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La política se ha intentado definir a lo largo de la historia acudiendo a tres nociones que han resultado bastante nebulosas para la ciudadanía, pero de lucidez para los filósofos y con todo el fulgor del oro,  para aquellos seres humanos (de ambos géneros), que viven de la política, con independencia del nivel de poder (micro, medio o macro) al que hayan podido acceder en su gestión de conquista. Los políticos son una mezcla de seductores fracasados, culebreros de feria y conquistadores cobardes, que el pensamiento filosófico-político ha sabido dotarlos de algunas nociones básicas para su desempeño.

Esas tres nebu-lúcidas nociones son: 1. La política es la búsqueda del bien común. (Aristóteles). 2. La política es el arte de tomar el poder y mantenerse en él (Nicolás de Maquiavelo, V.I. Lenin, A. Gramsci y otros). 3. La política es el arte de hacer posible lo imposible (Aristóteles, Leibniz y otros).

Esas tres nociones constituyen en distintos niveles,  significados profundos del corpus teórico-práctico de la política. En nuestro apocalíptico tiempo postmoderno, los tres asertos, se imbrican en una trama textual que hay que deshilvanar, deconstruir para que los/las sujeto(a)s del poder no le den atol con el dedo a uno/a. El atol es bueno pero todo en exceso provoca diarrea, situaciones que nunca permiten que el ciudadano se instale en su felicidad. Aunque un inodoro a tiempo puede ser parte de la felicidad obrada.

Para desentrañar (analizar, sintetizar y postular) ese nudo llamado política contemporánea, donde confluyen e interactúan estas nociones, les otorgaremos distintos conceptos y funciones a ese prodigioso relato. El relato de la política enunciado por los sujetos del poder, en el mundo contemporáneo se escribe, re-escribe y pretende inscribirse en la mente ciudadana  constantemente a una velocidad pasmosa a partir de las necesidades de los/las político(a)s, para  adecuarse  a las expectativas de la ciudadanía o sencillamente para crearle ciertos deseos a la masa de ciudadanos para que sean aceptados creídos, sentidos, vitados, luchados como si fueran propios.

En realidad las tres nociones nucleares de la política: la política como búsqueda del bien común; la política como el arte de tomar el poder y mantenerse en él; y la política como el arte de hacer posible lo imposible, se constituyen en  vértices interactivos de un triángulo equilátero. Son vértices generadores de una dinámica social referida a la dialéctica de acumulación/pérdida de poder. Pero estos vértices conceptuales poseen iguales potencialidades y valencias. Es característica de la política contemporánea que ninguno de ellos sobre-determine al otro o que  ni ninguno de ellos se subsuma bajo el otro. Su importancia y peso específico será coyuntural.

En dependencia de la coyuntura uno de ellos cobrará preeminencia –momentáneamente-  sobre los otros dos. Dependiendo de la coyuntura, entendida esta como correlación de fuerzas de poder, se destacará la importancia temporal y pasajera de uno de los elementos sobre los otros dos.

 

Para mí la noción aristotélica que concibe la política como búsqueda del bien común de la polis (la ciudad-estado, la gente) en el escenario gaseoso de la correlación de fuerzas (más gaseoso  que un concierto de rock pesado con humo artificial y con hierbas aromáticas), viene a constituirse siempre como la ideología o la parte ideológica de la política.

Entendemos por ideología un archiconcepto que contiene significados y sentidos como: A. una visión de mundo propia de una determinada cultura que sirve como cemento cohesionador de la sociedad y que además, posibilita la comunicación justificativa o sancionadora de los actos individuales y colectivos de los miembros de esa sociedad/cultura; B. La acepción de K. Marx de concebir la ideología como visión invertida, enmascaradora, enajenada, alienada y justificadora de un status quo social particular, concreto e histórico.

Por eso situamos la noción búsqueda del bien común en el nivel ideológico. La búsqueda del bien común corresponde a la nebulosa ideológica de la política. No existe ningún político en el mundo cuya causa genética y su fin último no sea la búsqueda del bien común. Esta búsqueda infinita del bien común se encuentra en  las ideologías (idearios y declaraciones de principio) de partidos conservadores, liberales, socialdemócratas, socialcristianos, nacionalistas, populistas, etc. Es tan ideológica esta función del concepto -búsqueda del bien común- que también suele convertirse en el horizonte utópico de la política para algunos políticos y para demasiados inocentes.  

                 
A la noción maquiavélica que consigna a la política como el arte de tomar el poder y permanecer en él, la situaremos en el nivel de la estrategia. Si el objetivo teleológico de las fuerzas políticas y sus políticos/as (hombres y mujeres) es la toma y permanencia en el poder, esta misma determinará la estrategia (conjunto de tácticas) que nos conducirán al objetivo. Esta estrategia maquiavélica una vez que se inocula en el zoo politikon es la que logra distinguir el ADN de los políticos y las mujeres que hacen política con esta concepción. Hace se diferencien largos tramos de la cadena genética, del ADN de los políticos del resto de los mortales. Marca la diferencia entre ser un Barack Obama, Stalin, Somoza, Gadhaffi, Ortega, Villalobos y un pobre poeta como Roque Dalton, un oficinista con veleidades de comunicólogo como Artemio Cruz o una mujer cualquiera como la Amanda Aguilar o la María de los Guardias.

La noción de política como arte de tomar el poder y permanecer en él nunca es confesada por los políticos, nunca la veremos plasmada en sus idearios y declaraciones de principios, mucho menos enunciada claramente en los discursos. Salvo que la soberbia del poder obnubile al sujeto y éste revele parte de la estrategia maquiavélica: “hágamos todo  lo que tengamos que hacer…lo peor sería perder el poder”. Ese “todo”, generalmente contiene considerables volúmenes de represión, fraudes, demagogias, supresión de derechos y libertades básicas que conducen a ríos de sangre innecesarios. Ninguna estrategia política es explícita, siempre queda oculta, en aquellos escenarios políticos donde los principales actores ni creen ni la apuestan a la democracia.

A la concepción estética que considera a la política como el arte de hacer posible lo imposible, la situaremos en el nivel de las tácticas.

La más brillantes tácticas políticas partirán de tener clara esta concepción. Este concepto generará todo un universo de escenarios de negociación, cabildeo, comunicación y acuerdos. Es probablemente la parte de la política que mayor imaginación contingente demanda. La realizan los grandes gerentes operativos de la política y a nivel máximo la rubrican los grandes líderes.

Ideología, estrategia y tácticas son parte medular de cualquier empresa política, ellas reflejan esas tres nociones capitales que hacen mover y transformar al poder en el mundo. De los partidos políticos nicaragüenses probablemente sólo el FSLN evidencie el uso y puesta en práctica de estas y otras  nociones funcionales de la política. Y aparentemente –más para el mal común que para el bien- sin interlocutores rivales dignos. ¡Qué pena!