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“Vamos a gobernar desde abajo”*
Daniel Ortega

Cuando una sociedad pierde todo estímulo al desarrollo de la competitividad (entendida como aplicación del conocimiento y de la innovación técnico-científica) y, en el mismo orden, los recursos se usan improductivamente sin ninguna evaluación de resultados, la corrupción es la manifestación más visible de esa falta de iniciativa coherente, y del estancamiento de la nación. La parálisis de la sociedad, por falta de conducción de una clase social en ascenso, por un lado, hace que se tolere la impunidad más grosera en las esferas del gobierno; por otro, genera una reacción instintiva contra la corrupción, poco efectiva, en algunos sectores de la pequeña burguesía, que sin otra alternativa de lucha política propia prescinden del análisis teórico, racional, y se refugian en una condena ética.

En cierta medida, hemos generado un debate sobre el rumbo del país, a partir de posiciones que se confrontan desde la relación entre la ética y la política, pero que reflejan, en última instancia, una discusión ideológica entre la visión pequeño burguesa y la visión proletaria de nuestra realidad.

Para quienes la moralidad es decisiva, el concepto demiurgo que impulsaría el cambio ético capaz de vencer a la maldad política, es la honradez pasiva, casi mística, de un gobierno sin ideología que no abuse del erario público. En la actual situación política, esta corriente moralizante llama a la ciudadanía a votar por un candidato honrado en las elecciones.

Pero la honradez participa de las mismas contradicciones que participa la ética. Se ve implicada en las luchas sociales, adquiere carácter político: toma partido e interviene en la lucha de clases, sustentada en una visión filosófica.

La política no es ética. Salvo para quienes conciben que hay valores innatos y eternos, fuera del curso material de la historia, donde puedan confluir los conflictos sociales para disiparse como en un fuego sacro (que no quema por su naturaleza sobrenatural, como el que enciende en Pascua la iglesia Ortodoxa, en el Santo Sepulcro, en Jerusalén).

La ética es un producto humano, es una ciencia racional que estudia la bondad o maldad de los actos humanos, según que su comportamiento corresponda con el desarrollo de la realidad. Es decir, proporciona razones para que ciertas acciones y conductas sean dignas de realizarse en determinadas circunstancias.

Llamar a votar por un candidato honrado, no es necesariamente un acto ético, y deja a un lado la interdependencia objetiva que existe entre sistema de producción, instituciones jurídicas, cultura, centros de poder político, etc., que forman la totalidad de la realidad objetiva; de la cual, se derivan consignas de acción, con base a una capacidad y a una metodología de análisis ideológica, dirigida a un sector de la sociedad interesado en el cambio.

No hay una relación racional causa-efecto entre votar por un hombre honrado, y la solución de los problemas del país. Ni lo que se juega en una elección es sólo la salvaguarda de los bienes públicos. Durante las elecciones hay un reacomodo del poder; hay luchas fraccionales, alianzas de intereses, divisiones internas. Las clases sociales y sus fracciones cambian la correlación de fuerzas. Por ello, hay que analizar las perspectivas y las posibilidades de cambio, y sus efectos en la sociedad.

Nuestros amigos, amantes de la ética y de la honradez del candidato electoral, nos dicen que delinquir en el ejercicio del poder no es una actitud filosófica.

No obstante, esa no es razón para prescindir de la filosofía. La lógica y la teoría del conocimiento del materialismo histórico, nos permite analizar la situación concreta, su contradicción y desarrollo (y entender las causas sociales más profundas de la delincuencia en el poder).

Al que delinque hay que aplicarle la ley. De ahí no se deriva que se deba votar por un candidato honrado. A veces, para aplicar la ley a un delincuente en el poder, el pueblo gesta una rebelión. Esto es mil veces más coherente – como en Túnez, Egipto o Libia- que llamar a votar por un hombre honrado para salvaguardar los bienes públicos (olvidando que el delincuente posee capacidad de organización y de lucha por distintos medios).

Nuestros amigos de la ética como factor determinante, nos dicen que los gobernantes roban, independiente de su origen de clase.

No obstante, esa no es una razón para prescindir del análisis materialista, con contenido de clase. El caso que nos ocupa, es que el crimen organizado ha copado las estructuras políticas. Habrá que investigar, entonces, las condiciones concretas, objetivas y subjetivas, que han permitido que la sociedad se degrade y que acepte en las estructuras del Estado una capa corrupta impune, por encima de la ley (es más, la corrupción es, también, una de las principales fuentes de derecho).

