de ñeque (luchador por los cuatro vientos) el territorio de su verdad no siempre está a la intemperie.

Mi sospecha es también amplia, que reviso las dudas, que no pude exfoliar. Porque no puedo coincidir con la avaricia, ni con la horda rapiña, que  deslumbran los rojos avisos de los presupuestos, que postran más a la vida.

La voluntad también cuenta: socava el vaivén de la mentira (y sus aliados perversos) y vislumbra en  la actividad consecuente de los que persisten dentro de la vida soñando, actuando, amando, hablando, viviendo.     

Hay decisiones entre el laberinto de indecisiones que marginan muchos proyectos de desarrollo. A la vista pública, quieren esconder las consecuencias. Son cosas que no quiero y me irritan.  Pero se impone el clamor de la sociedad.

Esta noche cuando todos se vayan no quedará la casa sola. No morirá la joven promesa del barrio, ése que no dejó sus papeles en posesión del silencio. Se agotará el velorio de la incertidumbre, y no podrá la ignorancia sitiarnos el alma. Esos sueños han vuelto para vencer a los derrotados. Esos sueños, han dicho su verdad incuestionable, aunque duelan los sentidos. No importa, que la soledad se trague otro pedazo de luna o que resueltamente quede para finales oportunos, la fecha incomparable de un mejor día.    

Las tarifas de la muerte empeñan los proyectos de vida. Las ciudades se empotran en sangre, y los ciudadanos se resisten en no caer con sus cuerpos, al radical control de las armas de los mafiosos.  A la vida, no se le grita calamidades. De la vida no salen las guerras.

Quisiera creer, que detrás de una puerta el sol nace para todos. Que hoy, y que ayer, y en la espesa dualidad de un rumor, aún en la especulación, el sordo amor se atreva, a salir con una mano amiga, y que también se atreva, a evitar el entierro de la verdad, y salvar alguna, que otra esperanza acumulada entre tantos sudores.

La nostalgia muerde un beso agobiado. La piel de una luz fría, queda atrapada en un breve instante.