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Conversamos brevemente con una amiga de estas columnas sobre lo difícil que resulta encontrar en momentos como este la esperanza. Y es curioso porque hablábamos de eso como si la esperanza fuera una especie de hijo o hija que llevara el nombre que nosotros le pusimos y en algún momento se nos fuese de la mano. Tendríamos que regresar al bosque de los cuentos infantiles, el bosque denso y oscuro donde el sol no penetra, o el bosque de Dante que en la Divina Comedia se encontró a mitad de su vida antes de entrar en el infierno y salir de él enamorado.

Pero no me dejen hablar ahora de Literatura por favor (que es un virus constante). Quería contarles de eso que hablábamos, de la esperanza, como una hija perdida. En esos mismos días, me enteré del caso de una joven pareja y su hijo. Les había costado grandes esfuerzos tenerlo. Por fin lo lograron después de visitar a muchos médicos. Era, como se podrán imaginar, el consentido. Un día, hace poco, el niño se acercó a una piscina. El padre lo descuidó un minuto, un minuto que fue suficiente para que el niño resbalase y se ahogase sin remedio. Me cuentan que el padre sólo abría la boca, pero la voz se había hundido en algún lugar del estómago y ya no iba a salirle para gritar.

No imagino el tremendo peso que debe significar el sentimiento de culpa que esa pareja, y en especial, el hombre, ahora cargará consigo. Todos hemos perdido, estamos perdiendo y perderemos seres queridos, pero cuando estos se nos van por accidentes  imprevistos, o demasiado temprano, hay algo en nosotros que nunca acepta la pérdida, y buscamos en el delirio la posibilidad de recuperarlos de algún modo material o espiritual, de que la magia sea posible.

Siempre me he preguntado si acaso no tenemos en nosotros mismos otras cosas tan  preciosas como un hijo perdido, cosas que en el fondo ya no se pueden recuperar. Sería terrible pensar que no podemos recuperar la inocencia, o la capacidad de creer, o la alegría, o claro, la esperanza. Una vez perdida, quedarnos con complejos inútiles de culpa y además sin saber si somos nosotros los que debemos adentrarnos en ese bosque oscuro para tratar de encontrarlo sin suerte, o solamente tenemos que esperar a que vuelva.

Yo le decía a mi amiga por mail que para mí, en estos tiempos, no se puede hablar de  esperanza, sino de resistencia y de paciencia. Pero tampoco eso lo tengo claro, porque en un momento dado, recuerdo las palabras e incluso la voz de un ser querido, la imagen de un atardecer compartido, o el mismo paisaje donde vivimos, y sucumbo ante la belleza que todo eso me sugiere.

“Hay que buscar y ver la belleza en todo”, recomendaba Van Gogh (aquel pintor con una sensibilidad exacerbada), pero el concepto de belleza no es una mirada artística, sino más bien el reconocimiento de la armonía. Es decir, no se trata de la belleza estética, sino de un conjunto de cosas que adquieren cualidad de belleza y que invitan a revivir esa misma armonía con todo. Se trata de observar a un delfín cabalgando las olas, o u niño agazapado en el mercado oriental con la mirada más limpia del mundo en espera de que la mujer de un puesto se de la vuelta para arrebatarle una manzana. Se trata de una muchacha caminando por una vereda recalentada por el sol, bajo una espesa nube de polvo y un calor infernal, la muchacha caminando bajo una sombrilla con la cadencia de una música. Se trata de la manera de hablar de una funcionaria tras una ventanilla que no tendría por qué ser amable y que sin embargo decide embellecer el día de quien se inclina aburrido ante ella. Se trata pues de tantas cosas que suenan bien al decirlas pero que no son tan frecuentes.

Si en lo que parece menos importante no existiera cierta belleza, la vida se volvería  insoportable. Y lo más misterioso es que cuando se llega al fondo de la desesperación, en las peores circunstancias…(estoy pensando, por ejemplo, en Mozart, ya a punto de morirse joven, muy enfermo, crea en pésimas condiciones el Réquiem; estoy pensando, por ejemplo, en San Juan de la Cruz, encarcelado, torturado hasta el hambre, el cuerpo minado por los chinches, sin apenas luz ni espacio imagina a Dios como un éxtasis sensual y escribe en la memoria el Cántico Espiritual, o e Dostoievski en su prisión de Siberia, sólo piensa que si merece la libertad es para honrarla con belleza; estoy pensando en un hombre que al regresar de un coma, dijo que su última visión antes de la inconsciencia habían sido los ojos de una mujer bella; estoy pensando en el poeta Antonio Machado, enfermo ya y al lado de su madre moribunda, en el exilio los dos, en las más triste soledad, cuando escribe sus últimos versos: “Estos días azules y este sol de la infancia”). Pero les dije que no me dejaran hablar de Literatura.

La mitología griega transforma la pesadumbre y el dolor en pura belleza, cuando los  humanos son vejados y torturados por los dioses, a estos les da pesar y se arrepienten, y para recompensar el daño, en lugar de devolverles su humanidad, los convierten en árbol junto a un río como a Dafne, o en pájaro o en flor. Es decir, los revisten de pura belleza para devolverles la dignidad.

Si ustedes se fijan las grandes obras de arte, la mayoría de ellas no están construidas  sobre temas grandiosos, o sobre estampas sublimes, sino sobre lo cotidiano, lo vulgar (en el buen sentido de la palabra), lo sencillo, lo pequeño y, a veces, lo terrible y cruel. Pero todo eso se vuelve bello a través de quien lo mira a fondo. Hacemos como los dioses griegos, que cuando lo hemos estropeado todo, no se nos ocurre mejor forma de compensarlo que buscar de nuevo la belleza.  A lo mejor, es eso, que hay que limpiarse la mirada. Yo les quería hablar de la esperanza, algo que no sabemos muy bien si en ocasiones hay que esperar a que vuelva, o hay que ir a encontrarla. Lo que al menos sí sé es que cuando percibo algo bello, vuelvo a creer sin dudas, como los dioses, en que no hay nada imposible.

sanchomas@gmail.com