•   Ph. D. / Ideuca  |
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En las dos últimas décadas, la educación del país ha abrazado distintos modelos para lograr los aprendizajes. Desde los tradicionales objetivos, pasando por los estándares y, ahora, las competencias, el interés de lograr aprendizajes útiles ha evolucionado positivamente, teniendo como prioridad que se aprenda lo relevante y útil para la persona, su vida y entorno.  Tal evolución, forzada por las circunstancias, ha hecho que las instituciones educativas incorporaran tales modelos venidos del exterior, poco comprendidos en sus exigencias, y sin tomar en cuenta ricas experiencias y saberes docentes. Como consecuencia se dificulta la comprensión de las implicaciones que tienen las competencias, en la práctica, por parte de quienes responden por su concreción.

El término competencia es polisémico, lo que hace que algunos confundan sus dos significado distintos, pues no se trata de que los estudiantes compitan entre sí, lo que nada tiene que ver con la competencia educativa en referencia. A diferencia de los objetivos que administran por separado conocimientos, habilidades y valores, la competencia educativa denota la adquisición integrada de conocimientos, habilidades  y valores integrados y su aplicación útil. Estas competencias integran tres elementos sustantivos: comprensión de lo que se aprende, su aplicación práctica útil y la creatividad para generar otros saberes.

El eje común de las Cumbres Mundiales de Educación para Todos (Jomtien, 1990; Dakar, 2000), es que la educación desarrolle aprendizajes básicos imprescindibles. En ese contexto la realidad del país demanda que los aprendizajes sean útiles y provechosos, en términos de competencias básicas, centradas en las necesidades más sentidas de la vida y cotidianeidad de los educandos.

Las transformaciones curriculares de los subsistemas educativos han incorporando este  enfoque en competencias, con amplio abanico de niveles, desde el general a campos específicos de carreras y disciplinas. Tal esfuerzo encomiable da lugar a algunas preguntas claves que es necesario responder, a partir de un análisis compartido e investigaciones que identifique resultados de tales procesos. Algunos de estos interrogantes más preocupantes son estos:

* ¿Tienen las instituciones educativas claridad de cuáles son las competencias básicas que los estudiantes, futuros profesionales, deben desarrollar en el contexto real del país?

* ¿En qué medida las transformaciones curriculares, plasman o retoman estas competencias básicas, como pilares que deben sostener las competencias más específicas?

* ¿Cómo se gestionan los currículos que sí incluyen estas competencias básicas, para que ellas sean en la práctica, pilares de competencias específicas más complejas?

Una tentación frecuente, al desplegar el currículum, suele ser preocuparse mucho por las competencias especializadas, descuidando superar los vacíos y fortalecer las más básicas. La experiencia que hemos desarrollado en los distintos niveles y modalidades educativas, nos ha permitido extraer una lección trascendental que queremos compartir: La pretensión de lograr desarrollar competencias complejas o más específicas en estudiantes de los diferentes niveles, es obstruida y diluida en su calidad, cuando las competencias básicas, que han de funcionar como sus pilares y ejes transversales de su aplicabilidad práctica, no se han alcanzado en el nivel correspondiente. Así, en tanto un estudiante en su educación primaria no aprendió a leer y escribir comprendiendo y con corrección y fluidez, le impedirá comprender y aprender contenidos más complejos en todo su trayecto educativo.

Si un estudiante, en el nivel primario, no ha desarrollado la competencia del aseo, limpieza y cuidado ambiental, con mucha dificultad desarrollar competencias más complejas en este orden, impidiéndole el hábito de la limpieza en su casa y entorno. Cuando un estudiante no ha desarrollado la competencia del respeto a los demás, difícilmente lo hará en la comunidad, eventos sociales o políticos. Cuando la honestidad no se desarrolla como competencia básica desde temprano, tampoco los profesionales la sabrán irradiar. Las evidencias son claras con raíces profundas en la educación.

Percibimos algunas competencias básicas cuya ausencia constituye un auténtico nudo crítico en el continuum de la formación, y en el comportamiento ciudadano y político, que merecen una reflexión cuidadosa desde la familia y la educación:

* La lectura y escritura comprensivas, correctas y fluidas: Su ausencia determina el éxito y calidad de la formación de jóvenes y profesionales, y su propia vida ciudadana.

* El conocimiento básico de la aritmética y la geometría: Su defecto afecta la formación personal, vital y profesional.

* El cuidado del ambiente, la limpieza, higiene y cuidado de la salud: Su déficit tiene consecuencias lamentables en la persona, la higiene y limpieza en la familia y  comunidad.

* El respeto y la tolerancia: Su ausencia se evidencia en la familia, la vida social y política.

* La educación sexual y protección de enfermedades de transmisión sexual, el VIH-Sida, prevención del embarazo: Las consecuencias de su ausencia se evidencian en los indicadores crecientes de embarazos tempranos y VIH-Sida, etc.

* La alfabetización científica y tecnológica básica: Su ausencia deviene en el uso perjudicial de la tecnología, aborrecer la ciencia e inconsciencia ante los problemas científicos del país.

No son más que algunos ejemplos. Las in  stituciones educativas merecen atender estas competencias, si queremos construir un sistema educativo en el que cada subsistema desarrolle, de forma práctica, las competencias que le corresponden. Cualquier omisión en un subsistema afectará la calidad del resto, y el desempeño profesional y social.