En los últimos treinta años, en el país se ha gestado una tolerancia para el parasitismo, para la improvisación negligente, para la falta de profesionalismo. Y se premia “legalmente” la marrullería y el fraude, el saqueo, la pereza, el servilismo.

Por lo menos, una generación, en lugar de recibir una cultura basada en el trabajo, ha caído en la confusión, en la indiferencia, en la desilusión. “La piñata” sería el colapso moral de los valores de un proyecto histórico de transformación y de superación del somocismo (aspiración regada a borbotones por sangre juvenil, y sostenida por el sacrificio esperanzado de la población, que durante una década sobrevivió en condiciones precarias mínimas). Este descalabro moral, haría que el cinismo prevaleciera en la sociedad, desde hace veinte años.

Desde entonces, un millón doscientos mil nicaragüenses abandonarían el país, que económicamente había retrocedido al nivel de los años cuarenta del siglo pasado.

El jefe de la “piñata”, el cabecilla de los nuevos ricos, al salir del poder, anunció en la plaza que iba a gobernar desde abajo. Con esta proclama nihilista negativa, se presagiaba que una trombosis reaccionaria iba a producir una oclusión en las arterias de la sociedad, sin ningún fin superior. Los ladrones más desvergonzados olfatearon el momento para gobernar, también, desde arriba. Los puestos estatales se llenaron de gente sin ideología, de asaltantes cómodos, inútiles, honorables (porque el sentido elemental del honor se había revertido).

La visión de la realidad política –sin futuro- se hizo circular: un carrusel se echó a andar, entre gobiernos de abajo y gobiernos de arriba, unidos al eje de un pacto. Los maleantes, sin cultura política ni de derecha ni de izquierda, con el mismo éxtasis con que los apaches bailan al margen de la lumbre sagrada, girarían agarrados de la mano desde el poder, al borde del erario público.

No es un problema de candidatos ni de honestidad individual, sino, de atraso social y económico, de falta de participación ciudadana, de falta de ideología progresista, de conciencia política proletaria, de organización de masas, de movilización combativa, capaz de hacer valer la justicia por medios directos. De apatía, de desmoralización.
Pero, además, ¿quién sería el candidato honrado? Obviamente, no es Ortega ni Alemán. ¿Será Fabio Gadea?

El 10 de septiembre de 2010, en una entrevista en el canal CDNN 23, Fabio Gadea aseguraba: “Que la mejor cosa que le puede suceder a mi consuegro es que yo sea presidente: En primer lugar, tiene garantía que cualquier cosa… ¡lo protejo!; segundo lugar,  tendría participación en mi Gobierno; y tercero, sería una garantía que sea yo el presidente”.
El “candidato honrado”, por confesión propia, sería –como presidente- protector de la impunidad de un delincuente que se apoderó del erario público.

Se cuenta que Diógenes (el filósofo de la escuela cínica que Platón definió como un Sócrates que se hubiese vuelto loco), salió a plena luz del día por las calles de Atenas con una lámpara que se encendería al encontrar a un hombre honrado, a un hombre que viviera por sí mismo, no a un miembro del rebaño. ¿Iluminará la lámpara de Diógenes a Fabio, que ofrece su presidencia para proteger de la justicia a su consuegro Alemán? ¿O Fabio es un miembro del rebaño, que Diógenes habría apartado con el pié?

No hay agrupaciones éticas, sino, agrupaciones sociales y políticas. Se lucha por derechos, no por abstracciones morales.

Por último, nuestros amigos moralistas nos dicen que también un gobierno que practique la explotación humana, está obligado a ser honrado y transparente.

Con ello, ponen de manifiesto la alteración total de conceptos, de valores y de método de racionamiento. Más valiera que un gobierno no sea transparente y honrado, pero, que en la sociedad no se pudiera practicar la explotación humana. Y la razón de ello, es que la honradez es una actitud individual (y en tal sociedad, fundada en el bien colectivo, no habría estímulo a la falta de honradez), mientras la superación de la explotación humana (con un sistema que proscriba la propiedad individual de los recursos productivos, y funde relaciones sociales de producción justas), se logra un avance colectivo de importancia histórica infinitamente superior para el progreso humano.

*Discurso pronunciado por Ortega en 1990, cuando entrega el poder.