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En los primeros meses del año 1999, y tras superar muchas dudas, el gran escritor argentino Ernesto Sábato, recientemente fallecido, publicó lo que pudiera ser su testamento intelectual y moral: su libro autobiográfico “Antes del fin”.

La decisión de publicar este testimonio, tan cargado de angustia existencial, respondió al deseo de Sábato de dirigirse a los jóvenes y adolescentes, y también a los que se acercan a la muerte, para ofrecerles el derrotero de su búsqueda permanente del Absoluto: “Quizás ayude a encontrar un sentido trascendente en este mundo plagado de horrores, de traiciones, de envidias, desamparos, torturas y genocidios. Pero también de pájaros que levantan mi ánimo cuando oigo sus cantos al amanecer”… “Modestísimos mensajes que la Divinidad nos da de su existencia”.

No es una narración autobiográfica tradicional, pues las referencias a los datos anecdóticos de su vida es la indispensable para sustentar el testimonio de su lucha constante contra la adversidad, consigo mismo y contra todas las manifestaciones de la injusticia humana. La búsqueda desgarrada de la razón de su propia existencia, que le lleva a abandonar una brillante y promisoria carrera científica para consagrarse primero a la literatura y luego a la pintura, en ambos casos con inusitada pasión. Fue una decisión dolorosa que le significó muchos sacrificios y sumió a su familia en la pobreza, al extremo de no encontrar editor para su primera novela “El Túnel”. No era posible que un brillante científico fuera capaz de escribir una buena novela, pensaban quizás los editores.

Ernesto Sábato, además de ser uno de los escritores más sobresalientes de América Latina (Premio Cervantes de 1984), a raíz de la publicación del informe “Nunca más”, de la “Comisión Nacional de la Desaparición de Personas”, que le tocó presidir en 1983, se erigió en la conciencia moral de su país y en la personalidad más respetada de la sociedad argentina.

En las poéticas páginas de esta obra singular, encontramos citas de sus autores preferidos, referencias a los lazos de amistad que le ligaron con autores famosos, entre ellos Albert Camus, que patrocinó la publicación en francés de “El Túnel”; su amistad entrañable con Jorge Luis Borges y su posterior distanciamiento; la muerte prematura de su hijo Jorge, experto en políticas científicas, de quien tuve el privilegio de ser amigo; su renuncia al Partido Comunista; su pasión por la causa de los derechos humanos, y su trayectoria personal desde un cerrado agnosticismo hasta que es tocado por la fe en el Absoluto.

He aquí algunas reflexiones de este argentino-universal: “El escritor debe ser un testigo insobornable de su tiempo, con coraje para decir la verdad, y levantarse contra todo oficialismo que, enceguecido por sus intereses, pierde de vista la sacralidad de la persona humana”… “La creación es esa parte del sentido que hemos conquistado en tensión con la inmensidad del caos. ‘No hay nadie que haya jamás escrito, pintado, esculpido, modelado, construido, inventado, a no ser para salir de su infierno’. ¡Absoluta verdad, querido, admirado y sufriente Artaud!”.

De ahí la súplica final del Epílogo del libro (“Pacto entre derrotados”): “Extraviado en un mundo de túneles y pasillos, el hombre tiembla ante la imposibilidad de toda meta y el fracaso de todo encuentro”… “Les propongo, entonces, con la gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos en un compromiso… sólo quienes sean capaces de sostener la utopía, serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”.